Filmes Destacados del 2018

Como parte de cada fin de año, la tradición con cierto aire de cultura del consumismo, empieza a erigir listas de lo “mejor del año”, el cine en su función de entretenimiento, tanto para los que solo ven películas en las multisalas comerciales como para los cinéfilos hackers, que bucean la internet en busca de torrents, están propensos a disfrutar de estas listas, es más, las esperan o en muchos casos las hacen.

Entonces, ¿por qué hacer un recuento de lo mejor del año? ¿Es realmente lo mejor? ¿Bajo qué criterios se deciden las que merecen estar y las que no? Y más interesante todavía resultaría preguntar cuál fue el parámetro o parámetros que se tuvieron para hacer una lista, es decir, cuáles películas se visionaron y cuántas no, ¿esto resta validez a una lista?

La cinefilia es una expresión volitiva y emocional, por lo tanto, entiende tanto de pasión como de razón. Es pasional porque hay subjetividades que determinan los gustos y afinidades estéticas y narrativas hacia un filme, pero también es racional porque la voluntad es un ejercicio pensado, está dirigido hacia una meta, cumpla esta, o no, con su idealización inicial.

Estas deberían ser las preguntas que acompañan los diálogos en torno a la pertinencia de una lista frente a otra, y no el dónde se visualizó una película, pregunta que es pertinente sólo si se analiza el fenómeno social que suscita, porque pretender que en la actualidad todos vean las películas en una sala de cine resulta retrógrado o ingenuo, cuando los métodos y tecnologías para ver una película están determinando más que nunca antes en la historia la forma en que se crean los espectadores, si se quiere, la tecnología libera y democratiza el acceso a más películas, pero también condiciona: la experiencia en cine no es comparable a la experiencia en una tableta o dispositivo móvil, los algoritmos de los servicios de streaming sustituyen a los grandes distribuidores que deciden qué película se ve en los cines y lejos, tal vez desapercibido, está el hecho de que ante tanta oferta, surge la duda, a veces la desidia, el no saber qué ver, porque hay tanto… suena paradójico ¿verdad? Acá es donde las listas vienen a cerrar un círculo, una elipsis o, si se quiere, son el otro lado del espejo. Las listas vienen a dar una especie de guía, de camino iniciático, de exploración, son un faro que guía entre tanta película. Y ante la gran cantidad de listas, están las que provienen de medios especializados, de críticos o programadores, de revistas o medios reconocidos internacionalmente, pero cada una de ellas, cumplen con los dos preceptos: son volitivas y emocionales.

El final del 2018 tomó en carreras al equipo de Krinégrafo, por lo que no nos fue posible publicar nuestra selección, no de lo “mejor del año”, sino de filmes que nos parecieron más relevantes que otros por diversos motivos y que les queremos compartir a modo de guía cinéfila para inicios del 2019. En caso de que no las hayan visto, es una invitación a conocerlas y si ya las vieron, pueden comparar con sus propias impresiones, porque al final, las listas son para compartir y generar conversaciones.

La selección de Alonso Aguilar

En 2018, el cine arte, el ensayo audiovisual y la teoría de cine se conjugaron, de todos los lugares, en un documental sobre tenis.

La temporalidad de los “listados de fin de año” siempre se torna fascinante, sobre todo en el ámbito del cine. A diferencia de otras formas de expresión artística (como la música o la literatura) que han apropiado la democratización inherente a la era de la información, la imagen en movimiento sigue aferrado a jerarquías e imposiciones de un sistema de distribución errático e impredecible.  

Es por ello que más que un listado de lo mejor bajo lineamientos anacrónicos de que es o no es 2018, esta selección refleja meramente aquellos largometrajes que, en la opinión de este autor, merecen ser visibilizados para el potencial disfrute y discusión de todo aquel que lea este texto.

A falta de posibilidades para ver obras de sumo interés como La Flor de Mariano Llinás,  Long Day’s Journey Into The Night de Bi Gan, Sunset de Laszlo Nemes, Double Vies de Olivier Assayas, High Life de Claire Denis, If Beale Street Could Talk de Barry Jenkins, Sophia Antipolis de Virgil Vernier, Ash is Purest White de Jia Zhangke, La Casa Lobo de Joaquín Cociña y Cristóbal León, entre otras, los films seleccionados consisten de todo aquello cuyo estreno mundial fue en 2018 y que de alguna u otra manera destacaron por la osadía de su propuesta.

