La Camarista: Luchas Invisibles

Texto originalmente publicado en la web del Costa Rica Festival Internacional de Cine 7.

En el cine se habla de que la mirada es transparente e inequívoca. A diferencia de la estética o la narrativa, este elemento trasciende cualquier fachada. Se trata de la política inherente a los principios de un realizador: desde dónde ve el mundo y hacia dónde quiere centrar nuestro enfoque como espectadores.

A partir de sus segundos iniciales, La camarista, debut de la directora mexicana Lila Avilés, es tajante en tal posicionamiento. La cámara se mantiene estática y con cierta distancia. El artificio es evitado adrede, y a través de un formalismo aséptico se empieza a sumergir en la monotonía de las labores de limpieza que lleva a cabo Eve, la camarista (o mucama), titular que trabaja en un lujoso hotel en la Ciudad de México.

La minimalista narrativa serpentea a través de sus encuentros episódicos con colegas y huéspedes; cada interacción develando más y más los finos hilos que tejen un microcosmos concebido desde la explotación y la desigualdad.

Para Avilés, la condescendencia clasista y el hostil menosprecio no merecen mayor distinción al ser dos caras de una misma moneda, y esta intencionalidad es retratada a la perfección en la estoica y sentida interpretación de Gabriela Cartol. La expresividad de su mirada y la determinación de su corporalidad construyen el desgaste emocional de Eve desde las sutilezas y lo inferido.

A través de la forma en que se relaciona con aquellos a su alrededor, tanto jefes como colegas y pasajeros, quedan establecidas las relaciones de poder con las que debe lidiar día a día y las frustraciones que vienen de la mano.

Gabriela Cartol deslumbra con una actuación donde la emoción se desborda de los pequeños gestos.

Como puede inferirse desde los primeros segundos de su tratamiento, La camarista no es un filme con mucho incidente o grandes momentos dramáticos, pero su centro emocional es palpable gracias a la inspirada propuesta formal. Los encuadres asimétricos e invasivos primeros planos se complementan con un diseño sonoro naturalista para evocar el aura de claustrofobia que vive la protagonista.

Hay aspectos de su vida privada que son sugeridos, pero estos quedan en segundo plano por diseño. Para la sociedad, la existencia de Eve (el personaje y todas aquellas que representa) está reducida a su labor de servicio, por lo que Avilés exalta esta idea al solo enseñarla en ese contexto.

Afín a la propuesta observacional de una directora como Chantal Akerman, la directora diseña la temporalidad no desde una cronología obvia, sino más bien desde la psicología de su protagonista. Las jornadas no han acabado cuando vuelven a empezar y los anhelos y expectativas se difuminan paulatinamente ante el creciente espectro del desencanto. Sólo queda entonces vivir de las pequeñas victorias y esperar que la catarsis llegue algún día como un grito al vacío.

En un mundo donde la representación del trabajo suele definirse desde jerarquías preestablecidas y voces de la otredad, La camarista transgrede al comprometerse con una mirada transparente y horizontal que nos confronta con aquello que sabemos que existe, pero tomamos la decisión de obviar.

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