Atómica. ¿Una antiheroína femenina?

Los personajes interpretados por mujeres en las películas de acción han sido objeto de diversos análisis, por un lado hay quienes critican la mirada hipersexuada de las que son objeto, Barb Wire (David Hogan, 1992), es un claro ejemplo de explotación de la figura de la mujer voluptuosa, una Pamela Anderson en pleno apogeo de su carrera como sex symbol de los noventa, pero cuya influencia artística no pasó más allá de las portadas de revistas y correr en la playa en cámara lenta. Por eso antes de aventurar una crítica, hay que entender la obra en su contexto histórico.

 

Sucede así, por ejemplo, con Barbarella (Roger Vadim, 1968), filme ahora considerado de culto, que también se valió de la figura de una entonces joven Jane Fonda. Sin embargo, el contexto apocalíptico de Barb Wire resulta falso y superficial en todo momento, ni aporta una reflexión sobre su producción en el contexto de los años 90, más allá de explotar la figura de Pamela Anderson. En cambio, Barbarella puede considerarse una hija rebelde de la generación de los 60. Enmarcada en el contexto del debate suscitado por la sexualidad de la mujer, el uso de la píldora y los temidos multiorgasmos: Barbarella es la única que triunfa en su misión gracias a su capacidad de tener múltiples orgasmos y vencer así a la máquina, ese invento del hombre que resulta imperfecto al no poder comprender el cuerpo de la mujer.

 

 

El cine siguió produciendo personajes fuertes, con carácter determinado y que dificultaba el reducirlos con la palabra femenino. Ripley (Sigourney Weaver) o Sarah Connor (Linda Hamilton) son casos excepcionales en los que la heroína se valía de su fortaleza, inteligencia, astucia y sagacidad para enfrentarse a la adversidad. Características recurrentes en los personajes masculinos de acción. Pero al presentarse así ¿dejaban de ser femeninas? Cuando Ripley camina en ropa interior por la nave es reflejo de una mirada sexuada proveniente de una cámara operada por un hombre director, o se trata de una escena natural dentro de su contexto. ¿Es de sorprenderse si la misma escena hubiese sido interpretada por un hombre usando calzoncillos?

 

Una posibilidad de análisis estriba en analizar la función de la mirada con que se ejecuta la escena, qué resulta determinante en la misma y por qué. Cuando Hitchcock le pregunta a Grace Kelly por sus impresiones durante el rodaje de una escena en Crimen perfecto (Dial M for Murder, 1954), ella respondió con franqueza: «una mujer no llevaría puesta esa ropa si estuviese en su casa y acostada», finalmente, la actriz salió con una bata de noche a contestar el teléfono en una de las célebres escenas del cineasta británico. No había una intención de sexualizar de más a la actriz, sino de mostrarla en un contexto real.

 

Lo anterior viene a propósito del estreno de Atómica (Atomic Blonde, David Leitch, 2017) y un rejuvenicimiento del cine de acción protagonizado por mujeres: Mad Max: Fury Road (George Miller, 2015) o Wonder Woman (Patty Jenkins, 2017), Ghost in the shell (Rupert Sanders, 2017) por citar algunos ejemplos.

 

Interpretada por Charlize Theron a quien no le es ajeno el género, Atomica resulta un producto de entretenimiento convincente para el común de los espectadores. Amalgama actores talentosos con una trama de espías demasiado simple que se ubica en el Berlín de 1989, previo a la caída del Muro. Además consiste en otra adaptación de una novela gráfica, en este caso de The coldest city escrita por Antony Johnston e ilustrada por Sam Hart.

 

De entrada resulta claro que Leitch recicla conceptor de diferentes fuentes, dejando ver sus influencias. Desde las tramas de espías de los 60 y 70, pasando por la modernización del agente 007, tanto en las versiones con Daniel Craig como en la saga de Bourne. También hay guiños a la sofistificación británica aparecida en la mediocre Kingsman: servicio secreto (Matthew Vaughn, 2014); pero sobre todo Leitch se copia a sí mismo, con buen suceso hay que decirlo, como coreógrafo de escenas de acción merced a su experiencia en John Wick (Chad Stahelski y D. Leitch, 2014), que aunque no resultan sorprendentes o innovadoras con respecto a otros filmes del género, resultan atractivas para los amantes del cine de acción, en especial el falso plano secuencia en la que la protagoniza vence a una serie de atacantes en una escalera.

