Paterson: Simpleza Poética

Uno de los elementos esenciales de la poesía es su cualidad rítmica. La forma en que la métrica y la prosa se complementan para exaltar el significado de las palabras y evocar sentimiento. Existen infinidad de formas con las que se puede jugar con estas estructuras, y los poetas más memorables suelen ser aquellos que las utilizan como una herramienta más a la hora de forjar su propia gramática.

Este carácter lírico también está claramente arraigado en el cine, en donde un solo encuadre o movimiento de cámara puede delatar la personalidad de aquel cuya visión está siendo plasmada. Este es el caso de la obra de Jim Jarmusch, para quien la poesía no es solo el eje central de Paterson (2016), sino es  también la forma de expresión artística donde más parece estar arraigada su identidad como cineasta.

En su carrera como una de las figuras más idiosincrásicas del cine independiente estadounidense, Jarmusch le ha huido a la tiranía de la “trama” y el “incidente” con una docena de filmes en donde la narrativa episódica, las interacciones orgánicas entre personajes y el énfasis en la atmósfera marcan la pauta. El ritmo deliberado y la carencia de progresión dramática dentro de su estilo han hecho que al nacido en Ohio se le suela caracterizar como un director minimalista, pero este adjetivo pocas veces había sido tan acertado como lo es al hablar de Paterson.

Driver da una interpretación contenida pero sumamente efectiva

Más que mostrar, el filme sumerge en una semana en la vida de Paterson (Adam Driver), conductor de autobús en la ciudad de Paterson, Nueva Jersey. Su rutina cotidiana parece infranqueable: despertarse temprano, ir a trabajar, escuchar las conversaciones de los pasajeros y aprovechar las pausas de almuerzo para escribir poesía en su pequeño cuaderno. Cuando vuelve a su hogar lleva a pasear a su perro Marvin, se detiene por una cerveza en el bar local, e interactúa de forma amena con su pareja Laura (Golshifteh Farahani). Ella es una artista en constante reinvención que con su excentricidad brinda el complemento perfecto para la parsimonia rutinaria de Paterson, como se muestra en el afecto palpable y sutil romanticismo que permea cada escena que comparten.

En cuanto a trama, esto en esencia es todo Paterson, pero como buena obra minimalista, la esencia es lo único que se necesita para estar inmerso.

El hilo conductor del filme no es la intriga de si el protagonista se convertirá en un gran poeta (él mismo parece verlo más como un hobby) , sino la mirada intimista a su proceso artístico, y en esto Jarmusch encuentra total sincronía con Driver.

El joven actor cae como anillo al dedo a una tradición de protagonistas estoicos donde destaca la frescura de John Lurie en Stranger Than Paradise (1984) o la desolación de Bill Murray en Broken Flowers (2005), pero esto no se trata de acoplarse a un arquetipo, la serenidad de Driver se convierte en un carisma magnético que aparte de generar empatía, alinea con su perspectiva.

La química entre Driver y Farahadi expone las fortalezas de Jarmusch a la hora de construir diálogos orgánicos

De vez en cuando el lente muestra detalles de pequeñas acciones o elementos aparentemente intrascendentes que no destacarían bajo ninguna circunstancia, aún considerando la calma y el paisaje grisáceo con que se representa la ciudad. Formalmente, estos no podrían ser el punto de vista de Paterson, pero sensorialmente lo son. Cada espectro de la cotidianidad es una potencial fuente de inspiración para el protagonista, desde una caja de fósforos hasta un vaso de cerveza medio lleno, y la aparente monotonía de su rutina no hace más que exaltar la belleza inherente en estas viñetas efímeras. Aquí no existe la percepción de lo mundano como una pesadilla; para Jarmusch no hay nada mundano en la encantadora simpleza de existir.

La introspección de Paterson no es su forma de escudarse del mundo a su alrededor, por el contrario, es su celebración de ser parte de algo tan complejo e indescifrable, y al estar construido desde su subjetividad, el filme logra capturar el gentil sentido de maravilla del protagonista con su cadencia hipnótica y tono contemplativo. Esto logra que las secuencias fluyan con cohesión en el característico estado de consciencia en el cual sumerge el cine de Jarmusch, donde la poesía literalmente se construye frente a los ojos del espectador, y este se vuelve tan participe como el autor mismo.

Así como la poesía modernista que Paterson cita como inspiración, la película cuenta con un ritmo que se construye a través de la repetición, la recurrencia de elementos y la ruptura sutil y progresiva de sí mismo, lo que resulta en una profunda oda a la quietud y a la observación que se siente como la culminación de una idea que se había venido edificando a lo largo de toda una filmografía: la emoción no viene de momentos, sino de la experiencia; y  en su decimosegunda cinta, Jarmusch ha forjado una realmente transcendental.

Ficha: Paterson. Dirección y guion: Jim Jarmusch; fotografía: Frederick Elmes; edición: Affonso Gonçalves. Estados Unidos, Alemania, Francia; 2016, 118 minutos.

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