FICUNAM 2018. Críticas: Let The Summer Never Come Again | Baronesa

En el día 3 de FICUNAM nos encontramos con dos voces emergentes del cine mundial a las que sin duda hay que seguirles la pista. Aquí las críticas.

Let The Summer Never Come Again (Alexandre Koberidze, Georgia, 2017)

 

Aún a sabiendas de la falsedad inherente a su construcción, a nivel de registro el cine suele apelar a la representación fidedigna de la realidad. Las texturas nítidas de la alta definición son dadas por sentado como un imperativo a la hora de iniciar una producción, pero la realidad es que esto no es más que una decisión estilística de la misma manera que lo es seleccionar una peluca o que disolvencia utilizar. Esta idea es uno de los pilares de Let The Summer Never Come Again del director georgiano Alexandre Koberidze, quien durante 3 horas y 20 minutos avasalla los sentidos con una de las exploraciones formales más radicales de la memoria reciente.

La principal carta de presentación del filme es su cinematografía fuertemente pixelada grabada con un celular Sony Ericsson a 15 cuadros por segundo y 3 megapíxeles (a diferencia de los 24 cuadros  y mínimos 12 megapixeles usuales). Si bien cumple como elemento de subversión por sí misma, la distorsión de la imagen es aprovechada para un juego constante que rompe con las convenciones del lenguaje audiovisual. Los match cuts, las transiciones esporádicas a través del zoom, el congelamiento de las imágenes, y la yuxtaposición con elementos gráficos se acoplan con solvencia a un universo fílmico donde la relación obra-audiencia es explorada desde lo lúdico.

A nivel narrativo, el largometraje cuenta desde la observación y el minimalismo argumental una historia de amor entre un joven aspirante a bailarín y un oficial. Sus voces se pueden escuchar, pero el director trabaja desde un distanciamiento que relata con textos omniscientes y una compleja relación entre la banda de sonido y la imagen el acontecer de esta incipiente relación, que a pesar de la densidad formal en la que es retratada, explora con sentimiento la ilusión y el desencanto de un amorío veraniego entre dos hombres (en una Georgia donde este tipo de relaciones son ilegales).

Más que enfocarse en los sujetos, Koberidze explora la poesía que permea cada pequeña expresión de cotidianidad, ya sea con incursiones fugaces de música romántica que elevan a un nivel épico el típico acontecer de la ciudad de Tiflis o con inspiradas desviaciones a viñetas de árboles en apuros y perros durmientes. Para él, la imagen puede trascender su labor meramente descriptiva y funcionar como un elemento más de una gramática que se moldea a las particularidades de su visión, la cual encuentra en un amor imposible la partitura ideal para orquestar la sinfonía de toda una nación.

Baronesa (Juliana Antunes, Brasil, 2017)

Aún en obras de gran valor humano como las de Bresson y Pedro Costa, el cine arte suele favorecer la crudeza y el pesimismo en sus retratados de la marginalidad. Si bien es cierto que el sufrimiento y la decadencia son parte inescapable de la realidad, también lo es que las personas inmersas en esta situación existen más allá, y esto es lo que propone explorar la colorida Baronesa, debut de la directora brasileña Juliana Antunes.

La película encuentra a sus protagonistas en Andreia y Leid, dos mujeres cuya jovialidad e irreverencia no se amedrenta ni por la adversidad de los suburbios de Belo Horizonte. Con un tratamiento audiovisual naturalista, Antunes logra capturar la esencia de la personalidad de estas mujeres en la cotidianidad de conversaciones que van desde la banalidad del auto-placer hasta la sentida incertidumbre de su condición socioeconómica.  

Es en estos momentos de ocio donde Baronesa realmente destaca, apropiando expresiones idiosincrásicas como la danza y la música urbana como un elemento más para la construcción de identidad femenina de una población cuyo único escape es reirle a la adversidad. El tono es ameno y por momentos abiertamente cómico, pero esto no evita que la seriedad del contexto permee cada encuadre. En sus mejores secuencias, esta existe como un subtexto que exalta el accionar de las protagonistas, pero hacia su segunda mitad existen episodios donde la tesis puede pecar de enfática y el tratamiento formal se torna un tanto estéril en sus recursos.

Aún así, Baronesa es un retrato vívido y de gran relevancia contextual que devela en su directora una voz refrescante y con mucho que decir.

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