BlackKklansman: Odio sin matices

  1. No solo un número, ni otro verano.

Un ameno jazz es desplazado por una frenética percusión y la pantalla en negro da lugar a la figura de Rosie Perez bailando enfáticamente en una acera cualquiera de Brooklyn. La canción es el himno urbano a la resistencia conocido como “Fight The Power” de Public Enemy. La secuencia es el prólogo de Do The Right Thing (1989), el incendiario filme que cimentó el nombre de Spike Lee como uno de los autores más idiosincrásicos y políticamente comprometidos del cine estadounidense moderno.

La escena compone tan solo los cuatro minutos iniciales del antes mencionado largometraje, pero de entrada sintetiza la esencia del cine de Lee con su desbordante energía formal y el palpable furor de su crítica social. Si bien estos elementos son una constante en la obra del director neoyorkino, la realidad es que su forma de integrarlos entre sí no ha sido la más consistente.

Posterior al 89, su carrera ha variado entre sus grandilocuentes y ambiciosos proyectos de pasión como la oda a la negritud de Malcom X (1992) y el matizado retrato de Nueva York de 25th Hour (2002) hasta fallidas desviaciones hacia el cine mainstream y la comedia. BlackKklansman, su más reciente obra, se encuentra en una especie de punto medio.

Desde su estreno en el Festival de Cannes, y aprovechando la discusión racial constante en la era Trump, el largometraje ha logrado captar un nuevo interés al trabajo de Spike. El subtexto social de la película indudablemente se nutre de los turbulentos tiempos actuales, y de ahí parten sus mayores logros; cuando se evoca un sentido de urgencia a través de una puesta en escena y un tratamiento distintivos.

Es cuestión de leer el ridículo título, o tan solo de mirar los ángulos extraños y el poco ortodoxo uso del split-screen de la película para caer en cuenta que existe un claro homenaje al blaxploitation, pero lo que hace Spike con este referente trasciende la mera réplica o evocación. Su interés yace en la deconstrucción de los arquetipos y de la estructura de este subgénero en favor de su narrativa.

Esta se enfoca en la trillada serie de eventos que lleva a Ron Stallworth (John David Washington), oficial de policía negro, a infiltrarse en las filas del Ku Klux Klan en Colorado. En papel, esto podría sonar como nada más que el punchline para una comedia de enredo, pero la propuesta de Lee mantiene una trama dinámica que evita caer en la morbosa explotación a la que alude. Por el contrario, y de manera sorpresiva, BlackKklansman brilla cuando se centra en los procedimientos del cine policial.

Ello no quiere decir que el humor no tenga lugar, ya que la naturaleza misma del status quo dentro de la estación cambia radicalmente con la entrada de Stallworth, lo que aprovecha su rol de “pez fuera del agua” para sátira constante que hace luz de las distintas dimensiones del racismo.

La caracterización estoica del protagonista es un contraste ideal con el mundo caricaturesco en donde habita. Para nadie es un secreto que el nombre de Spike Lee no suele asociarse con sutilezas, y un filme sobre el Ku Klux Klan claramente no es la excepción. Los de “la organización” son esencialmente pintados como rednecks ignorantes o grandes oradores, la fuerza policial se compone de arquetipos como el jefe estricto, el cerdo racista y misógino, y el compañero bonachón, y los activistas negros no existen más allá de su causa.

Si bien estas representaciones unidimensionales generan risa y no evitan el disfrute de las envolventes dinámicas de infiltración, si se tornan una limitante cuando la película apela a algo más.

La subtrama romántica entre Stallworth y la activista Patrice Dumas (Laura Harrier) nunca se materializa más allá de una motivación genérica y una oportunidad del guion para contrastar de manera tosca los dos extremos de un espectro ideológico. Lo mismo sucede con la forzosa empatía que nace una vez que el detective Flip Zimmerman (Adam Driver) se encuentra con su judaísmo. Más que momentos que corresponden a un hilo dramático o cierta progresión de los personajes, estas situaciones parecen existir meramente como parte del anclaje conceptual del director, el cual raya por momentos en lo didáctico.

Su conciencia social y humanismo son inapelables, pero por momentos el filme peca con su subrayado, el cual puede distanciar de la inmersión narrativa. Esto sucede sobre todo en el último acto, en donde la diversidad de ideas que se buscan explorar no terminan por encajar entre sí.

En un corto lapso , la desarticulación de un atentado terrorista, el recuento de un infame linchamiento motivado por racismo, y un rito del clan que celebra la problemática Birth Of A Nation (1915) de D.W. Griffith, se intercalan. Cada una de estas secuencias habla de distintas configuraciones de un mismo sentir de odio, pero en vez de conjugarse como unidad, la forma en que se relatan más bien trastabilla en su intento de abarcar todo.

A pesar de ello, dentro de BlackKklansman también existen momentos de inspiración de Spike, donde no solo dice lo que se tiene que sentir, sino que lo evoca. El más potente se da en el primer tercio de la película, cuando Stallworth se infiltra en una conferencia del ex-pantera negra Kwame Ture. Mientras sus enfáticas palabras a favor del empoderamiento de la raza negra calan en la multitud, los rostros de estos últimos se contraponen entre sí. Cada asentir con la cabeza y cada mirada llena de esperanza le da una dimensión palpable y humana al discurso en pantalla. No solo se representa, sino que realmente se vive.

Es cierto que la cohesión entre una propuesta formal imaginativa y el fervor reivindicativo de una temática es lo que le dió a Lee un nombre en primer lugar, pero  aún cuando lo primero se sacrifica por lo último en BlackKklansman, queda la sensación de que esto se da por diseño.

Así como Stallworth trató de generar un cambio desde una institución históricamente represiva hacia los suyos, el icónico cineasta neoyorquino esta vez se ampara dentro de los lineamientos y las técnicas de un cine popular y populista para hacer llegar su indignación a la mayor audiencia posible. Se vuelve entonces a la misma pregunta del 89’: ¿que implica “hacer lo correcto”?

 

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