Forastero: Un verano en un invierno

Por Marvin Coto

 

La localidad costera de Mar del Sur en Argentina, 3 personajes, imágenes en blanco y negro, un hotel en ruinas. Estos son los elementos que forman la mayor parte de  “Forastero” y es más que suficiente, una película puede ser casi cualquier cosa, desde lo más mínimo hasta lo más espectacular y pirotécnico. Por supuesto no debemos esperar pirotecnias en  “Forastero” , ni visuales, ni narrativas. Aún así es una película que se queda en la mente a través del retrato que logra hacer de un espacio. Por eso la sinopsis de rigor no le haría justicia a sus puntos más fuertes pues generalmente es una descripción de personajes y situaciones separadas de su componente visual, lo que solo ayuda al peor cine, ese que se limita a filmar una historia de manera rudimentaria. “Forastero” es todo lo contrario, no puede separarse de la fuerza de sus imágenes (granulosas, en blanco y negro) y por eso la anécdota se sostiene a través de esa fuerza. Nicolás es un joven que regresa a pasar el verano en Mar del Sur junto a su amigo Jaime, ambos se encuentran con Anita, una vieja amiga de Nicolás. A partir de esto el mar, las casas en la costa, los restaurantes, los negocios y hasta las bicicletas  de la localidad se convierten en un personaje tan importante como el trío principal.

 

Las relaciones entre estos personajes no siempre están claras y uno de los méritos de “Forastero” es que se van desarrollando a puro subtexto, somos los espectadores los que debemos inferir en gran parte la naturaleza de estas relaciones (¿que sucedió en el pasado entre Anita y Nicolás? ¿A qué se debe el regreso de Nicolás a Mar del Sur?). Por eso los diálogos no son particularmente esclarecedores y nunca tratan de subrayar algún tipo de sentido o mensaje. Esta característica puede resultar tanto fascinante para algunos como irritante para otros, por lo que se trata de un filme que debemos abordar sin las expectativas de una película más narrativamente tradicional. Pero aunque no pretende ilustrarnos significados de manera obvia, queda bastante claro que hay un fuerte componente del pasado en Mar del Sur, fragmentos de la infancia y adolescencia de Nicolás que le dan contenido emocional al retrato de este pueblo. A través de la manera en que está filmado podemos comprender que no se trata de un pueblo costero más, sino el escenario de alegrías, miedos y ansiedades propios de la infancia y adolescencia del personaje, de ahí esa sensación de que el pasado se entremezcla con el presente.

 

Esa indeterminación de tiempo hace que la película tenga variaciones de tono: a veces puede ser veraniega, lánguida e incluso relajada, mientras que en algunas escenas la presencia del pasado se vuelve ominosa, como en el caso del antiguo hotel en ruinas, supuestamente habitado por fantasmas. A esto se le suma la forma en que Ferreyra utiliza el sonido del viento y del océano, que por momentos nos lleva a dudar de si realmente la acción ocurre durante el verano. A pesar de esos detalles y la distancia con la que a veces se posiciona la cámara ante los personajes, “Forastero” no es una película lúgubre o fría.  También hay ligereza y escenas contemplativas en donde se toma el tiempo para retratar a los protagonistas en sus rutinas costeras: pescando, andando en bicicleta, comiendo y acampando.

 

Podría decirse que en este filme lo más importante son las ambigüedades, más que dictarnos una manera de sentir frente al relato, ya sea tristeza, nostalgia o confusión, se nos dejan las imágenes para descubrirlas e ir creando nuestros propios significados. De ahí que podemos ubicar a “Forastero” dentro de cierta tendencia cinematográfica internacional de cine mal llamado “lento” o de forma menos despectiva “contemplativo”, en ocasiones denostado por su laconismo narrativo y sus planos de larga duración, lo que para sus defensores son precisamente las mayores fortalezas. Y es que lo mejor de películas como esta es que nos obligan a observar, sin el estilo de edición frenético y los artilugios dramáticos que están omnipresentes en gran parte del cine y las series de televisión.

 

En “Forastero” un perro corriendo por la playa, el robo de una bicicleta o los personajes caminando al borde de la playa se convierten en instantes de gran fuerza visual, a pesar de su aparente falta de dramatismo. A esta manera de hacer cine se le pueden encontrar muchas similitudes con otros filmes de los últimos 20 años, sin ir más lejos, gran parte de lo que se llamó “Nuevo Cine Argentino” también acusado injustamente de excesiva morosidad narrativa. Pero algo de “Forastero” remite además a “Old Joy” de Kelly Reichardt , por lo menos en su retrato de la amistad masculina y el esmero en filmar acciones mundanas (armar una tienda de campaña, comer, caminar por espacios abiertos). Así mismo, se puede encontrar algún parentesco con exponentes tempranos de esa tendencia estadounidense llamada “mumblecore”, sobre todo las primeras películas de Andrew Bujalski, en donde los personajes veinteañeros y taciturnos parecían ser la norma. Otra clave sobre los parentescos de “Forastero” nos la da Ferreyra , y aunque muchas veces los artistas no son una fuente muy fiable a la hora de evaluar su propio trabajo, resulta fácil estar de acuerdo con ella cuando en una entrevista dice que su película podría ser “una mezcla entre Pedro Costa y (Eric) Rohmer”.

 

Por eso si el prospecto de un filme argentino, escueto en lo narrativo y filmado en blanco y negro no parece en un principio como la idea más inmediata de diversión, termina siendo una experiencia reveladora por la capacidad que tiene de sumergirnos en su mundo y volvernos observadores activos, en vez de simples espectadores, mérito que se vuelve mayor al tomar en cuenta que Ferreyra lo logra con su primera película y sin grandes artilugios.

 

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