 

Leitch también adopta los colores neón de Nicolas Winding Refn y un estilo visual retro de los 80 que también está nuevamente de moda, tanto en el cine: Guardianes de la galaxia (James Gunn, 2014), Guardianes de la galaxia. Vol 2 (J. Gunn, 2017); como en la televisión, Stranger things (Matt y Ross Duffer, 2016-) y los productos web, Kung Fury (David Sandberg, 2015).

 

Con esa mezcla de estilos y referentes, el director también tiene espacio para dejar plasmada su cinefilia. Así, un disparo en medio de una multitud que sostiene paraguas remite a la célebre escena de Enviado especial (Foreign Correspondent, Hitchcock, 1940); mientras que una secuencia de persecución se desarrolla en un cine que exhibe Stalker (A. Tarkovsky, 1979), donde además se desarrolla una hermosa secuencia de lucha donde los personajes son sombras frente a la pantalla que exhibe la película mencionada. En otra secuencia, ahora sonora, el ritmo electrónico sede lugar a una canción emblemática de Casablanca (Michael Curtiz, 1942) y por último, la maravillosa referencia al cine alemán de los 70, con la inclusión en un pequeño rol de Barbara Sukova, mítica actriz de Rainer Werner Fassbinder y que protagonizara Berlin Alexanderplatz (Varios, 1980-1983), sitio de referencia en Atómica.

 

Todo lo anterior se vale también de la utilización del star system en su perfección, mezclando viejos consagrados como John Goodman y Toby Jones, con el camaléonico James McAvoy y la poderosa presencia de Charlize Theron, la película discurre en terreno seguro, pasando por los clichés habituales y ofreciendo dosis de acción, que en un principio son pocas, y que coincidentemente son los mejores momentos de la película, cuando se toma su tiempo para narrar, y que luego cede a la vertiginosidad coreográfica.

 

El filme está narrado principalmente con flashbacks, el presente es una sala de interrogación que constituyen los pocos momentos en los que la protagonista no es sexualizada.

 

Menos impresionante y hasta efectista resulta la participación de Sofia Boutella, que interpreta a la espía francesa Delphine Lasalle. Su personaje está débilmente diseñado y ofrece una mirada que puede considerarse como de explotación: su romance con Lorraine Broughton (C. Theron) cae en la gratuidad, no aporta nada a una trama ya de por sí sencilla y sin sorpresas, y abre el cuestionamiento que da origen a este texto, ¿Atómica es cine feminista, la protagonista es un objeto más de la mirada masculina, o son solo escenas que no deberían pasar por el filtro de la teoría de género en el contexto actual de su producción?

 

La Lorraine de Charlize resulta más imponente y lograda que su débil caricatura como Aeon Flux en el filme homónimo de Karyn Kusama (2005), basado en la serie de animación Aeon Flux (Peter Chung, 1991-1995) de visionado obligatorio para amantes de la ciencia ficción; pero no alcanza la preponderancia narrativa ni contextual de su Emperatriz Furiosa (Mad Max). En esta línea, tampoco es una Ripley ni una Sarah Connor, por lo que queda la idea de que Theron es vista desde el objetivo de una cámara que la sexualiza para complacer a una audiencia masculina, acostumbrada a ver objetos y cuerpos, sin cuestionar el lugar desde el que se mira y sus razones.

 

Tampoco se trata de eliminar o negar la sexualidad de la mujer, sino de cuestionar la forma en que se presenta a la audiencia. Resultan muy diferentes las escenas en las que se ve desnuda, con su cuerpo herido y sumergido en el agua, donde hay un concepto estético mejor ejecutado.

 

El resultado es un filme que se sostiene dentro de la industria hollywoodense, con un gran diseño de vestuario, un cuidadoso diseño de producción que se acompaña de una fotografía a base de tonalidades azuladas y grisáceas para recreaer una época, y que entiende su banda sonora y música extradiegética como elemento discursivo entre la acción de la pantalla y el espectador, que repasará una serie de sencillos vitales de la escena musical ochentera, lo que no deja de ser manipulación -bien ejecutada- para disfrutar de las escenas de acción.

 

Ficha: Atomic Blonde. Dirección: David Leitch; guion: Kurt Johnstad, basado en la novela gráfica The coldest city; fotografía: Jonathan Sela; edición: Elísabet Ronaldsdóttir; música: Tyler Bates. Alemania, Suecia, Estados Unidos; 2017, 115 minutos.

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