Atrás Hay Relámpagos: Tronar endeble

Desde su definición, la juventud se concibe como una etapa de carencias. Es el primer enfrentamiento con la indiferencia del mundo real. El limbo en donde los aprendizajes llegan por el camino difícil y las responsabilidades se presentan sin previo aviso. Esta condición de incertidumbre lleva un proceso de búsqueda de identidad que para algunos culmina con el sentir de pertenencia que brinda una subcultura. Para el director estadounidense-mexicano-guatemalteco Julio Hernández Cordón, las expresiones mundanas de estos jóvenes incomprendidos parecen ser el eje central de sus retratos naturalistas de la actualidad latinoamericana (como se vio en “Gasolina” (2008) y “Te Prometo Anarquía” (2015) ), y en “Atrás Hay Relámpagos” (2017) este vuelve a ser el caso.

Su sexto largometraje, y primero grabado en Costa Rica, presenta a las irreverentes amigas Sole (Adriana Álvarez) y Ana (Natalia Arias), quienes con sus bromas pesadas y viajes en bicicleta por San José muestran una faceta del entusiasmo juvenil de aquellos quienes viven al margen de las expectativas de una sociedad que espera que “hagan algo productivo”.

Si bien la sinopsis oficial hace énfasis en la intención de las jóvenes de trabajar como taxistas y en la aparición de un cadáver en la joroba de un auto abandonado en la casa de la abuela de Sole, la realidad es que estos elementos son meramente incidentales para la narrativa del filme. El verdadero enfoque de “Atrás Hay Relámpagos” yace en la relación y las interacciones cotidianas entre Sole y Ana.

En esta aspecto, las actuaciones de Álvarez y Arias (quienes ya habían compartido pantalla en “Gestación” (2008) )  resaltan por su carisma y la naturalidad con la que interpretan la ingenuidad e irreverencia presente en las dinámicas de este par de amigas. La relación se siente genuina y la cofradía es palpable, pero lastimosamente el trabajo actoral solo llega hasta cierto punto cuando el relato hace poco por darle profundidad a la caracterización.

Pese a que el filme les da poco que hacer, Natalia Arias y Adriana Álvarez demuestran sus fortalezas histriónicas

Aparte de su afición por las bicicletas, estilo de vida despreocupado y la ocasional interacción con algunos chicos bikers, la película no hace que conozcamos realmente a los personajes, lo que se vuelve problemático una vez que queda en claro la carencia de un hilo conductor real.

Que en una cinta no haya una historia o “no pase nada” no es algo necesariamente negativo, ya que gran parte del cine más estimulante existe fuera de las limitantes de filmar una narrativa de manera tradicional, pero a diferencia de referentes del enfoque observacional en la juventud como “Slacker” (1990) de Richard Linklater, “American Honey” (2016) de Andrea Arnold o hasta “Forastero” (2017) de Lucía Ferreyra, “Atrás Hay Relámpagos” no cuenta con el valor etnográfico, la construcción de personajes o la osadía formal para enganchar.

El protagonismo vívido del skate en “Te Prometo Anarquía” no se traduce igual para el ciclismo urbano de los amigos de Sole y Ana. En vez de adentrarse en un mundo potencialmente rico, la película parece solo utilizar este recurso con fines estéticos, lo que si bien da momentos memorables de la mano de los planos secuencia de Nicolás Wong, queda debiendo en la ambientación de esta subcultura tan idiosincrásica.

El estilo naturalista se complementa con secuencias estilizadas donde reluce la dirección de fotografía.

El fuerte subtexto social de la cinta antes mencionada, y en general de la obra de Hernández Cordón, también es una carencia en este caso. Aunque existe cierto intento por introducir la temática migratoria y la discriminación, estas ideas no se desarrollan más allá y quedan en lo abrupto y superficial.

La indiscutible química entre Álvarez y Arias sostiene cierta parte de la  producción, pero al extenderse cerca de la hora y media de metraje, el ritmo empieza a cobrar factura. Su acto final expone un clímax que aspira a cierta tensión dramática, aunque para ese punto ya el formato de viñetas inconexas le ha restado ímpetu a la narrativa.

Más allá de su envolvente estética naturalista y las destacadas interpretaciones de sus protagonistas, “Atrás Hay Relámpagos”  es una cinta menor en la sólida filmografía de Julio Hernández Cordón; un retrato de actitudes juveniles que no va más allá y hace pensar en que quizás se hubiera beneficiado de la síntesis de un formato más corto.

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