CRFIC-2017: La Libertad Del Diablo

La violencia no tiene rostro

 

La idea de que los ojos son la ventana del alma parte del inmensurable poder expresivo que estos traen consigo. Con tan solo el caer de los párpados o la dilatación de una pupila se crea todo un lenguaje de caracterización emotiva, pero ¿que pasa cuando lo que se está representando es un alma quebrantada? “La Libertad del Diablo” (2017) de Everardo González explora este concepto desde una perspectiva devastadora en su minimalismo y una propuesta formal osada en su recontextualización de la tradición documental.

Por la mayor parte del metraje, el lente se enfoca de forma casi exclusiva en distintos personajes cuyas vidas se han visto afectadas por la violencia institucionalizada inherente a un estado regido por el crimen organizado como lo es México. Ellos relatan sin tapujos la brutalidad de sus vivencias con una mirada penetrante que alude directamente a la cámara, generando una ruptura no solo de la cuarta pared, sino también de las barreras sensoriales del espectador. El sentir consiguiente es un intimismo casi invasivo que mantiene en primer plano y avasalla con el dolor palpable de los protagonistas.

En papel, la propuesta del director Everardo González podría leerse como una utilización convencional y anticuada del recurso del busto parlante, pero dentro de la película este elemento se subvierte por completo, recontextualizando y dándole una nueva dimensión interpretativa con la introducción de una máscara que es utilizada por todo aquel en cámara. Esta sirve tanto como un dispositivo para encubrir sus identidades, así como una propuesta estética que juega con la capacidad de empatizar del espectador.

No hay rostros a los cuales se les pueda adherir apego o proyectarse, solo existen las miradas llenas de dolor y los espeluznantes relatos de los protagonistas, los cuales se intercalan cada cierto tiempo con secuencias cotidianas de gran poder lírico y que sirven como un respiro necesario en medio de lo opresivo y devastador del relato.

Si bien es cierto que el filme existe en una tradición documental que ha explorado este tema desde variedad de ángulos y tratamientos (donde destaca Tempestad (2016) de Tatiana Huezo, por ejemplo) la franqueza y aproximamiento directo lo hace distinguirse bajo sus propios méritos.

Uno de ellos es la osada decisión del director de darle voz no solo a las víctimas, sino también a los victimarios, hecho que de entrada confronta al espectador ante las consideraciones morales que pueda tener, pero que evita caer en lo sensacionalista, y más bien adopta una tesis lapidaria en donde se exponen a todos los participes de esta realidad como víctimas de algo más grande y endémico a un sistema quebrantado.  

Así como las facciones apenas distinguibles de las caras que guían la narración en el documental, la violencia se trata como un ente amorfo e indeterminado pero cuyas consecuencias inciden de manera palpable en todo aquel a su alrededor.

“La Libertad del Diablo” es un filme que confronta desde su propuesta, en donde la ambigüedad moral, la incertidumbre y el dolor son retratados con una sutileza desgarradora que enfatiza la brutalidad implícita en cada gesto y cada ruptura de la voz.  Se trata de una experiencia densa, incómoda y desesperanzadora, pero justo por ello resalta la forma hipnótica e imaginativa en la que se ha decidido representar una realidad a la que nunca se le debe voltear la cara, ni por más abrumador que sea mirarla directo a los ojos.

 

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