Dolor y Gloria: La otredad de Almodóvar

Por María José Madriz

Con la heroína como catalizadora de recuerdos, Dolor y Gloria narra la historia de Salvador Mallo, un protagonista que más allá de ser una literalización de su creador, Pedro Almodóvar, es un personaje que nace de él y se desarrolla a través de un pasado completamente ficticio.

Es en esta autoficción que Almodóvar se capta por primera vez en un retrato que oscila entre lo real y lo onírico. Un retrato que carece de egocentrismos extremos y que, por lo contrario, disecciona a su creador y muestra con resignación como la gloria de su carrera no puede apaciguar los dolores de su cotidianidad. 

En un primer análisis, Dolor y Gloria se puede sentir como una confrontación de Almodóvar a sí mismo y su carrera. Pero, al indagar con mayor profundidad, se identifica un miedo latente a la vejez y una advertencia personal. Salvador Mallo no es un alter-ego de este aclamado director, sino una proyección de sí mismo de la que busca alejarse. 

Durante la película, tal temor siempre es presentado en función del arte, su amante más cruel. Al ser Almodóvar un cineasta que vive por y para su obra, el horror de eventualmente no poder hacer cine, se siente como la más vulnerable de sus confesiones.

La aclamada actuación de Antonio Banderas destaca por sus paralelismos con los manerismos de Almodovar.

El realizador español, desarrolla esta película a partir de tres voces narrativas, cada una con un nivel distinto de sinceridad. La más transparente y personal es su texto Adicción, un guion que es convertido en monólogo teatral durante la película. La segunda es la de Salvador Mallo como narrador protagonista, una voz que oscila entre lo ficticio del personaje y lo real de Almodóvar. La tercera voz narrativa son los «flashbacks» a la niñez de Salvador, una que representa el artificio dentro de este autoretrato. 

Dentro de la filmografía de Almodóvar, Dolor y Gloria destaca por ser de sus películas más complejas. Sin exageraciones ni ostentaciones, esta película se desenvuelve con una sutileza rara vez presente en sus trabajos. 

El cine de este director siempre se ha desarrollado a partir de experiencias personales y su origen, pero es hasta su más reciente largometraje que se permite ser él mismo el protagonista de la historia. Una figura disonante con el resto de los personajes de su obra.

Las composiciones y dirección de arte siguen el estilo característico del cine de Almodovar.

Mientras Salvador es presentado como un retrato apagado, adolorido y cobarde; las protagonistas de este director siempre se han caracterizado por ser poderosas, con autonomía moral, y capacidad para sobrevivir y luchar.  Es desde esta contraposición que se puede sustraer aún más de la historia, dejando ver el sentimiento de otredad que invade a este director. 

Almodóvar, quién fue pionero en la construcción de personajes femeninos, comienza a incursionar en un cine que busca explorar cada vez más las masculinidades, incluyendo la suya propia. Su último filme no es el primer acercamiento de Pedro al cine confesional, sin embargo, sí destaca como su disección más severa de sí mismo. .

En la última escena se ve como cada uno de los «flashbacks» de la infancia que se nos presentaron durante la película eran realmente fragmentos de la cinta que Salvador Mallo estaba filmando, develando su verdadera naturaleza de flashforwards. Es con esta escena que la autoficción se transforma en una metaficción que deja a los espectadores con una última sorpresa que invita a repensar todo lo visto.

Cuando un filme trata de temas tan personales como es el caso de Dolor y Gloria, es fácil imaginar a un cinéfilo apasionado entrar una sala de cine y enfrentarse con recuerdos e indirectas que desdibujan la línea entre realidad y ficción. Sumergiendolo en el universo singular de su director favorito.

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