Andrei Rublev (1966) de Andrei Tarkovski

“…esa es la verdadera misión del arte, que en esencia es algo casi religioso, una toma de conciencia sagrada de un alto deber espiritual.”

Andrei Tarkovski, “Esculpir en el tiempo”.

La obra

Los íconos son pinturas de índole religioso reconocidas principalmente dentro del cristianismo ortodoxo, aunque siendo veneradas también en occidente. Sin duda, Andrei Rublev (Anatoliy Solonitsyn) es el más famoso de sus pintores, quien vivió aproximadamente desde la segunda mitad del siglo XIV hasta la primera mitad del XV, poco se sabe de su vida.

Ícono más famoso de Rublev, de izq a der: padre, hijo y espíritu santo.

 

Este desconocimiento más que excusa para alejarse de un filme biográfico sobre él, fue el motor para un realizador como Andrei Tarkovski, quien tomándose varias libertades, incluso dentro del contexto histórico en que se desarrollan las acciones, logra trazar una obra monumental que deja una enorme huella en la cinematografía mundial.

 

Escritor del guion en conjunto con su amigo y también director Andrei Konchalovsky, realizador de magnas obras como Sibiriada (Siberiada, 1978), de cuatro horas y media, su obra más lograda en la URSS, Runaway Train (1985) trepidante y humano filme de su etapa estadounidense con guion de Akira Kurosawa, o más recientemente Rai (Paraíso, 2017), donde aborda de forma novedosa el holocausto judío.

 

El filme cuenta con un prólogo y un epilogo, además de ocho capítulos que se desarrollan a lo largo de 23 años en la vida del pintor, desde 1400 hasta el 1423. Desde el momento de su salida del monasterio, hasta el momento de consolidación, de lucha frente a la mirada asidua de la autoridad (guiño a la situación vivenciada por el propio Tarkovski), su pérdida de la fe y la amargura de un contexto político que lo alcanza.

 

Los hechos históricos

 

Como hizo con los aspectos biográficos de Rublev, los aspectos históricos del filme también presentan ciertas libertades en cuanto a las acciones y los años en que se dieron. El conflicto que se aparece en el capítulo seis titulado “La incursión” y fechado en 1408, se ubican en realidad aproximadamente en 1425, y es parte de la Guerra Civil Moscovita o Gran Guerra Feudal (1425-1453).

 

Andrei Tarkovski con Yuriy Nazarov

Los hermanos Vasili y Yuri Dimítrievich (interpretados por Yuriy Nazarov) efectivamente existieron, el primero era el Gran Príncipe de Moscú, máxima autoridad de la entidad política del mismo nombre; mientras el segundo era el regente de Zvenígorod, entre otras ciudades menores.

 

El filme muestra como Yuri ansioso de poder busca destronar a su hermano, hechos mostrados en el capítulo ya mencionado, en el cual también se muestra a modo de flashback la coronación del primero -¿beso de Judas incluido?- quien pisa a Yuri en una muestra de superioridad per se.

 

En realidad Yuri no tuvo mayores hostilidades con su hermano, pero si con su sobrino, Vasili II, quien tras la muerte su padre se hizo con el trono. La lucha por la corona estaba servida, lo que le faltaba a Rusia ante tantas invasiones externas que resquebrajaron la unidad existente en el llamado Rus de Kiev a partir de 1223: una guerra civil.

 

Como se aprecia, la realidad dista de esta poética presentación que hace Tarkovski, que funciona dentro de su filme para ahondar en la crisis existencial de Rublev, que lo aparta de la creación, de la pintura. Su fe en la humanidad se ve agrietada luego de presenciar semejantes atrocidades y cometer un crimen mientras intentaba salvar a una mujer durante el asedio del grupo traidor.

 

Autoridad frente a la verdadera misión del arte

 

Son conocidas las lamentables condiciones de trabajo y censura que tuvo que enfrentar Andrei Tarkovski a lo largo de su carrera en la Unión Soviética, peso que no puede recaer únicamente en el régimen, sino también en los productores de Mosfilm, un genio como Tarkovski no caía bien, de ahí las constantes injusticias que vivió.

 

En Andrei Rublev son varios los guiños que hace de esta situación, tomando como base la situación del pintor de íconos que a pesar de su fama, siempre se ve persuadido. Las autoridades del Gran Principado de Moscú lo utilizan como una herramienta para entonar el poderío de esta entidad política, a sabiendas de las estrechas relaciones Estado-Iglesia, y las creencias como medio para atraer a la población, sus trabajos eran más que exigidos.

 

De ahí que las presiones acontecidas por finalizar trabajos, sean mostradas sin el mínimo respeto por el artista, hechos que se aprecian en el capítulo cinco “El juicio final” del año 1408. Donde el bloqueo creativo por el tema que debe pintar poco importa ante esta maquinaria que únicamente exige sin piedad, de una forma que no es consecuente con el arte. Con el pintor y su obra, con el cineasta y sus películas.

 

Madurez, consagración

 

Este es apenas el segundo largometraje de Andrei Tarkovski, pero la madurez con que se presenta da muestras del increíble realizador que fue. Una historia que presenta apenas destellos de su protagonista, puntillazos vitales eso sí para comprender sus anhelos y su pensar, o al menos el que el realizador quiere presentar.

 

Andrei Rublev motivando a Boriska

Porque su Andrei Rublev es la excusa perfecta para mostrar distintas reflexiones sobre el arte y sobre Dios, a tal punto que en la segunda parte del filme, Rublev es atrapado por su contexto y deja de ser la figura central del relato, esto por su estado silente y por la crisis ya mencionada, condicionantes que quiebran en el extraordinario cierre del último capítulo, donde adquiere un estatus redentor.

 

Y está magnificencia se aprecia también en varios tramos del filme, el trabajo con el director de fotografía Vadim Yusov fue soberbio, secuencias magníficas una tras otra, desde el inquietante prologo con el vuelo del atemporal globo aerostático, o el culto pagano -tentación incluida para Rublev-, hasta la fundición de la campana en el último pasaje episódico.

 

Sin duda una obra que trasciende en el tiempo, que no muestra rasgos de haber envejecido mal tras más de cincuenta años de haberse realizado. Grande como los enormes planos abiertos que utiliza Tarkovski y tan íntima como el noble rostro de Solonitsyn interpretando al pintor. En el siguiente enlace pueden ver la película completa:

 

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