De bailarines y cantantes. Dos filmes que comparten cartelera y poco más.

Entre salones de baile, estudios de grabación y coreografías, se estrenaron en cines costarricenses dos producciones que apuestan por lo musical, sea el baile o el canto, como parte orgánica de su narración, aunque resulten muy diferentes entre sí. Se tratan de El baile de la Gacela, de Iván Porras, y Un regalo esencial de José Mario Salas.

 

El baile de la Gacela es la ópera prima de Porras, trabajo que le llevó varios años poder completar desde la etapa de guion hasta su estreno en el Festival Internacional de Montreal, donde ganó el premio a primeras obras, en ese trayecto fue cambiando de forma y hasta de título, originalmente se titulaba El baile y el salón. El director incluso comentó cómo fue adaptándose a los diferentes cambios del equipo de trabajo, pero que se mantuvo positivo con el proyecto. Esto mismo lo resaltan los actores, un combinado de intérpretes no profesionales con veteranos del cine y el teatro.

 

El resultado final es un filme que, en su amabilidad y simpleza argumentativa, plantea interesantes reflexiones en torno a la adultez mayor, las relaciones de pareja y el alcanzar metas en la vida. Su primera media hora es muy descriptiva y se excede un poco en presentar a los personajes, su contexto y motivaciones, sin embargo, una vez superada esa etapa, el filme va adquiriendo mayor fluidez, así como su protagonista, Eugenio, va agarrando ritmo en la pista de baile y librándose de ataduras personales y sociales.

 

Eugenio (Marco Antonio Calvo) es un adulto mayor que, impulsado por su nieta, ingresa a un grupo de baile, ahí conoce a Carmen (Vicky Montero), con quien se siente atraído, pero que la única vía que encuentra para acercarse es mediante el baile, ya que ella ensaya insistentemente para competir en un torneo. Las circunstancias se dan para que ambos terminen siendo pareja de baile, ante la incisiva instrucción del coreógrafo Daniel (Juan Patricio Arenas). En el proceso se conocerán las distintas motivaciones de los tres personajes, siempre acompañados por una banda sonora que con gran sentido va marcando las pautas narrativas y determina el compás de cada escena.

 

El humor con el que Porras va presentando la historia sirve para desmitificar y quitarle solemnidad al envejecimiento y a la muerte, lógica compañera en esta etapa de vida. Esto tampoco quiere decir que la película rehúya del drama, este viene con giros argumentativos bien planteados, con una edición precisa y uso adecuado de la elipsis, no se detiene ni en situaciones ni en personajes, lo que favorece al filme en su totalidad y agiliza la historia. En otras palabras, Iván supo llevar ritmo de bolero en ciertas secuencias y de merengue en otras según lo ameritaba la historia.

 

El baile en la película es un pretexto para presentar un retrato de la adultez mayor más cercano a la realidad que al estereotipo folletinesco de algunas películas, acá los personajes no son ni santos, ni están postrados en una silla, ni son el abuelito o abuelita que sonríe, ni hacen algo más allá de sus capacidades; son personas como cualquiera, que tienen deseos, proyectos, miedos; que se vuelven torpes, se van de fiesta, tienen amigos y no son perfectos (ni desean serlo). Un logro del filme es haber creado personajes reales, creíbles, más allá de algún momento en que la interpretación no sea la más efectiva, pero que en líneas generales los interpretes tienen buena química y se sienten unidos. Esto favorece los momentos en los que el filme se atreve a ir más allá, a profundizar en temas que, en este momento en Costa Rica, han demostrado no solo ser tabúes, sino, ser motivo de grandes expresiones de intolerancia. Ahí, el filme sutilmente traza un camino crítico sobre el respeto hacia los demás, sobre concentrarse en lo que realmente importa: el valor humano de cada quien, el superar la “final del 76” que cada uno carga y el seguir realizando metas según las posibilidades.

Si El baile de la Gacela es un ejemplo de lo difícil que es realizar un tipo de cine en el país, principalmente en términos de producción, Un regalo esencial es ejemplo de una producción más expedita. El segundo largometraje de Salas, tras realizar Toque de lo alto (2016) y de haber estudiado en Estados Unidos, vuelve a insistir en crear una moraleja, aunque sin el discurso cristiano de la película anterior.