Entre algunos que apenas se quedaron por fuera están apuestas arriesgadas y deslumbrantes del cine comercial como Annihilation de Alex Garland, First Man de Damien Chazelle, Hereditary de Ari Aster y Misión Imposible: Fallout de Christopher McQuarrie. Cintas más festivaleras con bastante mérito como Las Herederas de Marcelo Martinessi, Petra de Jaime Rosales, The Wild Pear Tree de Nuri Bilge Ceylan, Lazzaro Felice de Alice Rohrwacher y Leave No Trace de Debra Granik también estuvieron en fuerte consideración.

Aquí la lista en orden alfabético:

El Libro de imágenes / Le Livre d’image  (Jean-Luc Godard, Francia).  Luego de despedir al lenguaje en 2013, el siempre corrosivo Jean-Luc Godard retorna con su misma fuerza dialéctica para problematizar el rol de la imagen como representación. En su ya característico estilo de ensayo radical, el nonagenario realizador manipula y moldea material de archivo, secuencias de películas y tomas de noticieros para crear su propia historiografía sobre la imagen en movimiento a partir de la recontextualización y la creación de nuevos referentes sensoriales. Después de tanto tiempo, y a pesar de sus detractores, el denso director sigue subvirtiendo la historia (y las historias) del cine.

An Elephant Sitting Still / Da xiang xi di er zuo (Hu Bo, China). La cámara se mantiene invasiva en cuanto a la cercanía con los personajes y los sigue con movimientos erráticos pero incesantes. La perspectiva de la imagen se ampara directamente en la psiquis de los protagonistas, cada uno con sus propios problemas de los que quieren escapar. Cada uno en constante esfuerzo por no resquebrajarse ante la crudeza del panorama. En su magnánimo debut (y lastimosamente film final debido a su suicidio previo al estreno), Hu Bo explora las preocupaciones sociopolíticas de su contexto y las complementa con un centro emocional que si bien desgarrador, nunca cae en la desesperanza. En 4 horas de largometraje, el joven realizador deja lecturas que corresponden a toda una filmografía.

The House That Jack Built (Lars Von Trier, Dinamarca-Francia-Alemania-Suiza). A través de las confesiones de un asesino serial, el provocador más polémico del cine arte brinda su trabajo más auto-reflexivo y vulnerable a la fecha. Mas un ejercicio dialéctico sobre las críticas hacia su cine que una narrativa convencional, Von Trier yuxtapone sus excesos formales y su irreverencia discursiva a merced de una exploración de la violencia que literalmente confronta cara a cara con lo más profundo de la maldad.

John McEnroe: In The Realm of Perfection (Julien Faraut, Francia). Al leer sobre su temática, el documental debut de Julien Faraut podría aparentar como un retrato más de una polémica pero exitosa figura del mundo del deporte. La realidad no podría estar más alejada de esto, ya que el ingenioso cineasta tiene poco interés en McEnroe como persona. Su énfasis está en establecer un ensayo sobre cómo el movimiento y el manejo de los tiempos del tenis difuminan la línea divisoria con el cine. A través del contraste entre lo sublime del juego del tenista estadounidense y lo explosivo de su carácter, el documental encuentra un paralelismo fuerte y visualmente envolvente con la teoría de autor.

La Temporada del Diablo / Season of The Devil (Lav Diaz, Filipinas). En las cuatro horas de duración de La Temporada del Diablo, Lav Diaz orquesta una devastadora marcha fúnebre que dialoga y señala sin pudor la historia de la dictadura militar en Filipinas, exaltando el valor de la verdad en un contexto de desolación. Esta viene desde el canto, no como elemento estilístico, sino como herramienta reivindicativa.

La desolación capitalista y el fervor humano se complementan en la encantadora Support The Girls

The Other Side Of The Wind (Orson Welles, Estados Unidos). Una de las películas más vanguardistas del 2018 fue filmada hace más de 40 años. Desde la tumba, el gran Orson Welles deleita con una frenética y excesiva sátira de la industria cinematográfica y las odas a la personalidad. Tan auto-reflexiva e hilarante como trepidante a nivel formal (su uso de distintos formatos de película y montaje esquizofrénico es innovador aún en la actualidad), The Other Side of The Wind no solo evoca la memoria de un grande, sino que le añade a su legado.

