Balance Festival de Cine Europeo 2018 – Cine Magaly

La edición 2018 del ya icónico festival de cine europeo del Cine Magaly tuvo una de sus selecciones más atractivas en años, amparada en directores de renombre, filmes aclamados y una que otra joya escondida. A manera de balance, en este texto se compilan las impresiones de las 7 películas vistas, en donde los acercamientos intimos y las observaciones sociales se volvieron tendencia. 

Anteriormente nuestro compañero Yoshua Oviedo escribió sobre dos de los filmes que llegaban con mayor cartel en El Insulto y Los Oportunistas.

En orden de visionado:

Custodia (Jusqu’à la garde), dir: Xavier Legrand. Francia (2017).

En su primer secuencia, el filme de Xavier Legrand sumerge de lleno en el tedioso procedimiento legal que determina la custodia compartida a la que hace referencia el título. La escena funciona en primer lugar como exposición del evento que desencadenará en el drama de la película, pero la forma opresiva en que el director encasilla al espectador en esta misma sala hace palpable la tensión de los protagonistas gracias a tomas largas y encuadres claustrofóbicos. La cámara parece no tomar partida, solo observa sigilosamente como se desenvuelve una situación rebosante de incomodidad.

Lastimosamente, el resto de Custodia parece no encontrar un enfoque en el cual centrarse, variando constantemente y con distinto grados de efectividad. Por momentos, el retrato del complicado estoicismo emocional de un hijo atrapado en media separación funciona gracias a un tratamiento naturalista y crudo, pero la necesidad de encontrar incidentes arbitrarios “para acrecentar el drama” termina por socavar esta intención y descarrilar la narrativa hacia un tercer acto formulaico donde el largometraje se convierte en un thriller sensacionalista y hasta caricaturesco.

Si bien es cierto que el compromiso del reparto mantiene el filme a flote por la mayor parte, el potencial temático del filme se va por la borda una vez que el guión de Legrand traiciona las mismas fortalezas que enganchan en un inicio.

Barbara, dir: Mathieu Amalric. Francia (2017).

Sea cual sea la intención, el arte es indistinguible de una realidad. Ya sea individual, contextual o histórica, la herramienta de la representación siempre cuenta con un cimiento en aquello que se ha vivido, directa o indirectamente. En su “filme biográfico” sobre la legendaria cantante Barbara, el excéntrico director e intérprete Mathieu Amalric no se conforma solamente con representar, si no que su ambición yace en cuestionar la naturaleza misma de esta acción.

Tanto Amalric como la estupenda Jeanne Balibar se interpretan a sí mismos en sus roles de director y actriz, construyendo una narrativa meta-cinematográfica que explora la difusa línea que existe entre lo performativo y la propia identidad. Si bien por momentos la trama pierde consistencia dramática (principalmente en secuencias que involucran al personaje de Amalric), las decisiones inspiradas a nivel formal y la puesta en escena expresionista terminan por elevar al filme. La yuxtaposición de material de archivo con recreaciones exalta la idea de una realidad siempre construida para la cámara, donde el artificio y lo interpretativo se tornan partes indivisibles de la representación, y es ahí donde está la fortaleza de este osado experimento que bien evoca el bello lirismo y la melancolía de la música de la titular Barbara.

Foxtrot, dir: Samuel Maoz. Israel-Alemania (2017).

Es claro que para el director Samuel Maoz la guerra es esencialmente un absurdo. Su forma de retratar la experiencia en el campo de batalla se aleja de patriotismos e idealización, exponiendo la banalidad del día a día de un grupo de jóvenes soldados envueltos arbitrariamente en un conflicto del que no tienen interés en ser parte.

Su mundo grisáceo de burócratas incompetentes y muertes circunstanciales da para efectivos momentos de comedia negra, pero este desapego también evita que la aparente crítica de Maoz no trascienda lo superficial. A esto se suma la melodramática narrativa paralela del padre de uno de los soldados y sus esfuerzos por traerlo de vuelta, lo que termina por generar un desbalance en cuanto a tono del que Foxtrot no se recupera totalmente.

Western, dir: Valeska Grisebach. Alemania (2017).

El título del más reciente filme de Valeska Grisebach no solo es un guiño que yuxtapone las quebradas búlgaras con el viejo oeste de Howard Hawks y John Ford. Lo que la directora alemana logra es una potente deconstrucción del western, donde las estructuras y la gramática de este subgénero se acoplan a un tratamiento observacional y minimalista que rebosa en humanismo.

La acciones que Western pone en pantalla no suman hacia un climático tiroteo, por el contrario, el largometraje es tajante en su elusión a cualquier tipo de énfasis. Para Grisebach, hacer palpable la corporalidad del trabajo y transmitir la frustración de los intentos de comunicación del estoico Meinhardt con los locales es donde yace el drama del filme. Sin palabras, queda en claro el limbo en el que se encuentra el protagonista. No hay sentir de hogar con la masculinidad tóxica de sus compatriotas, pero sus buenas intenciones no equivalen a una aceptación de la pequeña aldea búlgara.

