Cambio de luna

Por Armando Quesada Webb

 

En los premios Óscar de este año, la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas (AMPAS por sus siglas en inglés) sorprendió al mundo cinéfilo al premiar al drama independiente de Barry Jenkins, Moonlight sobre La La Land, la gran favorita para llevarse el galardón. La situación se volvió aún más mediática debido al error que hubo al final del evento, donde La La Land fue declarada la ganadora por unos minutos. Esto último desvió gran parte de la atención del verdadero hito de la noche: Moonlight, un filme que se opone por completo los estereotipos del cine hollywoodense, ganó el Óscar a mejor película, pero no por las razones adecuadas.

 

Sin lugar a dudas, Moonlight es una obra excelente, pero se trata de la típica producción que la Academia hubiera rechazado por completo en ocasiones anteriores, al ser una película de bajo presupuesto, dirigida por un negro y que aborda temas socialmente sensibles que suelen ser ignorados por los círculos conservadores en Estados Unidos. Lo que hizo la diferencia este año es que la Academia necesitaba limpiar su nombre de las controversias raciales de ceremonias anteriores, donde se cuestionó fuertemente la falta de presencia afroamericana en prácticamente todas las categorías. Moonlight resultó como la alternativa perfecta para que la Academia redimiera sus pecados y reconociera la existencia negra dentro de Hollywood.

 

De no haber existido tal polémica, es muy probable que La La Land sí hubiese triunfado en los Óscar. El musical dirigido por Damien Chazelle representa todo aquello que la Academia ama: es un homenaje al Hollywood clásico, que romantiza el mundo del cine y es protagonizado por dos superestrellas jóvenes. Durante el momento en que se creyó que La La Land ganó el Óscar muy pocos se sorprendieron, era lo que se esperaba, hubiera sido el típico movimiento de la Academia. El problema es que se trata de una película glamorosa sobre gente blanca, donde literalmente hay sólo un personaje negro relevante, el cual se muestra ligeramente antagonizado ya que “se vende” tocando música comercial mientras el protagonista blanco trata de rescatar el jazz, música tradicionalmente afroamericana. Premiar este musical no le convenía a la Academia, esto la hubiera colocado en el ojo del huracán, los medios especializados la habrían atacado sin piedad y esto pondría en peligro su credibilidad.

 

El triunfo de Moonlight representa un esfuerzo de la Academia por ser políticamente correcta, particularmente en el contexto de la presidencia de Trump, donde el tema de la discriminación racial se ha vuelto muy sensible. Este tipo de comportamiento no es algo nuevo en los Óscar, la plataforma normalmente es aprovechada para hacer comentarios políticos (casi siempre anti republicanos) y también para sermonear a la audiencia y reafirmar la superioridad moral de Hollywood. Sin embargo, ese discurso se ha ido desgastando porque diversos grupos de la prensa le han señalado de hipócrita, particularmente por la ya mencionada invisibilización de la cultura afroamericana. A la Academia le quedaban dos opciones, abandonar ese discurso políticamente correcto o corregirlo, y optaron por la segunda. De ahí la buena cantidad de negros nominados en la última ceremonia y la mediática coronación de Moonlight.

 

El gran premio de la noche le fue otorgado a este filme independiente para quedar bien con todos aquellos grupos que estaban molestos, no porque realmente hubiese interés en aquello que la película representa a nivel artístico. La élite hollywoodense se dio cuenta que el no adaptarse significa desparecer, y en esta época donde el correccionismo político predomina, la película sobre la minoría debía ganar o la Academia se iba a hundir. Ojalá Moonlight sea recordada en el futuro no por este enredo con una premiación, sino por su calidad cinematográfica y la importancia de su mensaje.

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