Private Life (Tamara Jenkins, Estados Unidos).  La directora Tamara Jenkins sumerge por completo en el claustrofóbico mundo de sus personajes, en donde la unilateral tarea de tener un hijo eclipsa totalmente el resto de su contexto. La relación entre Paul Giamatti y Kathryn Hahn y sus respectivas carreras en distintos ámbitos artísticos quedan en un segundo plano. El sentir es totalmente palpable en las caracterizaciones de Jenkins y su narrativa observacional, pero donde destaca el film es en su problematización de lo que sucede si esta convicción es una decisión consciente de los personajes. Un muy bienvenido aire fresco a las tragicomedias esnob neoyorkinas.  

Shoplifters / Manbiki Kazoku (Hirokazu Koreeda, Japón). Con la maestría de su sutileza, Koreeda sumerge de lleno en las tribulaciones del clan Shibata. Una vez inmerso en su mundo de excentricidades, la narrativa devela el centro emocional de la película, donde con rebosante humanismo el director japonés exalta el valor de las familias que elegimos.

Support The Girls (Andrew Bujalski, Estados Unidos). El ex-mumblecore Andrew Bujalski transiciona a un cine más convencional formalmente en Support The Girls, pero en vez de limitarlo, esto le brinda la posibilidad de exaltar sus caracterizaciones más entrañables dentro del mundo Hooters-esco de Double Whammies y explotar su excéntrico sentido del humor a través de un enérgico y colorido retrato de las pequeñas luchas en el capitalismo tardío. El cine accesible y lleno de vida que debería resonar más.

Transit (Christian Petzold, Alemania). En su largometraje más abstracto a la fecha, Christian Petzold retrata un purgatorio sociopolítico en donde la historia choca y coexiste a través de anacronismos. Estructuralmente un melodrama, pero tratado con la distancia de un horror kafkiano, Transit señala con sagacidad a las recurrencias del hoy y el ayer a través de una propuesta formal e interpretativa inmaculada.

Un clásico. Scorpio Rising (Kenneth Anger, Estados Unidos, 1963). En 28 minutos Kenneth Anger no solo compiló los fetiches estéticos del movimiento underground, sino que revolucionó en simultáneo el montaje, el uso de musicalización y hasta los parámetros legales de exhibición. Todo ello a través de una experiencia tan caótica como rítmica, en donde la subversión del cine experimental coincidió con una apropiación por parte de la cultura popular. Un hito.

La selección de Yoshua Oviedo

A 33 años de su muerte, con su último legado, Orson Welles sigue sorprendiendo.

Primero, decir que el 2018 me tomó en una época de transición y reacomodo en distintas labores, razón por la cual no pude ver la cantidad de películas que venía haciendo en años anteriores, ya de ahí se desprende que habrá un sesgo insalvable en los filmes que les voy a compartir. En la imposibilidad de ver quedaron las obras de Mariano Llinás (La flor), Wang Bing (Dead souls), Hong Sang-soo (Gangbyeon hotel y Grass); Christian Petzold (En tránsito); Bertrand Mandico (Los muchachos salvajes), Tsai Ming-liang (Your face); Bi Gan (Long day’s journey into night); Nuri Bilge Ceylan (The wild pear tree), entre muchas otras seguramente.

Segundo, mi selección es de filmes exclusivamente del 2018, hay películas que fueron estrenadas este año y ya había visto en el 2017 y que las consideré para entonces, están invitados a revisar la selección de ese año acá: Filmes destacados del 2017.  

Tercero, determinar algo tan estricto como que solo voy a tener en cuenta filmes del 2018, hace que deje de lado filmes notables que pude ver este año, pero son del 2017. Por ello, quiero mencionar las magníficas Arabia (João Dumans y Affonso Uchoa), Taste of cement (Ziad Kalthoum), En lo intenso ahora (João Moreira Salles), Western (Valeska Grisebach), Caras y lugares (Agnès Varda y JR), La telenovela errante (Raoul Ruiz y Valeria Sarmiento), Lucky (John Carroll Lynch).

Cuarto, la lista está ordenada alfabéticamente.

