Twin Peaks: The Return. El sueño de la subversión serializada.

Como una de las series de culto por excelencia, Twin Peaks tiene un significado particular para todo aquel que la haya visto. Están los que vivieron la transmisión original hace 27 años y la tienen en un pedestal nostálgico, aquellos para quienes esta significó su droga de entrada al mundo de David Lynch, o los que la descubrieron años luego e inmediatamente apropiaron el sentir de comunidad alrededor de este material.

Lo que todos tienen en común es el amor a este pequeño pueblo en el noroeste estadounidense, los personajes que lo habitan y la constante incertidumbre en la que se ven envueltos.

 

Desde el episodio piloto, el show dejó varias postales inolvidables apropiadas por la cultura popular.

Cuando  la serie debutó en ABC en 1990, el proyecto fue visto como una apuesta arriesgada para la cadena televisiva. Al final de cuentas este era un show de misterio con elementos paranormales, trauma psicológico y juego con elementos telenovelescos, además de estar amparado en la visión de un David Lynch que en ese momento estaba asociado con multitud de proyectos fallidos (Goddess, One Saliva Bubble, Ronnie Rocket) y que contaba con nula experiencia en televisión.

A pesar de todo esto, la serie fue un éxito abrumador en su primera temporada y se convirtió en un hito gracias a los millones que quedaron enganchados con la premisa de “¿quien mató a Laura Palmer?”. Ya fueran espectadores casuales interesados en la trama de misterio o ávidos seguidores de la excentricidad de los creadores, todo aquel que sintonizaba ABC era transportado por 45 minutos a un mundo onírico donde la estética cinematográfica y la narrativa surreal hipnotizaban con una propuesta televisiva nunca antes vista.

Como cuenta la leyenda, la cadena no se sintió a gusto con los cabos sueltos que dejó la primera temporada, por lo que impusieron mayores limitantes creativas y obligaron al equipo de producción a resolver el misterio a mitad de la segunda temporada. Esto se juntó con el distanciamiento  progresivo de Lynch con el proyecto, para quien el misterio de Laura Palmer era un preámbulo para explorar la ambigüedad moral y la oscuridad que carcome la condición humana, no tanto un eje central de la narrativa. A la postre esto terminó por hacer que la serie perdiera el rumbo, se alejara de su esencia, y eventualmente culminara en su eventual cancelación.

Al salir del aire su legado se consolidó gracias a su influencia inmediata en el género del misterio televisivo y en la forma en que introdujo elementos con los que el director angelino experimentaría en sus filmes posteriores, pero para los fans de Twin Peaks nada nunca llenaría ese vacío que quedó al concluir la segunda temporada. Al menos hasta el sorpresivo anuncio de que en efecto Lynch y Frost iban a producir un retorno para la cadena Showtime.

 

En esta ocasión la autoría de Lynch y Frost está presente en cada uno de los capítulos.

Si bien la emoción por la improbable tercera temporada se hizo sentir, la noticia también fue recibida con cierto escepticismo por aquellos que temían que esta fuera meramente una vitrina nostálgica en la línea de la mayoría de retornos televisivos en la actualidad. Fue cuestión de ver el primer episodio para darse cuenta que los planes de los creadores eran otros.

Los personajes esenciales estaban ahí, el espacio era el mismo y las mentes que originalmente lo habían ideado volvían al proyecto de sus pasiones, pero de inmediato fue evidente que no había interés alguno en replicar a aquello que ya se había hecho hace 26 años.

La transmisión original había hecho su trabajo al romper los estigmas televisivos de los noventa, pero desde ese entonces muchos de sus elementos característicos a nivel narrativo y formal fueron apropiados por la llamada “Edad dorada de la televisión”.

El juego con el color y el uso de iluminación, que en la primera temporada parecía de vanguardia, se ha normalizado luego de años en que los shows de prestigio adoptaran valores de producción usualmente asociados a la pantalla grande, y ni que hablar de la proliferación de lo onírico como elemento narrativo.

A partir de este contexto, la nueva iteración de Twin Peaks encuentra que la esencia de la serie siempre ha estado en algo más allá de los personajes, el misterio o hasta el tono deliberado entre lo ominoso y lo absurdo. Ese algo es su misión de desafiar preconceptos.

Aun las series más aclamadas en estos tiempos de bonanza “seriéfila” suelen mostrar claras tendencias que aluden a una fórmula. Hay una afinidad hacia tramas ricas en incidente, en las que los elementos de la historia presagian un tipo de desenlace que da una resolución a la audiencia. Esto puede limitar hacia una visión en la que una serie es meramente una compilación cohesiva de hitos narrativos, y al conocer la fascinación de Lynch con el desconcierto, no es sorpresa ver cómo se desentiende violentamente de esta idea. 

 

Síntesis de la experiencia como espectador.

