Mother! La fantasía misógina de Aronofsky

En una época en la que el concepto de arte se ha relativizado tanto que se llega a exhibir cualquier idea bajo esa etiqueta, en la que es más fácil plagiar bajo la excusa de que es una «reapropiación» o «resignificación», también surgen obras que plantean temas tan generales como trascendentales, pero lo hacen con un descuido total y un ego tan pretencionso que impide escuchar cualquier atisbo de cordura.

 

Se trata de obras postmodernas -si todavía tiene algún sentido usar esta palabra- que buscan ser grotescas, chocantes y sorprender a base del morbo, pero que carecen de una tesis que las sustenten, principalmente por su uso cliché de referentes establecidos a modo de collage.

 

En este escenario se encuentra ¡Madre! (Mother!, 2017),  último despropósito fílmico del director Darren Aronofsky, quien se empeña en llevar la locura, el desorden y el caos a su máxima expresión, pero lo hace con la misma inopia con la que se desarrollan sus personajes.

 

Desastrosa actuación. Con 66 minutos de primeros planos, Jennifer Lawrence se cansa -y cansa al público- con sus muecas y lágrimas.

Filmada con abundantes primeros planos de Jennifer Lawrence -cerca de 66 minutos-, y con planos subjetivos, la mayoría de estos desde el punto de vista de ella, la película es convierte en una serie de repeticiones sobre un mismo tema: una mujer que lo da todo frente a un mundo de personajes que no paran de exigirle y pedirle cada vez más. Sin embargo, el filme deja ver un trasfondo altamente misógino de Aronofsky: en su cine es frecuente ver cómo los personajes femeninos son agredidos -en ocasiones brutalmente-, viven bajo mandatos que provienen de hombres y son constantemente humilladas. Y de lo que más se sufre es de la lamentable actuación de Lawrence, quien no está a la altura de Jennifer Connelly, Natalie Portman, Ellen Burstyn ni Marisa Tomei.

 

El estilo del neoyorquino es fácil de identificar por lo que el argumento no presenta puntos de giro que sorprendan, otrora quedaron filmes que ofrecían una mirada a la locura o decadencia, como Pi (1998) o Réquiem por un sueño (2000); también quedó atrás su mejor obra, Wrestler (2008) en la que el equilibrio formal acompañaba la acostumbrada historia de un personaje autodestructivo, especie de héroe trágico que sucumbe ante la tentación. Y este es el concepto básico del cine de Aronofsky, sus personajes son seres imperfectos que ansían más de lo que tienen, caen víctimas de su debilidad, y el director se regordea filmándolos en sus depravaciones más chocantes y morbosas.

 

Aronofsky es un director del morbo, sabe explotarlo y eso vende. Escenas de sexo con Jennifer Connelly, luego la intriga lésbica entre Natalie Portman y Mila Kunis, o un Russell Crowe reinterpretando la religión cristiana. Pero Aronosfky también es un director de la «reapropiación». Así, los planos que Satoshi Kon concibió son despojados de su significado y trasladados a una estética vacía en filmes como Réquiem por un sueño o El cisne negro (2010), esta última casi se podría considerar un remake de Perfect Blue (Satoshi Kon, 1997).

 

En ¡Madre!, la reapropiación pasa por Polanski, Buñuel, algún título de cine de terror y, ¿cuándo no?, Satoshi Kon: La mujer angustiada con su bebé, la casa como escenario del que no se puede escapar, y el cambio de planos con inserción de personajes que aparecen de repente y que crean un aire pesadillesco.

 

Todo esto mezclado por una historia de alegorías bíblicas en la que el protagonista juega a ser el dios cristiano -en realidad, el propio director juega a ser dios-, un desteñido mensaje new age pseudoambientalista y expresado con imágenes caóticas.

 

En el fondo, Madre! es un relato convencional, presentado con una serie de artilugios que pretenden ser novedosos, que a algunos les resultará chocantes y otros pensarán que son atrevidos. Un encadenamiento de esperpénticos eventos, cada cual más risible y grandilocuente que el anterior, pero que produce el efecto contrario, con tanto manierismo, el filme se vuelve cansino y salen a relucir los defectos de Aronofsky como guionista, a quien solo le queda el morbo para capturar la atención del espectador. No faltará quien alabe el filme por mostrar alegorías bíblicas y escenas viscerales, pero Aronofsky solo demuestra saber reapropiarse de discursos ajenos, lejos está de resignificar algo.

 

Grietas. Los motivos en el cine de Aronofsky se repiten sin plantear una evolución. Sus películas tienen un lindo cascarón, que al resquebrajarse muestran lo mismo.

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