FICUNAM 2018. Críticas: David el regreso a la tierra | El sabor del cemento | También conocido como Yihadi

Otra jornada intensa, varias películas visionadas, la organización ha sido buena y se refleja en las salas de cine, llenas casi en su totalidad, al menos en el recinto principal del Centro Cultural, donde en las filas de la taquilla se escucha a los jóvenes hablar emocionados de las charlas, masterclass y proyecciones. Mientras, se puede disfrutar de un filme sentado a la par de Jorge Ayala Blanco, o caminar en los alrededores y toparse con Lav Díaz mientras toma un café, y así con el resto de invitados que usualmente son bastantes accesibles. Fue un día con varios documentales visionados, pasemos a reseñarlos.

 

David. El regreso a la tierra (Anaïs Huerta, México, 2017)

 

La documentalista Anaïs Huerta retoma una promesa a su amigo de la infancia David Gérard y le acompaña en un viaje hacia sus orígenes. David es un haitiano que fue adoptado por una familia francesa, creció y está acostumbrado a la cultura del país europeo, pero le inquieta no conocer más sobre su pasado, sus padres y principalmente no tener un acta de nacimiento. A partir de sus dudas existenciales la directora plantea un documental convencional en el que la cámara sigue omnipresentemente al protagonista, escucha a su madre adoptiva y viaja junto a David hasta Haití.

Él es un hombre culto, estudiado, en el transcurso de la filmación termina su doctorado, pero las lagunas sobre su pasado le inquietan. Las reflexiones sobre la identidad, la herencia, la nacionalidad son lo mejor del filme. Al inicio, David juega con una niña blanca, quien constantemente le hace ver la diferencia del color de piel entre ellos, él expresa más adelante la sensación de no sentirse ni francés ni haitiano.

La fotografía durante las escenas parisinas es anamórfica, como «si el cielo aplastara a los personajes» indica la directora. No había otra intención estética o simbólica, solo reflejar ese estado de ánimo que «provocan los cielos grises de París» continúa, y aclara que las escenas en Haití se filmaron en 16:9 por «la dificultad de filmar ahí con un lente tan pesado». Indirectamente, el cuadro completo que se ve en las secuencias en la isla, coinciden con el cambio de humor del protagonista, quien parece sentirse identificado, se le ve reír, pero que no resuelve del todo el enigma de su pasado: durante la dictadura militar, existió un tráfico de menores, por el que David fue probablemente uno de ellos, y así llegó a Francia.

El sabor del cemento (Ziad Kalthoum, Alemania – Líbano – Siria – Emiratos Árabes Unidos – Catar, 2017)

El FICUNAM es generoso con la proyección de documentales, hay una representación considerable de estos en la programación. El sabor del cemento es una obra poética sobre la opresión, una reinvindicación, una protesta amarga sobre la falta de libertad de miles de sirios, trabajadores exiliados. Durante la inauguración del festival, su directora, Eva Sangiorgi hizo un reclamo porque la compañía aérea no permitió abordar al director Ziad Kalthoum, aún cuando no se necesita visa para ingresar a México. La realidad siempre supera a la ficción y recuerda que este mundo que algunos llaman libre, en realidad se está condicionado por la raza, origen, género, edad, etc.

En El sabor del cemento se nos muestra a varios sirios que trabajan en la construcción de edificios, las tomas son cuidadosas para crear composiciones que simbolizan el encierro en el que viven: los trabajadores están entre el hormigón, el cemento, las varillas parecen rejas, ciertos huecos en las que serán las paredes de casas o rascacielos, son ventanas desde las cuales estos hombres ven un Beirut esquivo, lejano, un territorio agreste. La triste ironía es que mientras ellos construyen edificios para otros, en su hogar, la guerra destruye sus hogares. Las imágenes que provienen de televisores, la información siempre tergiversada de los noticieros son el contacto que tienen con su tierra natal.

El cemento da solidez a las construcciones, pero es una carga pesada para estos hombres, quienes parecen tener sus almas sepultadas en la soledad, en la desidia internacional que les ha abandonado, y por la cual carecen de derechos laborales y humanos.

Los movimientos de una grúa son seguidos por la cámara, parece el brazo de un director de orquesta que da las órdenes, movimientos poéticos de la cámara que no ocultan la crueldad a la que están sometidos los trabajadores, pero que les brinda primeros planos que dignifican su vida, sus recuerdos, sus sueños.

Mientras se ven aves surcar el cielo, el vaivén absurdo de la destrucción-reconstrucción sigue, y la cámara cual si fuera una mezcladora de cemento gira y evidencia que en este mundo todo es cuestión de perspectiva.

También conocido como Yihadi (Eric Baudelaire, Francia, 2017)

El documental (¿Hibrido? ¿Se ficcionaliza los eventos?) más exigente de la jornada fue sin duda También conocido como Yihadi, no por el tema, el cual ha sido tratado en muchísimos documentales (y ficciones) en los últimos años: un joven que inicia un camino hacia el radicalismo que le conduce a transportar personas de Siria a Francia; sino por la forma. El filme, que captura el espíritu francés tras los atentados terroristas del 2015, está inspirado en el clásico japonés Ryakushô renzoku shasatsuma (A. K. A. Serial Killer, 1969) de Masao Adachi, en el que el nipón documenta la vida de Norio Nagayama enfocándose en el ambiente en el que vive y con narraciones biográficas.

En este documental la forma condiciona al contenido. El director decide extraer del todo los diálogos y cualquier voz del filme, así, el espectador solo leerá diferentes fragmentos del peritaje psicológico y las entrevistas que hicieron las autoridades al joven implicado y otras personas, testigos o participantes. Esta es una mirada única desde la perspectiva fría de un informe, sin música de fondo ni ningún efecto, solo las letras en una pantalla y los subtítulos. Por otra parte, está el afuera, filmado con un ligero temblor de la cámara para crear una noción de inestabilidad; son vistas de distintas partes de la ciudad: jardines, casas, aeropuerto, etc., los lugares en los que transitaba el acusado, y que probablemente hayan sido la ruta por la que transportaba a los migrantes, refugiados y demás que querían escapar de Siria. Estos segmentos que están intercalados con el informe, sí contienen sonidos, hay un universo sonoro a partir de la cotidianeidad que el director recrea con exactitud, pero no hay protagonistas, la mayoría de los espacios están vacíos, y parecerían desérticos si no fuera por los ruidos que por lo general están en un fuera de campo visual, y que recuerdan que ahí transita y vive gente. En otras escenas se observan personas pero la cámara está a la distancia, por lo que no hay intimidad o acercamiento, todo desde la perspectiva de alguien que desconfía en esa sociedad.

También conocido como Yihadi es un documental que exige del espectador una atención máxima para que reconstruya los hechos, el director busca intervenir lo mínimo para no afectar la interpretación del espectador, pero esta rigurosidad hará que el filme sea muy pesado de seguir para muchos, más para quienes esperan un documental al estilo Discovery donde los «malos» y los «buenos» son instancias maniqueas y que dan seguridad al público, mientras que Baudelaire filma las zonas grises.

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