Isle of Dogs: El errático encanto de lo peculiar.

Aún cuando el término ha sido apropiado y banalizado a más no poder, describir a la generación “millenial” sigue siendo un ejercicio un tanto complicado. Las caracteristicas varian segun el contexto y las generalizaciones abundan, pero si las preocupaciones y afinidades de esta demográfica se tuvieran que ver retratadas de alguna forma, la obra de Wes Anderson sería un gran referente.

Desde su debut hace más de dos décadas, el cineasta tejano ha llevado a pantalla las preocupaciones existenciales de una generación.  Sus excéntricas comedias exploran los distintos matices y dificultades de las relaciones humanas, desde familias disfuncionales hasta la pérdida de la inocencia y las formas de lidiar con el dolor y el desapego. La resonancia de estas temáticas es importante, pero comprender el culto a su cine pasa también por su idiosincrásica propuesta formal, donde lo kitsch, lo barroco y lo artesanal se conjugan para un estilo colorido y maximalista  que se alínea con las afinidades post-irónicas actuales.

4 años luego de su aclamada The Grand Budapest Hotel (2014), Anderson retorna con Isle of Dogs (2018), filme de animación en donde sus peculiaridades son exaltadas al máximo.

La premisa de una comunidad de perros marginalizados en un Japón autoritario es el tipo de concepto trillado que el estadounidense suele favorecer, y en este caso se sirve de este  mundo para una de sus cintas más vibrantes a nivel visual. Con Fantastic Mr. Fox (2009), había quedado en claro que el formato de animación stop-motion traducía a la perfección sus juegos de comedia física  y composiciones simétricas, pero en esta ocasión su atención al detalle destaca en cada encuadre y su construcción de una estética cultural particular (influenciada por las paletas de color rojizas del cine de Kurosawa) da un bienvenido sentir de frescura, aun cuando indudablemente se trata de una obra con su sello.

La diversidad de recursos que tiene a su disposición y su ingenio quedan demostrados en los giros imaginativos que le da a la usualmente tediosa información de exposición. Con un uso irónico de subtítulos, el aprovechamiento ocasional de animación animé y la traducción simultánea dentro de la película, Wes logra mantener dinámica una experiencia que si flaquea un tanto a nivel narrativo.

Su ensamble actoral no tiene queja, donde destacan colaboradores usuales como Edward Norton, Bill Murray y Jeff Goldblum y la adición de Bryan Cranston (Breaking Bad) en la jauría protagónica. Es en este grupo donde las caracterizaciones y la construcción de relaciones cumple el estándar cómico y melancólico que hacen de la filmografía de Anderson destacar por sus personajes memorables. Lastimosamente, lo mismo no puede decirse de la contraparte de humanos japoneses, cuya profundidad no pasa de lo caricaturesco y por momentos, del mero exotismo. Si bien el afecto de Wes por la cultura nipona se nota bienintencionada, su homenaje claramente viene desde la otredad, lo que lleva a decisiones cuestionables ligadas a la idea del “salvador blanco” en el personaje de Tracy Walker, estudiante de intercambio estadounidense interpretado por Greta Gerwig.

Más allá de la posición ética, en general la trama de conspiración gubernamental se maneja de manera errática y apresurada, y hace añorar los momentos nostálgicos y considerablemente más efectivos de la aventura de los caninos en la Isla de la Basura.

Al final del día, el noveno filme de Wes Anderson es una muestra más de su envolvente personalidad como artista. Visión que aún en trabajos menores como este, sigue encantando con sus formas dinámicas de hacer cine.

 

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