A través de los pequeños detalles que surgen casualmente en una conversación y los sutiles cambios en una mirada es donde se exalta la progresión narrativa de la película y de donde se forja la empatía universal que puede irradiar un obrero alemán trabajando en europa del este. Es esa constante búsqueda de pertenecer a algo en un contexto donde los apegos son contraproducentes y los vínculos nada más que transitorios. Pero aún así, en el espacio más inesperado puede nacer esa calidez que trasciende la razón y que por el hecho de ser sincera se convierte en aquello que traza el camino, sin importar la incertidumbre en cuanto al destino.

Verano del 93′ (Estiu 1993), dir: Carla Simón. España (2017).

Las memorias de la infancia suelen estar teñidas por un aura de añoranza. Para muchos se trata de transportarse por un instante a tiempos en donde las preocupaciones no van más allá de lo inmediato y la capacidad de maravillarse es inagotable, pero hay momentos en donde esta burbuja de ilusión e inocencia se ve confrontada por la crudeza del “mundo real”. A través de un tratamiento observacional y una puesta en escena que irradia nostalgia, Verano del 93’ hilvana ambas sensaciones en un retrato preciso y vivido de una niñez conflictiva.

Mucho cine coming-of-age empatiza con las preocupaciones y se enfoca en el desarrollo emocional de sus protagonistas, pero lo que hace la directora Carla Simón es sumergir de lleno en la realidad sensorial de Frida, niña de 6 años que luego de una tragedia familiar debe ir al campo a vivir con sus tíos. La cámara no solo está siempre representando su perspectiva a nivel de encuadre, sino que la narrativa no sucede más allá de ella como personaje. La información que el espectador recibe y la manera tangencial y orgánica en que se devela hacen de la experiencia una trayectoria horizontal con el personaje.

A Frida, así como a la mayoría de niños, los adultos no se le dirigen directamente. No se está hablando con ella, se está hablando sobre ella, y poner al espectador en esa posición es un ejercicio refrescante que hace aún más palpable la impotencia de un personaje cuya principal frustración es la incertidumbre; primero sobre su situación, y luego de cómo se siente al respecto.

Beauty and The Dogs (Aala Kaf Ifrit), dir: Kaouther Ben Hania. Túnez-Suecia (2017).

La historia que decide contar Kaouther Ben Hania en Bella y Los Perros es una que por sí sola evoca indignación y frustración. La directora decide tomar estas sensaciones y canalizarlas en un tratamiento lleno de urgencia que hace sentir la denuncia como algo visceral e inapelable.

Así como los hombres que acechan a la protagónica Mariam, la cámara suele moverse sigilosamente sin dar mucho espacio para respirar. Por momentos, el filme funciona totalmente como una película de horror, lo que no es una hipérbole al considerar  lo horripilante de la situación de violencia sexual que se expone (mas no se explota).

Lastimosamente esta afinidad conceptual también deriva en varios elementos que permean este cine de género y que limitan su resonancia, sobre todo las actuaciones sobre-enfáticas y una histeria que se construye desde el artificio (desde la iluminación expresionista y la música ominosa). A esto se le debe agregar la decisión de la directora de detener la trama cada vez que hay un cambio de plano, para así exaltar la precisión formal de sus secuencias largas, hecho que se siente autocomplaciente y más bien rompe la inmersión de una historia potente en sí misma.

El Taller (L’Atelier), dir: Laurent Cantent. Francia (2017).

Luego de ganar la Palma de Oro con Entre Les Murs (2008), Laurent Cantent retoma la pedagogía como el eje central de su exploración de la sociedad francesa. La estética naturalista del director francés sirve como una ventana a la observación del proceso creativo dentro de un taller literario de inserción para jóvenes. Es en estos momentos en donde mejor funciona el filme, al tomar decisiones meta-textuales sobre la misma construcción de su narrativa. Las discusiones sobre las dinámicas de thriller en el taller y el cuestionamiento a la jerarquía de la profesora, quien es una actriz profesional, por parte de los estudiantes no-actores da para una dimensión de lectura dinámica.

Eventualmente la estructura formalista y cíclica del taller, en donde se ve el progreso y la caracterización de los personajes desde sus interacciones y lo que exponen, da lugar a un suspenso más tradicional, donde la ideología política y las expresiones de uno de los estudiantes empieza a generar tensión. La película se mantiene tan estoica y distante como este personaje en cuanto su tratamiento, pero los giros que toma el guión traicionan una propuesta inicial que apuntaba a trascender lo meramente esquemático.

 

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