Crítica de “La memoria del agua”

Por Orlando Morales

 

Este miércoles 31 de mayo, se inaugura la Muestra de Cine Latinoamericano Contemporáneo con el filme chileno La memoria del agua. Nuestro colaborador Orlando Morales realizó una crítica sobre la película de Matías Bize que le compartimos.

 

El primer largometraje de Matías Bize desde su exitosa La vida de los peces (2010) nos enfrenta de nuevo con el extraño terreno de la nostalgia, el pasado, el inevitable deceso de las relaciones humanas. Si en el filme anterior la metáfora era sobre nuestras reducidas vidas como las de los peces en un estanque, en La memoria del agua la metáfora es sobre el mismo líquido del que se componen los eventos de nuestra vida.

 

¿Es el universo una extraña piscina silenciosa en la que estamos solos, y en la que nadie puede socorrernos? ¿O hay algún sentido en el azar y los flujos que la componen, y las personas que conocemos y perdemos en ese movimiento?

 

El filme cuenta la gradual disolución de un matrimonio posterior a la muerte de su hijo en la piscina de su casa, y de cómo ambas vidas intentan reconstruirse. La tragedia parece no afectar tanto a Javier, pero su vida se estanca ante la ausencia de su esposa a la que aún ama, mientras que Amanda parece no extrañar a Javier y realiza cambios drásticos en su vida amorosa, pero sufre internamente por la ausencia de su hijo.

El cine chileno parece tener un extraño talento para contrastar los eventos humanos con del cosmos y la naturaleza del universo mismo, como también se puede observar en los poderosos documentales de Patricio Guzmán.

 

En este caso, Bize parece tener una preocupación mayor que la narrativa, y no se interesa tanto por la muerte del hijo pequeño de los protagonistas, sino por la muerte misma del amor, de la fragilidad tanto de la vida como de nuestras relaciones con otros.  El desencadenante es una excusa para observar los extraños rituales y eventos que suceden a la muerte de una relación. Esta estrategia también fue utilizada por Almodóvar en Julieta (2016), donde la ausencia de la hija y la crisis existencial de la madre pueden ser compartidas por cualquier persona que esté lidiando con una “pérdida”.

 

La memoria del agua parece, entonces, más una tragicomedia que un melodrama. En el fondo la crisis de Javier y Amanda no es un simple tránsito hacia una vida mejor. Sus encuentros casuales conforme avanza la película nos muestran que ambos son polos opuestos de una visión de mundo. Javier (Benjamín Vicuña) representa una confianza y fe ciega en el destino, en el significado y en el sentido oculto del universo. Cree que el universo es bueno y que hay un descanso después de la muerte. Amanda (Elena Anaya) cree que el universo es ciego, frío y sin sentido, que solo existen los eventos concretos de este mundo, y que lo único que podemos hacer es aceptar ese sufrimiento y no esperar nada de nadie. Es una polaridad digna de la literatura de Herman Hesse.

 

Lo que nos interesa no es ver la catarsis de Javier y Amanda sino de ver sus pequeñas acciones que van mostrando su optimismo o pesimismo ante la vida. El guion parece querer jugar con la idea de la posibilidad de un regreso, pero solo para enfrentarnos a la idea del amor mismo como un imposible universo que está destinado a consumirnos a todos.

 

Por eso el agua aparece de muchas maneras en el filme, como llanto (o ausencia de llanto), como una piscina, (símbolo de muerte, de agua estancada) y también como nieve, que representa la esperanza y la posibilidad de los protagonistas de transformar sus vidas o recuperar su relación. Bize muestra un cinismo muy particular escondido en una película no tan atractiva a simple vista, pero que cuenta con excelentes actuaciones y diálogos para dejarnos pensando en temas de mayor trascendencia filosófica.

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