3 faces (Jafar Panahi, Irán). Cuarto filme que hace el realizador iraní tras la condena que le prohíbe filmar. A estas alturas, además de un acto de rebeldía política, es un ejercicio de libertad. Panahi está entre los cineastas más importantes y representativas de este siglo. En 3 faces, además, rinde homenaje al cineasta iraní más importante de la historia: en cada plano visto a través del parabrisas del vehículo existe un guiño a Abbas Kiarostami, que se explicita más al final, cuando la grieta en el vidrio es también la grieta entre la realidad y la ficción, entre la vida y la representación. Tres generaciones de actrices, vistas desde la mirada patriarcal que las encierra, un filme que pasa del misterio detectivesco al retrato cuasi documental de la cotidianeidad de un pueblo y sus tradiciones. Una ficción que inicia con un video que bien podría existir en YouTube y que obliga al espectador a cuestionarse qué es real, qué es apariencia, qué es representación y qué es el cine a partir de ello.

Aeropuerto Central THF (Karim Aïnouz, Alemania, Francia, Brasil). Un espacio que otrora fue símbolo del gran poderío alemán, un orgullo arquitectónico, pieza clave del organigrama estructural de la ciudad de Berlín durante el nazismo y posterior a la guerra, es ahora el lugar en el que viven decenas de inmigrantes, entre sus amplios pasillos y su techo inalcanzable. Pero el espejo de la realidad cobra un significado más cruel (porque es real, no distorsionado), cuando a unos cuántos metros de donde niños, mujeres, ancianos, hombres, en fin, personas con diferentes historias esperan continuar con su vida, otros corren libres, juegan, hacen picnics y salen de paseo. Las cárceles modernas tienen diferentes formas.

Blue (Apichatpong Weerasethakul, Francia, Tailandia). Este cortometraje de 12 minutos bien puede durar 3 horas o el tiempo que dure un insomne en conciliar el sueño, justo como la protagonista de esta historia. Pocos directores en la actualidad han entendido el cine en el marco de lo audiovisual y no exclusivamente atado a una forma de distribución. Si en el año se ha hablado mucho de lo que significa Netflix para el futuro del cine, muy poco se ha discutido sobre aquellas obras que tienen su estreno en un Museo y no en una sala de cine. En este contexto de exploración de lo audiovisual y su relación con las realidades y contextos, la Ópera de París crea 3e Scène, un espacio digital en el que invita a diferentes artistas a crear obras que serán compartidas en internet, es una manera de interactuar con un público, desde un concepto específico y que permite a los artistas explorar los caminos del audiovisual. Así, Apichatpong crea un filme sin diálogo en el que se nos introduce a partir de la dimensión sonora, esto es importante en un mercado consumista de la imagen que olvida el sonido o lo relega como si fuera algo inferior. La protagonista surge de la oscuridad, pero ya hemos escuchado algo que nos permite tener un contexto, luego viene la condensación de lo etéreo, el tailandés transfiere su sentido estético a la obra para crear espacios intermedios, una cama en medio de un bosque con una mujer que no puede dormir, una misteriosa luz que empieza a crecer y se transforma en una llama y un teatro en medio del bosque, en el que se despliegan lienzos con escenarios rurales de Tailandia. Conviene recordar el carácter transitorio del fuego: este dura mientras dure la materia a la cual está consumiendo, lo mismo la vida, el tiempo, el sueño y el corto.

Burning / Buh-ning (Lee Chang-dong, Corea del Sur). Basada en la novela Barn Burning de Haruki Murakami. Un intenso drama surcoreano de diferentes capas, en el que el espectador puede estar tan confundido como el protagonista, quien va sintiendo cómo le va ardiendo algo por dentro hasta que no es capaz de contenerlo. En el fondo, una mirada que disecciona la masculinidad, especialmente en un país en el que se ha dado como un hecho en que la mujer deba tener un hombre y ser protegida por este, tema que a menudo Chang-dong abarca en su cine. Acá, el misterio yace no solo en lo que el protagonista cree que conoce, sino en las razones por las que toma ciertas decisiones. Burning es un árbol genealógico de la masculinidad, con sus diferentes ramificaciones, unas tan sutilmente insinuadas como la colocación de banderas para recordar que se está en Corea del Sur y tras las montañas está la otra Corea. Nada mal para un cineasta que fue ministro de cultura.

