Lucky: Plenitud ante el abismo

Existe una gran dicotomía en torno a lo fortuito. Es algo que constantemente deseamos. Ese factor indescriptible que alimenta los escenarios del “hubiera sido” y que justifica nuestras falencias al removernos de responsabilidad. Al mismo tiempo, es algo que repudiamos. El descalificativo para todo aquello que no cumplió con nuestras expectativas pero igual triunfó de una u otra manera. Ser “suertudo” es de cierta forma juntar ambos sentimientos: Satisfacción por lo que se tiene, pero desilusión ante la naturaleza arbitraria de todo.

Lucky, personaje homónimo del filme debut de John Carrott Lynch, es una personificación de este sentir. Algo que en gran medida se debe a la difusa línea que hace indistinguible al rol de su intérprete, el  legendario Harry Dean Stanton (quien murió a sus 91 años en 2017 poco luego del estreno de la película).

A pesar del impulso de seguir adelante y las variantes circunstancias alrededor de la vida, siempre existe ese momento en el que inevitablemente se enfrenta al abismo. Se trata de esa “oscuridad” conceptual a la que Will Oldham le cantaba como Bonnie “Prince” Billy en “I See A Darkness”, y que luego Johnny Cash enfrentó como realidad al reapropiarse de la canción, la cual es utilizada en una secuencia de montaje poderosa, que en sí sola funciona como microcosmos de la película.

Más que una narrativa, Carrott Lynch hace del largometraje un retrato íntimo de este recluido nonagenario que a pesar de su salud inmaculada, se siente vulnerable ante la confrontación cercana con su finitud. El ritmo es marcado por la cadencia de su rutina cotidiana, y la caracterización no necesita ser verbalizada, ya que se encuentra en cada arruga y movimiento errático de este displicente veterano de guerra.

Concebida desde el universo estético del western, “Lucky” utiliza los panoramas desolados del desierto y la aparente estasis temporal de un pueblo pequeño para evocar la melancolía de su tesis, una que si bien es específica a la situación del personaje, a grandes rasgos habla de preocupaciones universales.

De esta forma es inevitable pensar en el diálogo de este filme con el otrora rol protagónico más memorable de Dean Stanton en Paris, Texas (1984) de Wim Wenders. Ambos “road movies” sin un destino fijo, ambos contemplativos estudios sobre la búsqueda de catarsis de un vaquero estoico pero quebradizo, ambos sustentados con la potencia histriónica de una misma mirada distante.

Paris, Texas (1984)
Lucky (2017)

Más allá de los paralelos, la experiencia de “Lucky” es una más amena, y a la vez un tanto menos articulada.

El sentido de atmósfera que se crea desde la fotografía de Tim Suhrstedt y la banda sonora de Elvis Kuehn ayudan a construir el tono lírico, y por momentos surreal del entorno en el que vive Lucky, el cual termina de hilvanar con el colorido reparto de personajes secundarios, donde destaca un sensible David Lynch (amigo cercano y constante colaborador de Dean Stanton) con fuerte empatía por su tortuga galápagos.

Si bien los diálogos en su mayoría se tratan de intercambios cotidianos a manera de viñetas de una rutina, hay momentos donde el guión entorpece la experiencia al ver la necesidad del subrayado enfático de temas, como en una secuencia hacia el final donde los personajes sintetizan la tesis del filme, y el recurso de “punch-lines” un tanto redundantes.

A pesar de la ocasional obviedad y estructura predecible, “Lucky” destaca como un filme con alma (muy a pesar de que el protagonista aborrezca este concepto). Una historia sencilla sobre temas complicados, que gracias a su rebosante humanismo recontextualiza la finitud como algo pleno, y a la vez consolida la elegía de una leyenda en el medio que mejor sirve como testamento de la memoria: el cine.

 

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