“Get Out”: Cómo desperdiciar un buen concepto

“Hubiera votado por Obama por tercera vez si pudiera”, dice riéndose Dean, un hombre blanco de clase alta, al novio afroamericano de su hija, quien reacciona incómodamente.

En tiempos donde Estados Unidos es gobernado por Donald Trump, empresario acusado de xenofobia, misoginia y racismo, muchas tensiones sociales se han hecho visibles en ese país. Eso no significa que no existieran durante el mandato de Barack Obama, simplemente era más sencillo hacerse la vista gorda en ese entonces. Frente a esta problemática, una persona privilegiada que no es afectada por estos conflictos podría creer que todo se solucionaría teniendo al presidente negro de vuelta.

La historia de “Get Out”, ópera prima de Jordan Peele, gira alrededor de Chris, un joven afroamericano quien va de visita a la casa de campo de sus suegros, donde las sonrisas y la amabilidad pronto demuestran ser sólo una fachada.

La obra realiza una crítica al grupo conocido en Estados Unidos como “los liberales”, aquel que se considera intocable y moralmente superior a los demás, al ser el “políticamente correcto”. El cineasta señala la hipocresía de estas personas, por pretender ser cercanas y conscientes de las problemáticas que sufren las minorías, cuando en realidad son igual de ajenos a ellas que los conservadores. Un concepto valioso que, sin embargo, se pierde en un enredo de entretenimiento superfluo, el cual empeora según avanza el argumento.

El primer acto es la parte rescatable del filme, aquí se coloca el racismo como el eje de la trama y se dedica a construir suspenso. Una de las mejores escenas sucede en los primeros minutos, en la cual un policía detiene el carro de la pareja y hostilmente pide la identificación de Chris aunque él no conducía el automóvil.

Sin ser nada espectacular, el primer segmento funciona como un buen thriller psicológico. Hasta su primera mitad, la película sugiere y no resalta lo obvio, creando una atmósfera tensa y desagradable, donde Chris se ve cada vez más acorralado por una falsa hospitalidad.

El problema es que poco después, en lugar de mantener la ambigüedad, Peele decide irse por el camino fácil donde no se deja el más mínimo espacio a la interpretación del espectador. El filme opta por responder hasta la más pequeña interrogante por medio de un giro hacia la ciencia ficción y se deja atrás el subtexto social que parecía guiar a la película en un principio.

En la segunda mitad del metraje Peele toma la cuestionable decisión de deshacerse de cualquier ambigüedad y explicar el comportamiento de la familia blanca introduciendo una trama sobre un culto secreto que roba los cuerpos de los negros. El realizador no respeta la inteligencia de su público y asume que todo debe ser explicado para poder enganchar a los espectadores.

El cineasta destruye todo lo que se hizo bien al principio y lleva a la obra por un camino predecible e insustancial.  Cualquier indicio de aquella crítica inteligente que se planteó al inicio se pierde en un argumento que se vuelve más desastroso con cada segundo que pasa.

“Get Out”, tiene un claro afán de atraer audiencias masivas y al mismo tiempo complacer a los críticos. Por un lado, recurre a clichés como los “jump scares”, técnica habitual del cine de horror estadounidense, que suele ser muy exitoso en taquilla. Asimismo, su “mensaje social” explica su agrado en círculos académicos y ceremonias de premios (irónicamente estos son de corte político liberal), que se han encargado de sobredimensionar a esta obra.

Hay un aspecto fundamental que se debe tener cuenta para entender este filme, los antecedentes de su director. El cineasta debutante es famoso por su programa de “sketches” de comedia Kay & Peele, donde el tema racial era constantemente ridiculizado. Es evidente en su película que él no escapa de sus raíces. Aún con la fachada del racismo, su finalidad es y siempre fue el entretenimiento superfluo. Peele es un showman y en esta película lo deja bien claro.

Esto también se hace evidente por la insistencia del realizador de atravesar momentos de comedia  que, en su mayoría, terminan perjudicando el ritmo y la atmósfera de la historia. Ejemplo perfecto de esto es el personaje del mejor amigo de Chris, quien cumple el papel de “comic relief.” Es entendible que se incluya a un personaje con este fin, al tratarse de una característica usual del cine de género, pero  “Get Out” se excede con este recurso.

El amigo de Chris hace varias intervenciones esporádicas que no tienen peso en el argumento. Sin embargo, reaparece para arruinar el tramo final. En una secuencia de mucha intensidad, Peele lo usa para aliviar la tensión y satisfacer al público con un mal chiste.

El cineasta se decide por un “final feliz” donde los dos amigos escapan juntos. El final original de la obra, que fue desechado por el director, proponía algo más interesante. En lugar de ser rescatado por su amigo, a Chris lo encuentran dos policías blancos y lo arrestan. Ese hubiese sido un cierre mucho más consecuente con el concepto de la película.

El cine de Hollywood lleva décadas siendo usado como herramienta del sector liberal estadounidense para criticar a sus enemigos. En “Get Out” se encuentra una crítica valiosa a este grupo político. Hay que reconocerle a Jordan Peele su valentía por querer invertir esta situación y utilizar el cine para cuestionar al “intocable” grupo dominante. Es una lástima que el director parece olvidar su objetivo a medio camino y se queda en el terreno común.

Armando Quesada Webb

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