The Favourite: Juego de apariencias

En su secuencia final, The Favourite contrapone los rostros de dos de las protagonistas con una manada de conejos que rebasan la pantalla. El ambiente sonoro es denso y opresivo, mientras que el montaje apela al hipnotismo y la disonancia. Por si sola, se trata de una conclusión memorable, pero una vez que se disipa el impacto, lo que queda son lecturas rebuscadas y un trasfondo vacío.

Este sentir no es algo nuevo en la filmografía del director griego Yorgos Lanthimos, quien como buen provocador, suele moverse alrededor de la delgada línea entre sensacionalismo y rigor.

Sus poco ortodoxas exploraciones de las relaciones jerarquícas y su ostentoso despliegue visual suelen ir acompañados de una visión de mundo que raya en el nihilismo juvenil. En los casos de Dogtooth (2011) y The Killing of A Sacred Deer (2017), la apropiación del cine de género mantiene una distancia lúdica y necesaria que contextualiza su crueldad. Por su parte, en Alps (2011) y  The Lobster (2014) la riqueza de detalle con la que se construyen los mundos distópicos da profundidad y dinamismo a la miseria de sus personajes. En The Favourite, no por coincidencia el primer filme de Lanthimos sin la colaboración del guionista Efthymis Filippou desde el estéril experimento de Kinetta (2005), no existe tal anclaje para los excesos del realizador.

El argumento se sitúa durante la accidentada monarquía de la Reina Anne (Olivia Colman) a principios del Siglo XVIII. A diferencia de un drama de época convencional, la cinta utiliza el hecho histórico de la Guerra de sucesión contra Francia como mero contexto. Su interés yace más bien en el escabroso triángulo afectivo que surge entre la monarca británica, su asesora en la Duquesa de Marlborough (Rachel Weisz) y la pretendiente venida a menos Abigail Hill (Emma Stone).

Como se ha exaltado desde su estreno en el Festival de Venecia, la fortaleza de la película yace sobre esta tríada de interpretaciones, las cuales mediante avanza el metraje escalan en desenfreno y misantropía.

La caracterización corporal de Colman como una reina afligida y con temperamento de infante sin duda es la más despampanante, pero tanto la  rígida megalómana que construye Weisz como la maquiavélica manipuladora de Stone y el pedante oportunista de Nicholas Hoult como líder de la oposición, son dignas de reconocimiento por la inmersión total que denotan en sus muy dañados personajes.

La opulencia histriónica con la que Lanthimos maneja a sus actores es aprovechada ocasionalmente para secuencias efectivas de comedia negra, pero este mismo tratamiento amplificado se traduce también en su propuesta formal, la que suma poco o nada como complemento narrativo.

En vez de su fotógrafo usual, Thimios Bakatakis, el encargado de encuadrar el filme es Robbie Ryan, aclamado por sus colaboraciones con Andrea Arnold en Fish Tank (2009) y American Honey (2016). Su uso de iluminación natural y movimientos de cámara acechantes alimentan la fascinación de Lanthimos con el cine de Stanley Kubrick, esta vez al remitir a su grandiosa Barry Lyndon (1975), pero a diferencia de ese clásico, muchas de sus decisiones aparentan arbitrarias.

Lo más notable es el uso de lentes gran angulares y fish-eye que distorsionan la perspectiva de las imágenes. El sentir de claustrofobia es notable, pero la artificialidad de los movimientos de cámara y la predominancia del recurso terminan no solo por trivializarlo, sino por convertirlo en un disruptor que compite con la historia.

Lo mismo puede decirse sobre un montaje que, en su afán por generar intriga, olvida dar espacio a desarrollar las caracterizaciones más allá de los incidentes que mueven la trama. El impacto emocional queda entonces mitigado desde un inicio, lo cual no sería problema si la cinta trajera algo más.
Desde su construcción, The Favourite parece apelar a ser considerada como una gran obra. Las actuaciones memorables, el preciosismo estético y  las excentricidades formales de un “autor consolidado” dan la impresión de trascender el material; de cierta distancia crítica con algún propósito superior. Pero la realidad es que tras su portentosa fachada, lo que Lanthimos esconde es el peor tipo de filme convencional: aquel que pretende no serlo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *