Somos Mari Pepa: Una carta de amor a la incertidumbre adolescente

Por Alonso Aguilar

 

Hablar idioteces, ir a patinar, idear formas para conquistar chicas, hacer una banda de rock con los amigos. Es difícil concebir esta enumeración sin evocar inmediatamente a esa época teñida de inseguridades y chistes sobre “tu mamá” que se conoce como adolescencia. Ese momento de transición en donde la irreverencia infantil empieza a toparse con la pared del deber adulto. Es aquí donde yace la esencia de Somos Mari Pepa (2013).

 

El filme mexicano explora de manera naturalista las trivialidades y preocupaciones de los jóvenes en los suburbios de Guadalajara. De entrada, el director Samuel Kishi deja en claro la propuesta DIY (do-it-yourself) de la película a través del juego con distintos formatos de grabación digital, los cuales aparte de destacar por su innovación formal, le adhieren cierta percepción de veracidad documental a las piruetas en patineta y conversaciones chabacanas de  los chicos protagonistas. Por momentos, los mismos personajes son los que se están grabando y si se considera que se trata de no-actores haciendo esencialmente de sí mismos,  la línea de lo que es y no es ficción se empieza a difuminar.

 

Esto viene desde el carácter semi-autobiográfico del material, hecho que se hace palpable en la nostalgia con la que Kishi construye la narrativa alrededor de Alex (Alejandro Gallardo), guitarrista de la banda punk de garaje Mari Pepa (“Mari”, abreviación de marihuana, y “Pepa”, alusión al órgano genital femenino, como explica tímidamente el personaje a una chica).

 

Ningún guion preestablecido o actor de renombre podría replicar  la vibrante autenticidad que irradia cada mirada melancólica o momento de ansiedad social del estoico protagonista, y esto se extiende a la cofradía en las interacciones con sus compañeros de agrupación.  Es en estos momentos, en los que se ve el proceso artístico de Mari Pepa para crear una canción, o cuando se muestran las apasionadas discusiones entre miembros, en los que el filme tiene su mayor fuerza.

 

Más que una plataforma para conquistar chicas, la banda representa una estética identitaria. Es ese espacio en donde las preocupaciones sobre el colegio, la incertidumbre ante la situación socioeconómica y el peso de las relaciones fraternales se olvidan por un instante en favor de la catarsis que es gritar sobre eyaculación y verse como Joey Ramone. En este aspecto observacional Kishi muestra una sensibilidad y perspectiva cultural afín a figuras del coming of age urbano como Richard Linklater o Andrea Arnold.

 

Eventualmente Somos Mari Pepa llega a un punto de quiebre en donde explora las distintas circunstancias que paulatinamente empiezan a interponerse con la aspiración de la banda de tocar en un show. Esto trae consigo interesantes momentos, como un par de viñetas de sátira sobre la sociedad mexicana y una mayor exposición a la situación familiar de Alex, que si bien aspiran a mayor intensidad dramática, carecen un poco de la vivacidad de las secuencias en donde se ve al colectivo.

 

A pesar de un par de convenciones narrativas, la palpable emotividad en su realización y el mero carisma de su presentación directa y sin grandes pretensiones hace del filme una representación vívida de la incertidumbre juvenil.

 

Junto al intimismo devastador de Te Prometo Anarquía (Julio Hernández Cordón, 2015) y la expresividad poética de  Güeros (Alonso Ruiz Palacios, 2014), la sutileza nostálgica de Somos Mari Pepa la posiciona como una entrada que destaca en esta nueva tendencia de exploración juvenil-urbana en el cine mexicano.

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