Crítica de “Yvy Maraey”

Por Orlando Morales

 

Yvy Maraey es una historia que transgrede en muchos niveles su relación con la realidad y con el espectador. Su director y coguionista, Juan Carlos Valdivia es protagonista del filme, así como el otro coguionista, Elio Ortiz, el actor indígena que falleció poco tiempo después del estreno del filme. Lo que nos cuentan parece ser una espiral de historias, conectadas unas por otras, a través de un solo hilo conductor, el del cine y la palabra.

 

Valdivia está realizando una autoexploración,  el descubrimiento de sus orígenes creativos, el origen de su palabra y si existe alguna diferencia entre lo que nosotros pensamos y creamos, con lo que nos ha sido entregado o legado por nuestros antepasados. Entonces estamos conociendo la historia de su director a través de un personaje que es interpretado por él mismo, que está investigando el recorrido que realizó previamente un cineasta sueco, Erland Nordeskiold, en el Chaco boliviano hace mucho tiempo. El deseo de Andrés (Valdivia) es poder encontrar algo nuevo que contar o inventar y para eso debemos regresar a lo que otros buscaron muy lejos de esta civilización, hay que volvernos a sumergir en “el otro”.

 

Podría suponerse que la historia de este cineasta sueco nunca existió, que solo se trató de la propia historia de Valdivia grabando este filme y fragmentado a través de múltiples capas, deshaciendo aquello que creemos que existe unitariamente: nuestro “yo”, nuestra identidad.

 

La imagen que representa esto es la de Andrés, el protagonista, cortando oraciones escritas en papel y creando un largo hilo continuo que enrolla. El cine tiene ese poder unificador, nos cuenta en una sola tira, en un solo flujo temporal muchas historias, que nosotros mismos unificamos, al igual que hacemos con nuestros recuerdos, e incluso con nuestra historia, las de nuestros pueblos. Pero este proceso puede ser muy violento, reflexiona Andrés, muchas veces esas “unificaciones” pueden implicar exterminios. La historia de nuestros indígenas fue aniquilada para poder crear un solo relato universal. ¿Tiene el cine o la palabra ese poder aniquilador?

 

Su coprotagonista, Yari, lo acompaña a buscar esa Tierra Sin Mal, una especie de “El Dorado”, de la que nunca sabemos dónde queda, ni quién está ahí. Se nos la describe como el centro del mundo, la tierra inmadura, originaria, el opuesto de nuestro mundo árido, periférico, racional. El “road trip” se convierte en una aventura de encuentros y choques entre las personalidades de ambos protagonistas. Yari siente un recelo por el deseo de Andrés o “karai” (traducción guaraní para “hombre blanco”) como lo pasa llamando, por querer sumergirse en su cultura, y por ir a buscar algo que ya no existe, algo que se quiere recuperar en nuestra ficción de imágenes inmortales. Andrés y Yari van comprendiendo que se necesitan el uno al otro. Que deben anular la diferencia del lenguaje para encontrar una humanidad común en el camino de sumergirse en el otro.

 

La fotografía del filme es hermosa y dinámica, y nos muestra la gran belleza de esta tierra interna que comparten Bolivia y Paraguay. Los travellings aéreos y terrestres constantemente nos muestran el camino serpenteante de los personajes y hacia el final de la película van aumentando su grado de caos, con tomas que terminan de cabeza, y que nos hacen pensar que hemos llegado a esta otra parte del mundo donde la palabra y el tiempo normal se anulan. El sonido y la música colaboran asimismo para hacer de este recorrido una experiencia surreal, llena de misterio y de duda, pero también de la posibilidad de encontrar algo nuevo, en un tiempo donde ya no queda nada que inventar.

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