A Ghost Story & Hereditary: Espectros del duelo

El duelo es un proceso arduo y desgastante. Por un periodo de tiempo indefinido, la existencia se tambalea y se focaliza exclusivamente en aquello que ya no está, y que nunca volverá a estarlo. No es solo revaluarse ante la ausencia, sino también enfrentar de cara la propia volatilidad. Es existir en el estado más vulnerable, donde las demarcaciones entre pasado y presente se vuelven indistinguibles y el dolor grima de forma ominosa como una presencia constante e inescapable.

En A Ghost Story (2017), la representación literal de esta última idea se traslada a un viaje metafísico donde el apego y la espera son los protagonistas.

El largometraje de David Lowery desarrolla en un inicio la relación de una pareja joven, protagonizada por Casey Affleck y Rooney Mara. Esta se percibe desde planos invasivos que se prolongan hasta por minutos antes de un corte, sumergiendo así de lleno en la intimidad y recalcando el espacio y las pequeñas acciones como los principales emisores del contexto emocional en que el existe el vínculo en pantalla.

Esta idea de la narrativa como retrato se construye desde el mismo aspecto de radio del filme, el cual está en 4:3 con distintivos bordes redondeados. La fotografía granosa y con poca profundidad de campo, por su parte, evoca las texturas y la saturación del celuloide como un elemento más de la construcción estética de una memoria. Difuminada. Somnolienta. Imperfecta.

La idiosincrásica puesta en escena exalta su atmósfera hipnótica una vez que se da la muerte del personaje de Affleck, cuyo espíritu queda enclaustrado en una sábana para consolidar la presencia que da título al filme. A diferencia del arquetípico rol espectral, este pintoresco fantasma no tiene interés particular en emitir un mensaje o asustar a alguien. Carente de una misión concreta, sus días se tornan un ejercicio de observación a la desolación de su pareja y la forma de esta de lidiar con la ausencia.

Es en estos momentos donde A Ghost Story tiene mayor fuerza; cuando la distancia entre los personajes en un mismo encuadre y el silencio exponen la stasis de un dolor irremediable. Para Lowery, un plano estático y una torta son más que suficiente para retratar este sentir. Si bien es cierto que el filme no es tan elocuente en su posterior reflexión existencial, la potencia de su naturalismo emocional es tal que la empatía hacia una estoica sabana con huecos en los ojos se torna rebosante y visceral.

Otro filme del catálogo de la misma distribuidora de culto, A24, que encuentra también un balance imaginativo entre la dificultad del duelo y el cine de género es Hereditary (2018). Aunque en el caso del aclamado debut del director Ari Aster, el tratamiento no tiene reparos en apropiar varios de los elementos más excesivos del horror.

Como A Ghost Story, Hereditary cuenta con una premisa y una puesta en escena distintiva. Su trama se enfoca en la tragedia familiar de los Graham luego de la muerte de la matriarca y madre de la protagonista Annie (Toni Collette). Los cambios en la dinámica ante la ausencia de la abuela no se quedan meramente en las tensiones dentro de los vínculos fraternales, si no que mediante avanza la narrativa va develando un paralelismo en lo sobrenatural.

Es a la hora de evocar esta tensión que el largometraje destaca a nivel estético. Su montaje se mantiene contenido, lo que complementa los lentos y acechantes movimientos de cámara  y encuadres inquietantemente simétricos, mientras que el recurso del match cut y la disolvencia se utilizan para difuminar una temporalidad sesgada por la errática psicología de los personajes. Aquí el director tergiversa la realidad jugando con la perspectiva de los modelos en miniatura que componen el arte de Annie.

En sintonía con el filme de Lowery, Aster no escatima a la hora de mostrar el dolor de los personajes de forma naturalista, pero a diferencia del primero, en Hereditary el registro de las interpretaciones va más bien hacia la histeria, particularmente con la progresiva esquizofrenia del personaje de Toni Collette, interpretación que resalta (y lastimosamente opaca la irregularidad del joven Alex Wolff, su hijo en el filme).

El in crescendo en la desesperación de los protagonistas llega a un punto en donde la película da un giro hacia el frenetismo trepidante de la clásica casa embrujada, y la manera de manejarlo remite por momentos al exceso y sarcasmo de Sam Raimi en sus filmes de The Evil Dead (1981 y 1987). La secuencia es efectiva, pero en retrospectiva demerita un tanto el desarrollo dramático dentro del núcleo familiar al delegar el conflicto a “fuerzas externas”.

Si bien lejos de ser perfectas, la apuesta de A24 con A Ghost Story y Hereditary muestran un resquicio de esperanza en cuanto a cine de género que toma riesgos, tanto conceptuales como formales, y cuya esencia yace en evocar sentires universales desde tratamientos imaginativos.

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