FICUNAM 2018.Críticas: Pierdete Entre Los Muertos | Años Luz | Did You Wonder

Textos sobre varios de los filmes presentados en el segundo día de FICUNAM 8. Debuts irregulares, retratos de visionarios y potentes testamentes políticos marcaron la jornada de jueves.

Pierdete entre los muertos (Ruben Gutierrez,  México, 2018)

En su concepción misma, el término “clásico de culto” implica varios factores temporales y contextuales. Un culto indica un aspecto identitario y de proyección del ser, mientras que “clásico” hace referencia a un canon determinado. Aún en tiempos donde la crítica se infesta de etiquetas superfluas, existen ciertos procesos de recepción y apropiación que trascienden la propuesta de una película para que la designación sea coherente. Esto en referencia  a Pierdete Entre Los Muertos (2018), filme que parece proponer que la réplica de una estética es suficiente para asegurarse una acogida determinada.

La ópera prima del director mexicano Rubén Gutiérrez, y parte de la competencia Ahora México, es una visión desértica y apocalíptica de la sociedad mexicana que juega con elementos de la tradición de la películas de medianoche del cine de género, particularmente los llamados “Western ácidos” como El Topo (1970) de Alejandro Jodorowsky y Two-Lane Blacktop (1971) de Monte Hellman. Es cierto que la propuesta onírica y el tono existencial de Pierdete Entre Los Muertos se sale de las normas del cine abiertamente comercial (“todo es culpa de Hollywood” dice un personaje en algún momento), pero su tratamiento está tan focalizado en evocar un estilo determinado, que se termina por caer en las convenciones.

En los últimos años ha habido una tendencia de ciertos filmes a ser mercadeados como “el próximo clásico de culto”, esto al punto de que la productora de este largometraje lleve el nombre de Instant Cult FIlms, lo que sucede es que al ser concebido a priori y pre-fabricado de esta manera, se trabaja con lo que ya existe; con todos esos elementos que han sido probados con antelación, castrando de cualquier riesgo o subversión a un subgénero cuya esencia yace en eso mismo.

Años Luz (Manuel Abramovich, Argentina, 2017)

Desde los primeros segundos, la película muestra una dicotomía entre su discurso de crítica social desde lo alegórico y su tratamiento de cine B psicodélico que termina por evitar una cohesión estética real. El recurso de la narración en voice-overs es en su mayoría sobre-enfática y en un tono solemne que rompe con los excesos y los efectos especiales artesanales de sus momentos más abiertamente de género. La intención y los referentes que explora Pierdete Entre Los Muertos dan para una propuesta interesante, pero para explotar ese potencial antes se debe tener claridad en la forma de lo que se quiere decir, más allá de que en el papel por si solo sea importante.

Con el paso del tiempo, el accidentado proceso de producción de Zama ha tomado un carácter mitológico similar al fantasma de Vicuña Porto. La idea de poder presenciar el acontecer detrás de cámara de uno de los filmes más delirantes de la memoria reciente es una invitación que seduce a cualquier cinéfilo, pero lo que el director Manuel Abramovich hace en su documental Años Luz (2017) es algo aún más envolvente: un retrato del genio de Lucrecia Martel.

La película inicia con un intercambio por correo electrónico, elemento que se vuelve una guía recurrente en el desarrollo narrativo. Así como la estasis de Diego de Zama, y la incertidumbre de Martel al enfrentarse a las limitantes presupuestarias de su cuarto filme, Abramovich también se somete a la agobiante espera de una respuesta, en este caso de la posibilidad de terminar su documental en un rodaje regido por las tensiones. Aún así, más allá de este conflicto, no hay duda de que el protagónico indiscutible de Años Luz es la forma de trabajo de Lucrecia, la que queda plasmada en primeros planos íntimos y composiciones asimétricas que parecen sumergir a la realizadora en el mismo universo de su cine.

Ya sea con sus indistinguibles anteojos cubriendo parte del encuadre o con su voz en fuera de cámara dando indicaciones sumamente específicas a sus actores y equipo, el perfil de Martel que se construye es uno de soltura y determinación, siempre inmersa en un mundo al que ella misma le está dando vida.

También en sintonía con la obra de la directora, Abramovich le da un peso importante a la dimensión sonora, donde los ensayos de diálogos y las grabaciones de sonido ambiente se vuelven fundamentales para el perfil de una directora destacada por su explotación de los límites sensoriales.  Aún en lo fascinante de su especificidad, Años Luz trasciende por la elocuencia con la que retrata los engranajes del proceso artístico desde una caracterización llena de humanidad.

Did You Wonder Who Fired The Gun ? (Travis Wilkerson, Estados Unidos, 2017)

En los primeros minutos de Did You Wonder Who Fired The Gun, Travis Wilkerson deja en claro que esta no es una meramente una historia sobre privilegio blanco. Se trata de una “pesadilla blanca”.

El director quien ha sido bautizado como la voz política del cine independiente estadounidense suele utilizar sus filmes para acusar con fervor las incongruencias societales a través de una estética acuñada en la disonancia y la exploración formal. Esto es cierto también para su más reciente trabajo, pero en esta ocasión la narrativa de Wilkerson parte desde la intimidad y la auto-reflexión en vez del señalamiento.

Estructurado como un road movie, pero tratado como un filme de horror, Did You Wonder Who Fired The Gun? ve al director indagar a fondo sobre una leyenda dentro de la mitología de su familia: la vez que su bisabuelo mató a un hombre negro sin consecuencia alguna. Con una maestría para la narrativa multimodal, Wilkerson traduce esta exploración personal a una reevaluación de la memoria histórica en torno a la segregación y el gen del racismo contemporáneo. Narrado casi en su totalidad por su persona, el director denota en su voz la desolación e impotencia de una situación que notablemente lo molesta, llevando al largometraje a momentos de experimentación donde el material de archivo, las entrevistas y tomas de ambiente dialogan entre sí, siendo exaltadas por una banda sonora que invita a la protesta.

La audacia estética de Wilkerson es radical con su uso de doble exposición, loops y alteraciones, pero es la indignación palpable de su tesis la que hacen de este filme una obra política esencial: A veces es iluso preguntar si las vidas negras importan cuando existen espacios donde ni siquiera existen.

 

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