El libro de imágenes / Le Livre d’image (Jean-Luc Godard, Suiza, Francia). Con casi 90 años, Godard es tal vez el director más lúcido e inquisidor sobre la relación de la imagen con la realidad, cómo afecta una a la otra, su última película es un ensayo visual sobre el impacto y el poder que tiene la imagen, así, en general, tanto la que proviene de un noticiero o de una fotografía, como la que es parte de una película. Pero entonces Godard erige una profunda reflexión sobre a través del montaje, lo suyo es digno de estudio, el poder del montaje para transmitir una idea, diluyendo de paso el concepto de tiempo, porque lo que se ve es tanto el pasado, por las imágenes de filmes antiguos, como el futuro del cine, o del audiovisual, mejor dicho.

Shirkers es un extraño documental que toma por sorpresa al espectador

An elephant sitting still / Da xiang xi di er zuo (Hu Bo, China). Una poderosa ópera prima que ratifica el buen momento que atraviesa ese cine chino que no es complaciente con el estado y que señala las deficiencias de una sociedad que cada vez más deja de ser desconocida. Un grupo de personas, de diferentes edades y condición, pero que comparten un sueño, un escape, el querer ver un elefante que cuenta la leyenda que pasa sentado… Hermosa metáfora de un gigante que permanece imperturbable ante el sufrimiento y desigualdad de sus ciudadanos. Hay una nostalgia en la narración, los personajes transmiten su agotamiento existencial y el plano secuencia se convierte en un recurso estilístico para mostrarnos ese universo compartido, con ligeros movimientos de cámara como para enfatizar la desestabilización de la existencia, lo que lleva a la sensación de que hay una cierta desesperación que bordea cada encuadre, pero ¿de quién? ¿De los personajes o del director? Brillante ópera prima y última película para una joven promesa que con solo 29 años se suicidó y no vio estrenada su película.

La temporada del diablo / Season of The Devil (Lav Díaz, Filipinas). La primera de dos películas que estrenó Díaz en el año, resulta un musical atípico, en el que la música no es un simple recurso estilístico para embellecer la puesta en escena y darle mayor protagonismo a los personajes, como suele ocurrir con los musicales. Acá, la palabra cantada es un recurso estético para distanciarse del horror: Filipinas, 1979, el dictador Ferdinand Marcos decretó ley marcial hace 7 años y asesina a todo aquel que se le oponga. Sin embargo, el filme no cae en la denuncia simple, ni tiene una evocación documental, tampoco muestra el horror de frente, lo hace desde la construcción de un relato mitológico, otra forma de distanciamiento, como si fuera una fábula, con respecto a lo narrado. De esta forma Lav se permite hablar de uno de los momentos más controversiales de la historia de su país sin ceder al sentimentalismo. La fotografía en blanco y negro, el fuera de campo y la sombra, potencian ese mal del que se habla (o se canta), pero que no se ve directamente, es algo que permea a toda la película, como lo hizo con todo el país. Los personajes son arquetipos de una humanidad en crisis. Lav termina deconstruyendo el género musical, al sacarle la música: las canciones son cantadas sin musicalización, el sonido viene de otro lado, es más orgánico, no pretende ser acompañamiento musical, sino crear una atmósfera envolvente y consecuente con el universo representado.

The Other Side Of The Wind (Orson Welles, Francia, Irán, EE.UU.). Similar a Godard, la última película de Welles, que vio la luz gracias a la intervención de Netflix, el gran ganador del 2018, tanto por la controversia generada en Cannes como por las películas que fue adquiriendo y estrenando. Dejando eso de lado, el filme es una entretenida sátira del mundo cinematográfico, lleno de referencias metanarrativas, que aluden tanto a una época hollywoodense como una forma visionaria de entender el cine como algo que trasciende el presente, en este caso un presente que resulta ser en pretérito y que nos llega casi como si fuera un acto de magia del prestidigitador Welles. La pantalla para él es un lienzo en el que traza una época, nota aparte merece la textura del filme, resulta curioso que en la actualidad resulte más novedoso un filme de hace varias décadas que los miles de películas digitales que se producen actualmente. Esta es la película de Netflix sobre la que los cinéfilos deberían estar hablando y no la pretenciosa y vacía Roma de Cuarón.

