Glass: Rompiendo las bases

En el cine, “el autor” utiliza los distintos elementos del lenguaje cinematográfico para explorar sus preocupaciones temáticas y forjar su visión de mundo. Si bien este título suele estar reservado para grandes exponentes del cine arte, la raíz del término más bien nace de la apreciación hacia cineastas dentro del sistema de estudios como Nicholas Ray, Alfred Hitchcock y Howard Hawks. Ellos seguían los lineamientos de un cine estrictamente narrativo, y hasta cierta medida comercial, pero dejaban su sello gracias a la manera en que lo recontextualizaban y mantenían formalmente distintivo.

Siguiendo esta línea, varios directores de “cine popular” han sido reivindicados como autores (véase la potencia técnica de Michael Mann o la maestría estética de John Carpenter) pero probablemente el mejor ejemplo contemporáneo yace en la muy maltratada filmografía de M. Night Shyamalan, quien en Glass muestra la mayor soltura de su carrera.

Desde que fue etiquetado como “el sucesor de Spielberg” luego del éxito de El Sexto Sentido (1999), el cine de Shyamalan estaba destinado a defraudar, y no necesariamente por sus falencias como cineasta (que las tiene, indudablemente), si no por la mala comprensión de su trabajo que implica esta comparación.

A diferencia del “sentido de asombro” que guía los argumentos del director de Jaws (1975), el nacido en India es un narrador austero. Su interés no suele estar necesariamente en la historia que está contando, sino en la forma imaginativa en que puede hacerlo. Es a partir de esto que sus trabajos más destacados toman un gran concepto como la pérdida de fe ante la adversidad (Signs), la histeria colectiva (The Village) o la concepción de identidad (Unbreakable y Split) y lo exploran desde el lenguaje de un cine de género que se basa más en la caracterización que en el incidente. Son historias fantásticas situadas en mundos de realismo y desilusión.

Este es el caso de Glass, largometraje que funciona de secuela tanto para Unbreakable (2000) como para Split (2016). Aquí, el pseudo-superhéroe displicente David Dunn (Bruce Willis) trabaja en una pequeña tienda de seguridad, el genio malvado del Señor Glass (Samuel L. Jackson) se encuentra en estado catatónico dentro de un hospital psiquiátrico y el asesino serial con desorden de personalidad múltiple de Kevin Wendell Crumb (James McAvoy) se esconde en viejos complejos industriales de Philadelphia. En tiempos de un monopolio del blockbuster por parte de los superhéroes, la apropiación de Shyamalan se torna refrescante en su aparente trivialidad argumental.

En vez de trepidantes escenas de acción, la mayor parte del metraje se desarrolla en el claustrofóbico hospital, donde la Dr. Ellie Staple (Sarah Paulson) intenta convencer a la tríada de protagonistas de que sus supuestos poderes no son más que una forma de ilusión de grandeza. Una última esperanza  a la que deciden aferrarse en el contexto de un mundo caótico. Donde el dinamismo si destaca, es más bien en la manera inspirada en que la perspectiva de los personajes se explora desde lo formal.

Los ángulos , el uso de la profundidad de campo y las composiciones de la fotografía de Mike Gioulakis (It Follows) suelen responder a la psicología de quien está en pantalla, mientras que el montaje y los movimientos de cámara juegan intencionalmente para distorsionar el sentido de locación. Para Shyamalan, y en directo contraste con las propuestas usualmente anónimas de Marvel y D.C. , el género de superhéroes es uno primordialmente visual.

Fiel a su tradición como realizador, esta noción es utilizada para voltear la preconcepción del “como se ve” una película inspirada en tiras cómicas. Golpes en el fuera de campo mientras un personaje se moviliza en primer plano, obstrucciones visuales aprovechadas como filtros de distanciamiento y “la pelea climática” grabada desde sus elementos periféricos y no sus protagonistas son solo algunos ejemplos de manerismos que complementan la deconstrucción del género de Glass.

Este tratamiento de la premisa no funciona meramente como muestra del ingenio del autor norteamericano para subvertir expectativas (quien se vanagloria excesivamente cuando hace a sus personajes mencionar cánones y arquetipos de los cómics), sino que tal presunción más bien alimenta el centro conceptual del filme: el triunfo de la esperanza sobre el escepticismo.

A diferencia de hace 19 años cuando salió Unbreakable, el cine de superhéroes hoy es tomado muy en serio. Constantemente vemos intentos de subtextos políticos o diálogos meta-narrativos entre el lanzamiento de una película y su contexto social. En 2019, la teoría del Señor Glass sobre cómo las tiras cómicas son la nueva forma de testamento histórico no denota un delirio, sino que representa a un tipo de espectador. La tesis del largometraje entonces yace en hacer caso omiso de estas nuevas expectativas y escrutinios, y enfocarse en torno al poder que tienen los personajes, tanto en lo concreto como en lo simbólico.

Como suele ser el caso con los arcos narrativos de Shyamalan, la manera de expresar estas ideas y sentires peca del subrayado y el melodrama, pero en su núcleo es una muestra del humanismo rebosante que impera en su cine.

En Glass, no hay distinción real entre “héroes” y “villanos” a la hora de tomar partida. Para el director, todos son personajes rotos que merecen vislumbrar su perspectiva, y en un acto de clara empatía, hace todo lo posible por justificar su deseo de maravillarse. Ese que él mismo busca saciar con su arte, y al que en medio de un panorama estéril y vacío, no teme ponerle rostro a través de su autoría.

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