Buey neón: cuerpos en el claroscuro

La más reciente película de ficción de Gabriel Mascaro, Buey Neón (2015), es una alegoría del poder de la imagen y la luz en el cine; un ejercicio de observación de unos lugareños de Pernambuco, en el noreste de Brasil, que viven contrastados en sus deseos y delimitados por el espacio físico.

 

Con delicados travellings, la cámara se mueve entre los personajes, sean humanos o animales. El uso de plano secuencia permite percibir a ambos en un mismo contexto, indagando, penetrando en su cotidianeidad.

 

Mascaro no solo muestra el ambiente físico, sino que explora lo psicológico a partir de la resignificación de género: Iremar (Juliano Cazarré) es un vaquero que sueña con confeccionar ropa; Júnior (Vinícius de Oliveira) es un hombre fuerte preocupado por su aspecto físico, Galega (Maeve Jinkings) conduce su camión y se encarga del negocio, y Cacá (Alyne Santana) es una niña que sueña despierta en medio de ese mundo agreste.

 

Mediante una elaborada composición, Diego García (director de fotografía) y Mascaro van descubriendo cuerpos en la oscuridad, a través de varias capas que orgánicamente se entrelazan, posicionando la cámara a cierta distancia de los personajes sin perder de vista su entorno.

 

El constante polvo que se levanta sobre la tierra durante el día encuentra su símil en las coloridas escenas nocturnas en las que Galega, con cabeza de caballo, danza para un público que se difumina en la distancia mientras la expresividad del color, a partir de tonos neón, crea un efecto fantástico. Más adelante se verá el tinte neón en los cuerpos de los animales.

 

El color y la luz realista de las escenas en exteriores se contraponen con el carácter onírico fantástico de las escenas en interiores, en esos dos mundos, animales y humanos viven su particular encierro, sus laberínticos recovecos.

 

Los personajes terminarán despojándose de sus ropas, desnudos en un claroscuro que muestra los dos mundos en los que viven: Galega y Júnior bajo la luz de la luna a la par de unos bueyes; mientras que Iremar y Geise (Samya De Lavor) entrelazarán sus cuerpos en una fábrica textil rodeados de máquinas. Ese es el Brasil contemporáneo, con sus contradicciones y su gente, sus sueños y su realidad.

 

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