Star Wars, Episodio VIII – Los Últimos Jedi: Balance en la fórmula

Aquella ida al cine que cambió todo en 1977. Navidades abriendo cajas con figuras de acción alusivas. Maratones extenuantes donde se memorizaba cada línea de diálogo. Anécdotas como estas hay millones, y cada una aporta su grano de arena para la narrativa de Star Wars como fenómeno cultural.

No hay duda de que se trata de una franquicia cuya incidencia en la configuración de la cultura popular y el modelo de negocio cinematográfico es abrumadora, pero es fascinante recordar que todo inicia con una aventura fantástica-espacial colorida en sus referencias y amena en su sencillez. 40 años más tarde, The Last Jedi viene a confirmar que esto esencialmente sigue siendo cierto, pero que más allá de la vasta galaxia, se trata de un mundo fílmico limitado.

Con la conclusión de la trilogía original en 1983, surgieron decenas de textos especulativos, fan fictions, y demás material suplementario que se imaginaba que sucedía luego de la derrota del Imperio en The Return Of The Jedi (1983). El universo creado por George Lucas consolidó una iconografía base, pero para muchos este se quedaba corto ante las infinitas posibilidades argumentales que trae consigo un contexto de cantinas interplanetarias y androides poliglotas. La realidad es que una de las fortalezas principales de los primeros tres filmes es la carencia de exposición y  la construcción mitológica alrededor de lo desconocido. Cuando el Obi-Wan Kenobi de Alec Guinness hace una referencia sutil a la Guerra de los Clones se torna mucho más interesante que ver el disparatado despliegue de efectos de sonido y CGI en Attack of The Clones (2002), por ejemplo. En este octavo episodio, el director Rian Johnson (Looper) le da un giro necesario a este tipo de expectativas, pero por el resto, se queda corto en la tarea de hacer un Star Wars distintivo.

La ruptura viene desde la refrescante indiferencia que Johnson tiene por ciertos elementos narrativos introducidos en The Force Awakens (2015) y demás tradiciones opulentes de la saga. La trama, en este caso, se centra en el arrinconamiento de la autodenominada Resistencia por parte de la Primera Orden, lo que conlleva a un tríptico argumental donde Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y Poe Dameron (Oscar Isaac) deberán cada uno hacer todo lo posible para que los vestigios restantes de la flota rebelde no sean erradicados por el temido Kylo Ren (Adam Driver).

De estos, hay una notable diferencia en cuanto a calidad, particularmente con el escape de Finn y la mecánica Rose (Kelly Marie Tran) a un planeta-casino, el cual no solo se siente como una desviación un tanto intrascendente, sino que por momentos remite al desastre tonal y conceptual de las precuelas. Además, es notable la carencia de algún elemento histriónico que enganche, como lo es la confrontación de Poe y la admirante Holdo (Laura Dern) o sobretodo la sorprendente melancolía en las interacciones de Rey con Kylo Ren o el factor Luke Skywalker (Mark Hamill).

Adam Driver hace del conflicto interno de Kylo Ren uno de los aspectos más interesantes de la nueva trilogía

Lo que sucede es que una vez que los “giros inesperados” se dan, el proceder realmente no cambia nada en la estructura a la que estas películas nos han acostumbrado. De hecho, la caracterización y el sentir de asombro que brindó la iteración anterior han sido remplazados por un énfasis en lo cómico y las situaciones de último segundo, ambos con resultados mixtos.

La comedia ocasional brinda una levedad bienvenida, pero en momentos más bien socava la intensidad dramática que se busca. Por el otro lado, el recurso de las situaciones de ultimo segundo de entrada se vuelve ineficiente cuando se trata de una franquicia de la que se sabe que habrán secuelas. Ningún personaje principal está en peligro real nunca, por lo que la emoción se disipa y las secuencias se tornan redundantes. Esto es más un problema del modelo de producción de blockbusters serializados, pero Johnson tampoco trae alternativas a la mesa, como si podría percibirse en una megaproducción con dotes de autoría como la colorida Thor: Ragnarok (2017) de Taika Waititi, por ejemplo.

Las instancias en donde la mano del director si se siente presente es desde ciertos aspectos de la presentación y lo formal. Usualmente recordado por sus transiciones anticuadas, The Last Jedi recontextualiza el uso del montaje en la serie con su uso expresivo de los primeros planos y del match cut como vínculo temático y emocional.

Esto se denota particularmente en los encuentros psíquicos entre Kylo Ren y Rey, donde el diseño sonoro y trucos clásicos de montaje sumergen en la ilusión de este contacto metafísico amparado en la incertidumbre de los personajes. De ellos de hecho surge una secuencia onírica visualmente envolvente donde Rey busca ver la imagen de sus padres en un espejo dentro de una ominosa cueva. Ver esa escena se torna una experiencia agridulce, ya que en la hora consiguiente no habrá otro momento de inspiración similar. Lo que no quiere decir que The Last Jedi sea un filme estéticamente estéril, por el contrario.

El director de fotografía Steve Yedlin juega con los contrastes y los tonos saturados en tomas panorámicas de una forma que remite a las épicas batallas de Ran (1985) de Akira Kurosawa (cuya obra se ha mantenido como referente constante en la saga, desde la historia del primer filme hasta los trajes de los guardias imperiales en este episodio), y construye los enfrentamientos climáticos con ocasos y planos americanos que dialogan con las mejores puestas en escena de los westerns de Sergio Leone.

Quizás eso sea lo más frustrante. El saber que el talento y la calidad del equipo particular de este filme exista dentro de una fórmula tan rígida, donde más allá de los pequeños dotes de idiosincrasia, existe una maquinaria más grande que necesita que al terminar los 150 minutos de duración haya intención para comprar los tiquetes de la iteración del año siguiente, aún cuando los personajes terminan esencialmente en el mismo lugar y todos sepamos de entrada como se van a resolver las cosas.  

The Last Jedi es un blockbuster funcional y una entrada apropiada en el canon de Star Wars, pero lastimosamente hace poco para que esta saga trascienda su naturaleza episódica y remita a ese concepto de “evento” con el que se le suele anidar.

Star Wars: Episode VIII – The Last Jedi. EE.UU. , 2017. Director: Rian Johnson. Guion: Rian Johnson. Fotografía: Steve Yedlin. Edición: Bob Ducsay. Elenco: Mark Hamill, Carrie Fisher, Adam Driver, Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac, Andy Serkis.

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