Shirkers (Sandi Tan, EE.UU.). Otro filme que Netflix compró para distribuir. En este caso un extraño documental que toma por sorpresa al espectador. Inicia como una especia de anuario fílmico en el que la directora nos narra sus días en Singapur, de donde es originaria; para luego convertirse en un relato detectivesco con tintes paranoides y termina por documentar y tratar de encontrar respuestas sobre un misterioso personaje de sus vidas. Shirkers se refiere a una película que la directora y dos amigas filmaron en su juventud, un ejercicio de rebeldía, con aire punk y que iba a ser la primera película independiente de Singapur. Para realizarla se aliaron con un hombre mayor, que las iba guiando y hacía de director, el problema es que ellas nunca se dieron cuenta del carácter mitómano de este individuo, y así, en el presente recuerdan cómo él se robó las 70 latas de la película que ellas hicieron. No sólo se robó las latas, les arrebató su inocencia, su juventud, sus ideales. A partir de ahí, la directora mantiene un diálogo con sus amistades del pasado, con actitud autocrítica y mientras escarba en la leyenda urbana que se convirtió Shirkers, encuentra respuestas para su presente. Un documental sobre una película, cine dentro del cine, una película como catalizador para la realización de otra, imágenes analógicas que nos transportan al pasado, se mezclan con imágenes digitales del presente. Una joven punk, crítica de cine y ahora cineasta. Shirkers es ver crecer a esta mujer en diferentes etapas, en ese sentido es un comming of age también.

Shoplifters / Manbiki Kazoku (Hirokazu Koreeda, Japón). Por los últimos tres años, la Palma de Oro había recaído en películas muy cuestionables, cuyos méritos se pusieron entre signos de pregunta, sin embargo, el 2018, Cannes hizo reconocimiento de una de las grandes películas del año. El filme de Koreeda adopta al inicio una estructura muy tradicional, con planos más cortos de lo que usualmente el director filma, el montaje tampoco sorprende, la historia se va desarrollando linealmente y aunque atractiva no se siente lo mejor de Koreeda. Pero una mirada mucho más atenta, revela que toda la primera hora ha sido generar un estado de ánimo en el espectador, meterle dentro de esa pequeña casa en la que viven 6 personas que se consideran una familia y que poco a poco se nos va revelando sus verdaderos orígenes. Entonces, es cuando el japonés demuestra porqué es uno de los más grandes. Sin grandes ostentaciones y con la sutileza de un estilista del minimalismo, la película ha cambiado de tono, justo como el joven Shota va cambiando su percepción del mundo. Se dan entonces dos situaciones, dos momentos de gran dramatismo, de mucho suspenso, pero Koreeda las filma con fuera de campo, no quiere caer en la sensiblería barata ni en la miseria visual, el guión se despliega complejo, sutil, mesurado y el director vuelve sobre uno de sus temas preferidos: la familia. ¿Qué hace que unas personas sean familia? Pichon-Rivière desarrolló su teoría del vínculo al analizar a decenas de seres humanos, tanto en ambientes terapéuticos como sociales de convivencia, su teoría sobre la interacción humana es de las más importantes en psicología. El vínculo es lo que da sentido de pertenencia a un ser humano con otro, con su entorno y con los objetos a los que ha otorgado significado. Shoplifters es una película sobre el vínculo, sobre aquel intangible que nos hace sentir que pertenecemos a alguien, que tenemos un origen, un pasado y una emocionalidad que estructura nuestras vidas.

Un clásico. El ladrón de melocotones (Vulo Radev, Bulgaria, 1964). A propósito del centenario del armisticio de la I Guerra Mundial, tuve la dicha de ver este extraordinario filme, de una enorme sensibilidad y sutileza, que transmite un humanismo en el medio de una historia trágica. No es un melodrama en el que los personajes luchan contra el destino y se dejan llevar por sus emociones, aquí, las pasiones son un ejercicio de libertad, para el joven soldado en prisión, es una forma de liberarse de esas barreras físicas; para la joven mujer, es una forma de salir de esa prisión que llama matrimonio. No es fortuito que muchos de sus encuentros se den en un campo de melocotones, la fruta viene a materializar esa hambre que tienen los personajes por trascender, por amar, por tocarse. El ladrón de melocotones, también significa la liberación de su director de un sistema político opresor, tanto por la época en que está ambientada la película como por el momento en que está filmada, es una postura moral ante un sistema restrictivo, por ello, la belleza sublime del filme deviene en un anhelo altruista y la luz tiene un carácter contagioso.