Con la envolvente disonancia del diseño sonoro, la edición poco ortodoxa y la predominancia de tomas largas y estáticas, los creadores parecen conscientemente elevar lo atmosférico y lo estético a un nivel de importancia igual o mayor que el argumento. Y es que la confusión con la que ha jugado Lynch a lo largo de su carrera no es esa de un rompecabezas difícil de resolver, es más bien aquella de una pesadilla. Su obra siempre suele apelar a lo sensorial sobre lo racional, y por ello cualquier búsqueda de resolución o hasta exposición suele resultar fútil. Es cuestión de dejarse sumergir en el mundo que construye y prestar atención a los detalles y las sutilezas que lo componen. 

Si bien esta es una idea que ha existido en el cine mucho antes de Lynch, no es algo realmente explorado con constancia en un formato serializado. Aún así,  Twin Peaks: The Return lo hace y el resultado es inigualable.

Durante 18 episodios, semana a semana la serie sumergió a la audiencia en una deconstrucción del mundo de la serie original. Por momentos el pequeño pueblo en Washington pasaba a un segundo plano, introduciendo nuevas caras y múltiples locaciones que a manera coral narraban la oscura tragedia universal detrás de una serie de viñetas paranormales, más afín a la polémica y demencial Fire Walk With Me (1992) (constantemente referenciada en este retorno) que a la serie original.

 

El desenfreno y los conceptos introducidos en la precuela Fire Walk With Me se vuelven esenciales para el nuevo Twin Peaks.

El misterio puede perfectamente no avanzar de episodio a episodio, los personajes que son introducidos no necesariamente tienen una relación con la historia, y varios de aquellos que creíamos conocer son ahora apenas vestigios de la idea que teníamos de ellos. Este rechazo a la estructura telenovelesca de las primeras temporadas no es meramente una forma de confrontar a la audiencia, sino que es parte esencial de la tesis del nuevo Twin Peaks.

Constantemente Lynch y Frost evaden el confort de lo familiar, dejando a personajes amados por los fans en estado catatónico, no mostrándolos hasta la vigésimo segunda hora y dándoles un arco totalmente desconcertante, o simplemente reemplazándolos con objetos inanimados.  Las icónicas melodías de Angelo Badalamenti solo aparecen en momentos clave y son más bien suplantadas por tonos monótonos y zumbidos atmosféricos. La pintoresca estética análoga fue reemplazada por las texturas frías del formato digital. Desde su construcción la serie nos lo está diciendo: no se puede volver a lo que se tenía antes, el pasado no existe.

A partir de esta idea se juega una y otra vez con las expectativas y los sentimientos de la audiencia, guiando por caminos oscuros y luego soltando la mano en plena penumbra surrealista. Es un diálogo constante entre la apropiación y la hostilidad hacia la nostalgia, usualmente favoreciendo esta última. 

El mejor ejemplo de esto se da en el ya icónico episodio 8, donde por una hora la serie se aleja de su ya de por si escueta narrativa principal y transporta a un viaje metafísico en blanco y negro hacia la concepción original del mal. Este capítulo en particular remite a Eraserhead (1977) y los primeros cortos de Lynch, donde existe un juego con elementos abrasivos desde el jump-cut, la contraposición de planos y el uso de ruido y estática como diseño sonoro, todo amparado bajo un montaje expresionista más en línea con el cine experimental que con cualquier cosa jamás vista en horario estelar.

En una entrevista reciente, Trent Reznor de Nine Inch Nails discutió su participación en este episodio. El cantante dijo que la banda  llegó con una canción pensada para la serie, pero Lynch les dijo que quería algo “que sonara menos Twin Peaks y fuera más agresivo y feo”. Esta frase perfectamente engloba la visión del director para esta nueva temporada.

 

Desde que salió, el octavo episodio ha sido un caso de estudio por si solo.

Si bien en ese punto fue llevado al extremo, aún los momentos que en papel serían catárticos vienen acompañados de cierto nivel de osadía formal que mantiene un sentir de extrañeza y ansiedad constante.

Su capítulo final, por ejemplo, apropia con maestría tendencias del llamado  “cine lento” a nivel de atmósfera y tono, y elementos meta-textuales explorados en la desenfrenada Inland Empire (2006), para luego concluir con una recontextualización nietzscheana de la serie como un todo.

Bajo cualquier parámetro, Twin Peaks: The Return es televisión de autor como nunca antes se había visto. Cada decisión que se toma durante sus 18 horas de duración se siente como parte genuina de un compromiso con una visión artística determinada, y que los ejecutivos de Showtime permitieran que una obra tan osada y confrontativa como la de Lynch se presentase en cable es un hito digno de admirar y  que no se debe tomar por sentado, ya que probablemente pase mucho tiempo antes de que una serie nos lleve a los lugares que The Return lo hizo, tanto sensorial como emocionalmente. 

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