Güilas: 8 fábulas de buenas intenciones

En el 2015 el realizador Sergio Pucci estrenó el cortometraje Amor de temporada que tuvo un paso discreto en la competencia nacional del Festival Internacional de Cortometrajes SHNIT, en su versión Made in Costa Rica, sin embargo, el corto tuvo muy buena acogida en redes sociales, tal vez por su narrativa simple, sin diálogo y porque se trataba de una broma fácil de entender. Tres años después Pucci estrena Güilas, el “cortometraje que se convirtió en película”. Para los lectores no costarricenses, güila es un término popular para referirse a los niños, no tiene ninguna connotación negativa.

 

En su eslogan publicitario, la película describe su mayor deficiencia: Güilas difícilmente se puede considerar una película, en realidad son ocho cortometrajes, unidos a la fuerza, sin una idea conductora ni transiciones entre uno y otro. Cada corto es autoconclusivo, con una canción que busca completar el retablo idílico que se ha expuesto y una pantalla negra que separa cada historia. El último corto es una excusa para darle cabida en la misma escena a los diversos protagonistas de las historias ya vistas, pero no hay nada argumentalmente que lleve a ese final, más allá de un breve diálogo que indica que dos de los niños son primos. Lo cierto es que, obviando ese último corto, los otros siete pueden reproducirse en cualquier orden y da lo mismo, como conjunto no crean un clímax.

 

La obra no es ni experimental ni secuencial, tampoco puede considerársele episódica, por lo tanto, hay que verla como una serie de cortometrajes que se presentan de corrido en un solo metraje.

 

Dada esa circunstancia, deviene el otro problema de Güilas: no hay una historia como tal, no está narrando nada, solo muestra una serie de situaciones chistosas o ingeniosas con niños como protagonistas, pero cuidado, esto no implica que la mirada sea infantil, ni inocente, es más bien una remembranza, una añoranza del director hacia un pasado, resulta una mirada evocativa, ya que los protagonistas no hablan por sí mismos, no hay profundidad en el diseño de personajes, son solo marionetas para contar una idea.

 

La fotografía es acorde con el mencionado carácter evocador, con postales idílicas, casi fantásticas, en el que los verdes son más verdes de lo que en realidad son y así con el resto de la paleta de colores. Es en todo caso un producto turístico, hecho para embellecer la historia, para que el espectador aprecie la belleza de la flora y fauna de las siete provincias costarricenses, porque cada historia se ubica en una provincia del país, pasando de las costas a las montañas, de la ciudad de noche a las calles capitalinas.

 

Individualmente, los cortos son dispares, al igual que las actuaciones y en todos los casos el gag cómico se extiende en demasía, volviendo la situación reiterativa y sin ofrecer giros ni argumentos refrescantes, razón por la que se vuelve cansino el observar la misma situación repitiéndose a lo largo del metraje.

 

Es claro que el director no quiere mostrar un mundo realista, cada corto está permeado por un aura fabulada, por una visión paradisíaca, noble, de ahí también que todos los protagonistas sean niños, de quienes usualmente se dice que no tienen maldad. En este sentido la obra en su totalidad busca la complacencia del espectador, el goce liviano de situaciones picarescas que retratan en todos los casos a güilas de contextos humiles, ninguno pertenece a una clase socioeconómica adinerada.

Esto puede llevar a confundir conceptos como sensible o poético, ningún corto tiene sensibilidad estética o un lirismo narrativo, se acercan más al lenguaje publicitario, es un producto que fácilmente se puede exportar al extranjero para que los de afuera se crean esa fábula que se muestra (muchos nacionales también lo harán). De igual manera el producto puede ser recibido con indulgencia por parte del público nacional, después de todo, el director contextualiza la obra en todo el país, así, de cada provincia alguien se verá identificado, seducido por la nobleza de sus personajes, por las estratagemas de los jóvenes y por una idea de idiosincrasia que, si se observa con cuidado, evidencia la sociedad que somos.

 

Por ello la ausencia casi total de una perspectiva femenina se resiente. La niña en Amor de temporada (corto que se repite íntegro) es un objeto de deseo del niño, acá hay una mirada adulta disfrazada de inocencia, actitud que se comprueba con la inmediata suplantación del objeto del deseo: la atención pasa de una niña a su hermana, un poco mayor y, por ende, más desarrollada físicamente. Esta misma lógica se observa en Recordando mi puerto.

 

La diferencia de clase también se filtra en el último corto, cuando los niños se encuentran espontáneamente en una playa para terminar en una Mejenga (partido informal de fútbol), en el juego, se observa de pronto al protagonista de Cabin in the watta, pero resalta la ausencia de la niña, la única actriz que no está al servicio de la mirada del niño/hombre. Porque la última güila que aparece, antes de hacer sus malabares con el balón de fútbol, es el objeto de atención de todos los varones, nuevamente una actitud patriarcal.

 

Güilas seduce con su tono fabulado, su fotografía y trabajo de arte es cuidadoso para convertir la “película” en un producto mercadeable, tal vez por ello la participación de Televisora de Costa Rica (Canal 7), cuya imagen cobra protagonismo en ciertos pasajes e incluso la mala pronunciación del narrador deportivo se ha convertido en la voz en off más recurrente del cine nacional.

 

Güilas. JuanBurú Producciones. Dirección, guion y fotografía: Sergio Pucci. Productores: Marcela Jarquín, Gimena Cortés, Ana Lucía Arias, Ignacio Campos. Edición: Leo Fallas, Alberto Amieva, Gabriela Hernández, Melissa Rivera. Elenco: Felipe Ramírez, Carlos José Molina, Jossua Sánchez, Zay Brown, Áxel Monge, Joseph Castro, Emilio Castro, Clenson Vargas.

Un comentario sobre “Güilas: 8 fábulas de buenas intenciones

  1. Comentario crítico al que no se le puede ni agregar ni quitar una coma, serio y objetivo, sin complacencias. Quizá para agregar una información, señalar la infeliz coincidencia de su estreno con otra película nacional: Medea.

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