La selección de Olvin Otero

Another Day of Life pone imágenes a las pesadillas del reportero Kapuściński, en este relato brutal sobre la descolonización en Angola

Anualmente todo cinéfilo reflexiona sobre el año que se va y el cine que dejó, con obras que pasarán a ser: experimentos interesantes, desilusiones – si es que había expectativas- y obras destacadas que pasarán al altar personal que cada uno construye o que el mismo tiempo se encargará de ubicar en su lugar. Yo me enfocaré en hacer recuento de las últimas, aunque no dejaré pasar la oportunidad para mencionar también sobre las primeras. Vi la mayoría de cintas en festivales y otra menor cantidad en otras plataformas de difusión que, por fortuna, ahora nos acercan a mucho cine. Una de estas plataformas ofreció a todos el León de Oro del 2018, u otro filme destacado de Cannes. Que, a sus casi 90 años, Jean-Luc Godard y su Le Livre d’image (2018) nos ponga melancólicos con sus mezclas no es raro o que la sencillez de Jafar Panahi redefina la ambivalencia de la ficción o documental como lo hace en 3 Faces (2018) o cómo Olivier Assayas coquetea con Haneke y se pregunte sobre el futuro digital en Doubles vies (2018) o la forma en la Hirokazu Koreeda reflexiona sobre la familia en Shoplifters (2018).

Y así, dejaré de lado los nombres de veteranos del mundo y mis menciones especiales de este año van para el cine de nuestra Latinoamérica, porque hay algunas voces que intentan hacerse escuchar y que quieren contarnos sus historias, aquí algunas de ellas:  Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón, México-Colombia, 2018), La casa lobo (Joaquín Cociña y Cristóbal León, Chile, 2018), Tinta bruta (Filipe Matzembacher y Marcio Reolon, Brasil, 2018), Los Silencios (Beatriz Seigner, Brasil-Colombia-Francia, 2018), Miriam miente (Natalia Cabral y  Oriol Estrada, Republica Dominicana-España, 2018), Tarde para morir joven (Dominga Sotomayor, Chile-Brasil-Argentina-Holanda-Catar, 2018), Pájaros de verano (Ciro Guerra y Cristina Gallego, Colombia-Dinamarca-Francia-México, 2018), Las herederas (Marcelo Martinessi, Paraguay, 2018), Deslembro (Flavia F. Castro, Brasil, 2018).

Los filmes aparecen en orden alfabético:

Another Day of Life (Raúl de la Fuente y Damian Nenow, Polonia-España-Bélgica-Alemania- Hungría). 1975, en los albores de su independencia, Angola se encuentra en guerra, los países del mundo toman posturas, la gente muere, los angoleños definen el sentimiento, en una palabra: confusão (confusión). La pesadilla es narrada en primera persona, por el periodista polaco Ryszard Kapuściński quien cuenta sus memorias en este híbrido entre animación e imagen real con entrevistas y casi una recreación de hechos en un despliegue visual extraordinario y un uso acertado de la técnica, dotando de personalidad única a una película que es narrada de forma ágil. Un mundo de miserias, sueños y esperanzas.

Burning / Buh-ning (Lee Chang-dong, Corea del Sur). Ocho años después de esa hermosa cinta que es Poetry (2010), Lee Chang-Dong ofrece un nuevo relato, uno misterioso que sofoca y navega entre la crítica social para acerarse a terrenos escabrosos en un complejo mundo sin explicaciones, aunque en el ambiente se percibe que algo no está bien. Las inconformidades y sospechas ocultas en el imaginario de un trío de enigmáticos personajes que confluyen en esta brillante cinta con narración críptica, llena de sensaciones de desasosiego, atmosferas etéreas y metáforas.

Cold War/ Zimna wojna (Pawel Pawlikowski, Polonia-Reino Unido-Francia). Una preciosa cinta sobre dos amantes que en el correr del tiempo parecen inmortalizarse entre años de búsquedas. Los colores de Cold War son la música y el trasfondo político que asoma y que con imágenes delicadas cuentan una conmovedora historia de reencuentros.

