El sonido de las cosas: una estética del duelo

El cine costarricense, en ocasiones, parece seguir el índice de un libro de psicoanálisis cuando se trata de desarrollar un conflicto. Así, se ha pasado desde el conflicto con el otro, el conflicto con el padre, hasta el conflicto con el yo. Sin olvidar los problemas familiares o vecinales. En otras palabras, se trata de un cine que solo se ve el ombligo y tiene problemas para pensar más allá.

 

Dentro de la línea guía psicoanalítica, se encuentran algunas aproximaciones al duelo: A ojos cerrados (Hernán Jiménez, 2010), Nina y Laura (Alejo Crisóstomo, 2015) y ahora se suma El sonido de las cosas (Ariel Escalante, 2016).

 

Mientras que el duelo en el filme de Hernán era por una adulta mayor, en la obra de Crisóstomo era por un niño, edades contrastantes que marcaban el sentir de los personajes. Sin embargo, la película de Ariel plantea la muerte de Silvia, una mujer adulta joven, y el difícil duelo que atraviesa su prima, Claudia (Liliana Biamonte).

 

La obra de Hernán apelaba a la simpatía que podía despertar el abuelo, para esconder las deficiencias de guion; el filme de Crisóstomo es mucho más maduro, al apostar por la hibridación entre ficción y documental y una puesta en escena más poética. Lo que diferencia a El sonido de las cosas de esos dos filmes es su esmerada atención a los detalles, a crear una atmósfera que transmita al espectador el estatismo de Claudia.

 

Desde la primera escena se plantea la idea de una Claudia en estado comatoso, cuando se le observa recostada sobre una cama, ¿está muerta?, ¿está en coma?, ¿está dormida? El rigor mortis de su cuerpo marca lo que será el ritmo de la película y este un acierto visual por parte de su director: en todo momento la acción transcurre desde la perspectiva y la emocionalidad de Claudia.

 

La dificultad para conciliar el sueño es acompañada por hermosos planos abiertos de la ciudad durante la noche, pero se trata de una ciudad desierta, inmóvil, estática, justo como la protagonista.

 

Ariel Escalante estudió cine en la Escuela de San Antonio de los Baños en Cuba, además tiene un gusto particular por el cine de Ozu, Tarkovski y en general por el cine ruso (o soviético…). Esto no quiere decir que El sonido de las cosas sea un remedo de copia de alguno de esos directores, pero sí permite entender las decisiones estéticas que la película plantea.

 

El espacio como personaje. En el filme la presencia de Silvia es una constante, más allá de que nunca aparece en pantalla. La forma habitual en que es introducida es en el diálogo, pero también mediante objetos: su cuarto, sus pinceles, su ropa, etc.

 

El apartamento se convierte así en un limbo en el que confluyen la presencia fantasmática de Silvia y el cuerpo casi inerte de Claudia. Solo cuando llega un nuevo inquilino es que la monotonía se rompe, principalmente mediante la banda sonora. Cabe mencionar que el inquilino es interpretado por el propio director, en una especie de cameo que se está volviendo costumbre en el cine costarricense y que tiene dispares resultados. Acá, Ariel como actor resulta muy flojo.

 

El vacío cobra una preponderancia en el filme, los tiempos muertos y los planos extendidos cumplen la función de mantener esa atmósfera enrarecida tan común cuando una persona está deprimida. Ya sean habitaciones vacías, las escaleras vistas desde la distancia, los pasillos solitarios de un hospital, el espacio funciona como un personaje, transmite emociones, crea al personaje de Silvia, más allá de que no se le ve, pero su presencia siempre está en la mente del espectador, y de Claudia.

 

Una estética del duelo. Si bien Ariel es una persona cinéfila y que plantea una idea clara en su película (habrá que esperar otros filmes para evaluar si mantiene este estilo), es el trabajo fotográfico de Nicolás Wong el que plasma todos esos conceptos y crea un universo particular.

 

El filme destaca por su tono mate, colores fríos, grises y azules, que junto con el tempo pausado y el uso sugestivo de sonidos que agudizan los sentidos, crean una estética del duelo.

 

San José acá es una ciudad que podría estar en cualquier país del mundo, porque el duelo y la depresión se experimentan en cualquier parte. Wong evita mostrar un país tropical, soleado, lleno de gente, en su defecto, opta por planos llenos de luz crepuscular.

 

La luz mortecina propia de los fluorescentes de los hospitales se traslada a las calles, al apartamento de Claudia (y Silvia), a la piscina donde se sumerge como si buscase un lugar donde nadie la pudiera escuchar gritar, donde si llora, sus lágrimas se confundirían con el agua.

 

Desplazamiento. En el 2014, el cortometraje Irene reveló dos grandes talentos: el de su directora, Alexandra Latishev, y el de su protagonista, Liliana Biamonte.

 

Desde ese entonces, Biamonte demostró una gran capacidad histriónica para expresar emociones con su postura corporal, con su rostro, con sus silencios. En El sonido de las cosas tiene más diálogos y lleva todo el peso actoral del filme.

 

Escalante aprovecha la presencia corporal de Biamonte para colocarla en varias escenas al borde del encuadre, evidenciando la incomodidad que siente el personaje ante la pérdida de su prima. Claudia está huyendo del mundo, quiere desconectarse, quiere salir del encuadre, tal vez para irse con Silvia, quien está del otro lado, como si se tratase de un desdoblamiento cortazariano.

 

En otras escenas, si Claudia está en el centro del encuadre, son el resto de personajes quienes suelen colocarse al borde, al límite, son una vaga referencia desde la perspectiva de Claudia.

 

El director también reencuadra al personaje, principalmente en los espacios cerrados, mediante ventanas o puertas, crea una doble pantalla dejando clara la distancia que existe entre el espectador y Claudia.

 

La vida en el más acá. La monótona vida de la protagonista solo es irrumpida por ciertas personas que la acompañan o regresan a su vida.

 

La madre de Silvia es un espectro casi como la prima muerta, al igual que el grupo de autoayuda al que asisten; el nuevo compañero de apartamento entra y sale de escena, lo mismo con los colegas del trabajo. Quien más atrae a Claudia al más acá es Santiago (Fernando Bolaños), un viejo conocido con quien empieza a relacionarse hasta que ella teme acercarse demasiado y sufrir otra pérdida.

 

Santiago es el contrapunto de Claudia. Aunque él la busque para encontrar apoyo, este resulta al revés, con él, ella puede desahogarse. Emprender un camino: la película culmina con ella viajando en bus. Lo que viene después es la vida misma, pero eso también está fuera del encuadre.

 

El tono realista, la actuación convincente de Biamonte y el gran trabajo fotográfico de Wong hacen de El sonido de las cosas un filme destacable, que augura un buen futuro para su director y la productora Mariana Murillo, quienes evitaron el folletín psicoanalítico para mostrar un drama humano.

 

El sonido de las cosas. Director: Ariel Escalante. Guion: Ariel Escalante, Enric Rufas. Productora: Mariana Murillo. Música: Miguel Caroli. Fotografía: Nicolás Wong. Reparto: Liliana Biamonte, Fernando Bolaños, Claudia Barrionuevo, Ariel Escalante, Monserrat Montero Cole, Pedro Sánchez, Valeria Brenes. Costa Rica, 2016, 78 min.

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