 

Un regalo esencial está narrado en dos épocas diferentes, el presente se ubica en el 2025 en el que Josué (Isaías Badilla) un adolescente celoso y con comportamiento machista le reclama a su novia de colegio su actitud con otro compañero. Él es aleccionado por Alejandro (Norval Calvo) su abuelo, quien vivió su propia historia de celos y es cuando el filme se traslada a 1985. En este último período es donde se desarrolla la mayor parte del metraje y cuenta la historia de Jazmín (Viviana Calderón) una joven cantante y su novio bailarín (Alejandro de joven, interpretado por Pablo Rodríguez), quienes llevan un teatro de espectáculos, pero cuando ella quiere grabar un disco, los celos de él se interponen.

 

La película es una especie de versión criolla de La La Land (Damien Chazelle, 2016), aunque la producción indica que el filme se basa en un corto previo del director: Dreamer encounter (2017). La influencia de Chazelle y del musical hollywoodense en general, es palpable en cada escena, en el uso de una banda sonora que matice o resalte las emociones de los personajes, pero hasta ahí llegan las comparaciones. Más allá de que se evidencia una producción con presupuesto, la ejecución es básica y está lejos de los filmes de Hollywood, esto por dos razones: un guion lleno de lugares comunes, con la insistencia en que cada diálogo sea didáctico y por un lenguaje cinematográfico que no sabe cómo explotar la historia.

 

La parte situada en 1985 es la que menos funciona, ya que los personajes resultan caricaturescos y las situaciones no se hacen creíbles. El usar figuras públicas como “actores” garantiza que el público asista a las salas ya que las caras les resultan conocidas, pero se sacrifica un verdadero trabajo interpretativo, desde las nociones básicas. El doblaje tampoco ayuda, las secuencias de canto son tan artificiales y las canciones tan poco atractivas, algo fundamental para un musical, que se vuelven anodinas. Por otro lado, las secuencias coreografiadas no están bien ejecutadas, la cámara abusa de primeros planos, mientras que no capta la esencia de los bailes, todo luce como el sueño ingenuo de un adolescente.

 

La visión simplista del filme en el que se supone que el amor puede hacer cambiar a las personas, moraleja con la que el abuelo instruye a su nieto, para que este cambie su comportamiento hacia la joven que le gusta, es reflejo de una sociedad tradicionalista. Mientras que en El baile de la Gacela se apostaba por una ruptura de roles, en Un regalo esencial el concepto maniqueo de familia se hace presente, con los estándares de lo que un hombre y una mujer deben ser, el diseño de personaje se vuelve sintomático, no porque casos así no existan, que los hay, sino porque resultan desdibujados, caricaturizados y por lo tanto responden a estructuras idealizadas socialmente.

De cualquier manera, ambas películas se encuentran en cartelera y son reflejo de las dos vertientes de cine costarricense que se están produciendo con mayor frecuencia. En un país en el que no hay una trayectoria cinematográfica importante, es ahora cuando se empieza a crear una identidad del cine nacional, así, mientras hay unos directores que filman diferentes tipos de películas, comparten una búsqueda estética e ideológica para expresarse, aunque las historias resulten muy variadas entre sí; otros directores por su parte, estructuran sus largometrajes con el modelo de representación hegemónico, y como es el caso de Un regalo esencial, recurren a figuras públicas e historias sencillas para atraer al público, con el subtexto de ser “para toda la familia”, lema que remite a la Teleticasploitation, de la que habla el crítico y escritor Marvin Coto, para referirse a ese Star System criollo que se ha vuelto moda en las producciones nacionales y que apelan a la familiaridad que despiertan estas figuras en el público.

 

 

El bailde de la Gacela. Dos Sentidos producciones, La Feria producciones, Cine Feral. Dirección: Iván Porras Meléndez Guion: Enrique Pérez Him e Iván Porras. Productores: Karolina Hernández Chaves, Nicole Maynard Pinto, Marco Antonio Salgado, Marcela Esquivel Jiménez. Edición: Aldo Álvarez Morales. Fotografía: Julio Costantini. Elenco: Marco Antonio Calvo, Vicky Montero, Juan Patricio Arenas. Costa Rica. Color, 2018, 90 min.

 

Un regalo esencial. JSB Producciones Cinematográficas, Cine House, Aerial Shutter, The Mix Studio, Studio Gama Producciones. Dirección: José Mario Salas Boza. Guion: Elizabeth Soto Lara. Productores: Jose Mario Salas, Álvaro López Morales, Kurt Kubicek. Edición: José M. Salas. Fotografía: Manuel Velásquez. Elenco: Viviana Calderón, Pablo Rodríguez, Mauricio Hoffmann, Norval Calvo, Rosibel Carvajal, Isaías Badilla. Costa Rica. Color, 2018, 105 min.

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