Wind River: Humanidad a la intemperie

Una joven mujer corre frenéticamente sobre un manto blanco de nieve hasta caer  desplomada. Inmediatamente después vemos a un grupo de lobos merodear alrededor de un rebaño de ovejas, pero este es interrumpido por tiros de alto calibre que terminan por mutilar a los depredadores.

Estas son apenas las dos primeras secuencias de Wind River (2017), pero el director Taylor Sheridan no escatima tiempo en retratar los gélidos montes de Wyoming como uno de los tantos terrenos hostiles y desolados del vasto paisaje estadounidense.

De entrada queda claro que el espacio físico en donde se sitúa la historia es tan relevante como los mismos incidentes, elemento que ha sido fundamental en la corta pero aclamada carrera de Sheridan como cineasta.

Su trabajo de guión en Sicario (2015) y Hell or High Water (2016) no solo explora de manera intrincada los matices grisáceos del espectro moral en contextos de crimen, violencia y necesidad, sino que sumerge en la atmósfera abrumadora del entorno, en esos trabajos el sol avasallador, la tierra seca y el bochorno de la frontera con México y el oeste de Texas, ahora el frio trepidante, las rafagas de viento y el silencio sepulcral del noroeste norteamericano. Si bien espacios opuestos, Sheridan deja en claro que el abandono los hace dos caras de la misma moneda.

Los planos panorámicos de sus trabajos anteriores están presentes e igual de efectivos.

En este caso, y como en casi todo misterio, la trama inicia con un cuerpo. Se trata de una joven nativa americana encontrada muerta y violada en medio de una reserva indígena. Al ser esta su etnia, el interés y esfuerzo de autoridades externas es de mínimo a nulo, dejando la investigación a manos del minúsculo equipo de la Policía Tribal, Jane Banner (Elizabeth Olsen) , una agente inexperta del FBI, y Cory Lambert (Jeremy Renner), un agente de vida silvestre particularmente motivado a brindar ayuda.

En papel, y en manos de otro escritor, esta trama podría leerse meramente como un procedural de crimen a lo CSI, pero es claro que las ambiciones de Sheridan van más allá, quizás al punto de exceder un poco sus cualidades detrás de cámara (si bien ya había dirigido una película de horror gore, este es su debut formal como realizador).

El filme demarca tres dimensiones durante el desarrollo de la historia. En primer lugar, el misterio del asesinato, en donde Sheridan muestra sus fortalezas a la hora de orquestar secuencias llenas de intensidad y suspenso, donde se lleva al espectador por parajes oscuros y brutales que exaltan la eventual catarsis.

Aquí los elementos que tanto funcionaron en Sicario retornan, al jugar con la forma en un par de secuencias donde se tergiversa la perspectiva y la temporalidad, poniendo en los zapatos de Jane como protagonista descontextualizada en un ambiente hostil. Lo que pasa es que si bien la construcción es efectiva, la caracterización deja un tanto que desear, dejando la inoperancia de Banner más como algo circunstancial a la trama que como un elemento de identidad del personaje, opuesto al estoico proceso de desencanto al que se expone Emily Blunt en el antes mencionado filme dirigido por Denis Villeneuve.  

En sus actuaciones, Renner (derecha) es servicial en su arquetipo cowboy y Olsen deja un tanto que desear en su interpretación de ingenuidad.

En segundo lugar se encuentra el núcleo emocional, el que carga casi exclusivamente Lambert. Aquí los destellos de Sheridan como dramaturgo son claros. Sus tradicionales diálogos que cruzan la línea entre lo lírico y lo cotidiano exploran de forma devastadora conceptos como el dolor, la perdida y la aceptación en torno a las relaciones fraternales. En estos momentos, las tomas del director de fotografía Ben Richardson (Beasts of The Southern Wild) son intimas y a mano alzada, exaltando la vulnerabilidad que emanan las circunstancias sin caer nunca en el melodrama. Cabe destacar la labor del actor Gil Birmingham, quien luego de robarse el show como mano derecha de Jeff Bridges en Hell or High Water retorna con una interpretación sentida que da un alto emocional al filme y hace extrañar su presencia en el resto del metraje, más cuando las secuencias entre Renner y Olsen rozan la sobre-exaltación y rompen el tratamiento sutil de la película.

Finalmente, y quizás donde más queda debiendo Wind River, está la dimensión social. Manejada de manera magistral con la crisis económica en la antes mencionada Hell or High Water de David Mackenzie, aquí Sheridan parece no tener una gran claridad conceptual sobre cómo hilvanar la discriminación y olvido de las comunidades nativas americanas dentro de su historia. Hay momentos en donde el excelente reparto de personajes indigenas se toman turnos señalando la otredad de su situación y el contraste con Banner y Lambert, pero estos realmente no fluyen con naturalidad, al punto que una pantalla en negro con datos llega al final para asegurarse de dejar claro el subtexto.

Con esta trilogía temática de ambigüedad moral y desolación en la norteamerica contemporánea, Taylor Sheridan ha dejado claro que es una de las voces emergentes más interesantes del cine independiente en los Estados Unidos, y su dirección en este filme lo muestra como un realizador con seguridad y un estilo propio que le hace justicia a la “americana” poética y existencial de sus guiones (que en sus mejores momentos evoca la prosa de Cormac McCarthy), al punto de ser premiado como Mejor Director en la sección Un Certain Regard de Cannes este año. Aún así, a pesar del engranaje formal de la fotografía de Ben Richardson, la musicalización de Nick Cave y Warren Ellis, y el atinado e intenso montaje de Gary Roach (Prisoners, Gran Torino), es claro que al cineasta tejano aún le falta desarrollar la mesura y el vigor que ha forjado a sus colaboraciones anteriores como hitos, y que deja a Wind River en comparación como un filme sólido y disfrutable pero menor.  

 

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