An Elephant Sitting Still/ Da xiang xi di er zuo (Hu Bo, China). No sobrará el día en que nos lleguemos a preguntar qué cinta podría estar haciendo ahora Malik Bendjelloul (Searching for Sugar Man, 2012), nunca lo sabremos y la interrogante también aplica al caso de Hu Bo que corrió la misma suerte del primero, director que, a juzgar por su ópera prima, prometía mucho. Entre búsquedas de elefantes, esta cinta hurga en lo profundo de la mente y saca a flote los demonios internos de sus personajes, en un entramado social con tintes políticos. Su larga duración -casi 4 horas-  se pasan en un suspiro con un desarrollo formidable y una facilidad para retratar un mundo de pobreza, miseria y donde la moral tiene muchas caras. La desesperanza para muchos, el viaje prometido y una salida atormentada, una pavorosa representación de otra China, es lo que ofrece el célebre testamento de Hu Bo.

Happy as Lazzaro / Lazzaro felice (Alice Rohrwacher, Italia-Suiza-Francia-Alemania). Lazzaro da saltos entre tiempos de mezquindad y abuso. Entre la ternura de la inocencia y la fantasía de anhelos lejanos. Luces de verdades absolutas y aullidos. Rohrwacher contrapone los extremos de sucesos en una historia tan fantástica como magistral, sin transpirar un ápice de pretenciosidad, dando un golpe fuerte a la conciencia, su honestidad duele.  

En The Wild Pear Tree, el discurso del director Nuri Bilge Ceylan cala hondo.

The House That Jack Built (Lars von Trier, Dinamarca-Suecia-Francia-Alemania). El festivo, grotesco e insidioso mundo de un asesino serial, que presenta sus retorcidos pensamientos a modo de confesión. El fracaso se ríe de todos y de sí mismo, entre círculos que buscan reflexionar y edificar con humor, una crónica artística putrefacta, corrosiva, vomitiva, provocadora y con descenso estupendo al infierno mismo.

Muere, Monstruo, Muere (Alejandro Fadel, Argentina-Francia-Chile). El terror en algún lugar del cono sur, un lugar olvidado por el tiempo, es terreno para desvelar un ejercicio meritorio de como el género es capaz de mutar y mezclarse perfectamente, así lo demuestra Fadel con esta trepidante y macabra historia. Los monstruos si existen. Voces misteriosas que gritan sucesos inexplicables, se amalgaman con la extrañez de un incómodo y venenoso humor en esta agobiante cinta. El dilema en su conjunto es por mucho, sofocante y roza de una disfrutable locura.

Nuestro Tiempo (Carlos Reygadas, México-Alemania-Dinamarca-Francia-Suecia). Reygadas sigue experimentando, esta vez los protagonistas son el mismo director y toda su familia (esposa e hijos). La cinta retrata la complejidad de las relaciones y las fracturas que pueden generarse en el tiempo. Una mezcla extraña por la suavidad del trato frente a un tema complejo en un universo con decorados de abundante testosterona. Es un íntimo retrato de una belleza como pocas.

Quién te cantará (Carlos Vermut, España-Francia). Entre espejos, lentejuelas y canciones pop, Vermut, edifica un discurso sobre la identidad y la frustración. La película explora con detalles el mundo de la fama y el fracaso, a través de dos mujeres desdibujadas, llenas de secretos, buscan existir en sus vacías vidas. Un aura de misterio y oscuridad está presente siempre, como si se tratara de un embrujo, donde sus personajes fantasmales juguetean con la violencia humana.

The Wild Pear Tree/ Ahlat Agaci (Nuri Bilge Ceylan, Turquía-Francia-Alemania-Bulgaria-Macedonia-Bosnia-Herzegovina-Suecia). El discurso de Ceylan cala hondo, sus extensos diálogos son confrontaciones incómodas y la representación de la vida trágica de sus personajes, una narración de cocción pausada muy sentida en cada estación, abundan los símbolos y las marcas. La cinta examina el pasado y futuro de su héroe, con metáforas y charlas existencialistas que conducen a unas escenas de enorme belleza.

Un clásico. Torero! (Carlos Velo, México, 1956). Compitió en Venecia por el León de Oro y más tarde lo haría en la categoría de Mejor Documental en los Premios Oscar. Intenso híbrido entre documental y ficción que ahonda en el miedo del torero Luis Procuna, que se replantea el sentido de su vida, sus deseos y decepciones, este no es un reportaje sobre el mundo taurino, es un acercamiento profundo del sentir de un humano que tiene dudas sobre el futuro.

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