Museo: De patrimonios e identidades

Por sí solo, el hecho de nacer en un país determinado no tiene significancia alguna. Se trata de una distinción arbitraria y circunstancial; nadie la elige y nadie la puede cambiar. Aún así, es iluso pensar que esta singularidad no tiene injerencia en cómo construimos quienes somos. Desde el entorno más íntimo hasta las coyunturas más generales, existe un contexto que va de la mano con la formación de nuestra identidad; idea que se vuelve el eje central sobre el que gira el cine de Alonso Ruizpalacios.

En Güeros (2014), su primer largometraje, el director mexicano utilizó el panorama de la huelga estudiantil de la UNAM en 1999 para retratar el nostálgico recorrido de un par de hermanos en búsqueda del ídolo musical de su padre. Tan audaz a nivel formal como envolvente en cuanto a atmósfera y caracterización,  Güeros posicionó a Ruizpalacios como una de las promesas más frescas e idiosincrásicas del cine mexicano contemporáneo.

4 años más tarde, y tras salir premiado en la Berlinale por su guión, Museo llega para exaltar una vez más las virtudes del realizador, pero también para hacer luz de sus excesos.

A diferencia del intimismo de su debut, en  Museo la opulencia conceptual queda en claro desde sus primeros segundos, cuando la veracidad histórica del filme es relativizada  con una cita puntual: “Esta historia es una réplica de la original”. Más que un mero juego de palabras relacionado al mundo del arte, esta idea habla también del tratamiento que se adopta.

A diferencia de una recreación con aspiraciones cuasi-documentales o de registro, la película (ahí si en sintonía con Güeros) tiene una notable cualidad lírica que apropia de lleno el artificio cinematográfico. Desde una narración en off poética, fotografía preciosista que enfatiza el uso de texturas y la poca profundidad de campo, y un montaje que favorece el flujo rítmico de las imágenes, Ruizpalacios crea un aura casi mitológico en torno a su relato.

Contrario a lo que indica el nombre del filme, el icónico robo al Museo Nacional de Antropología en 1985 se torna más un punto de quiebre que una de las bases de la narrativa. Si bien esta secuencia se construye desde una propuesta formal inmersiva que explota el diseño sonoro y la edición trepidante para generar tensión, el verdadero interés de Museo yace en lo que sucede antes, y sobre todo luego, con los ladrones y su accidentado trayecto.

Juan (Gael García Bernal) y Wilson (Leonardo Ortizgris) gestionan el hurto no por una condición de necesidad, sino más bien por una aspiración de trascendencia. Así como las reliquias invaluables de la época mesoamericana le dan un significado a la identidad mexicana, “el robo del siglo” hace lo mismo para la vida de este par de jóvenes “buenos para nada”. Juan, particularmente, ve el crimen como cierto tipo de reivindicación.

Como se muestra al inicio con material de archivo, para el protagonista la mística de los monumentos es profanada con su mera reubicación. El resguardo en un museo es entonces una barrera autoritaria que por su naturaleza invita a ser quebrantada. Lo que sucede es que una vez retiradas las piezas, los planes de los protagonistas se empiezan a resquebrajar cuando caen en cuenta que el valor del patrimonio es algo intangible y meramente simbólico.

Los iconos de jade son al final del día tan significativos para la identidad como la estrella erótica venida a menos que es Sherezade Ríos en el universo de la película, o  el ídolo perdido que fue Epigmenio Cruz en Güeros. Todos son de una u otra manera patrimonio cultural.

Es en estos momentos de reflexiones retóricas que Museo muestra mayor promesa conceptual y mayor unidad con su forma, pero lastimosamente Ruizpalacios no se compromete de lleno y termina dando lugar a desvíos tonales hacía un cine más esquemático.

 

La subtrama de drama familiar se utiliza como un recurso genérico para darle una dimensión emocional al protagonista interpretado por García Bernal, mientras que la comedia de situación que se genera en el último acto rompe la cohesión que se venía construyendo desde el tratamiento.

Es claro que la existencia de estos elementos evocan una apelación para “aterrizar” en referentes más accesibles, pero la indeterminación en cuanto a la propuesta lleva a que los momentos de “catarsis emocional” de su conclusión no se sientan ganados.

Más allá de la inconsistencia interna que generan, estos elementos también terminan por afectar el mismo ritmo de la película, al alargar su metraje y hacer que sus reflexiones posteriores se sientan redundantes y sobre-enfáticas.

A pesar de la especificidad y detalle con que pinta al México ochentero, Museo carece irónicamente de un sentido de espacio real. Las ideas que problematiza están arraigadas en una concepción de identidad específica, pero así como los grandes planes de Juan y Wilson, su mera ambición conlleva en un naufragio del sentido inicial.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *