Voyage of Time: La unidad de la creación

Por Armando Quesada Webb

 

Terrence Malick ha tenido un ritmo de trabajo irregular a través de su carrera. Pasó de hacer tan solo una o dos películas por década, a dirigir cinco filmes en los últimos siete años.

 

Su más reciente etapa se ha caracterizado por el afán de lograr desprenderse cada vez más de una narrativa tradicional y, así, convertir a sus largometrajes en extensas meditaciones líricas, con personajes que deambulan en busca de un objetivo en sus existencias.

 

Este proceso de desprendimiento parece culminar en Voyage of Time (2016), película en la que termina de liberarse de cualquier hilo dramático. El principio del cosmos, el origen de la vida y el lugar en el universo de los seres humanos son algunas de las cuestiones que el cineasta aborda mediante una perspectiva abiertamente teísta.

 

Si bien se trata de una experiencia audiovisual cautivante que muestra la capacidad de su autor para filosofar a través de las imágenes sobre sus preocupaciones metafísicas, el texano no propone ninguna idea nueva dentro de su filmografía, sino que reitera aquello que ya había abordado de forma más eficaz en el pasado.

 

Voyage of Time es básicamente una extensión de la secuencia de la creación del universo en Tree of Life (2011), probablemente su obra maestra. Ambos filmes llevan al espectador por una trayectoria que permite contemplar desde pequeñas vidas terrestres hasta magníficas imágenes de cuerpos celestes. Malick se emula a sí mismo: lava y agua chocando y haciéndose roca, o un dinosaurio devorando a otro, son algunos de los momentos idénticos de las dos obras.

 

La voluntad del cineasta es esbozar la unidad de todo lo existente en el cosmos. El conjunto de imágenes que presenta: lo macroscópico y lo microscópico, lo humano y lo cósmico, absolutamente todo es parte de un mismo diseño divino en el cine de Malick.

 

Mediante una narración en off (otra de sus marcas personales), la sensible y evocadora voz de Cate Blanchett le hace preguntas a la Madre, en este caso otro nombre para el dios cristiano, una figura inseparable del cine de este autor, que responde mostrando la infinidad de su creación.

 

El director de fotografía Paul Atkins (quien reemplaza a Emmanuel Lubezki, colaborador usual de Malick) realiza una labor extraordinaria. Aunque es fácil dejarse llevar por las imágenes astrales, lo más sobrecogedor es cuando acerca su cámara y enfoca los detalles, como un ojo de reptil abriéndose o las manos de una persona. Todo son apenas segundos, ningún momento se extiende demasiado gracias a los cortes rápidos del montaje.

 

Como en toda película de Malick, la música tiene un rol protagónico. Piezas de Bach y Beethoven se entrelazan con temas contemporáneos para llevar de la mano al espectador a través del viaje. En otros momentos, sin embargo, la música desaparece y los vivaces sonidos de la naturaleza toman el primer plano.

 

La película es la reafirmación de fe más explícita en la trayectoria del cineasta. Toda duda queda opacada ante la maravilla de lo divino y se termina aceptando el rol humano como parte de aquel esquema perfecto.

 

Hasta una obra menor de Terrence Malick puede llegar a provocar asombro, pero a pesar de sus virtudes, Voyage of Time queda rezagada en su filmografía como una reiteración de sus propuestas artísticas anteriores. Su virtuosismo y gigantesca ambición no enmascaran el hecho de que el realizador se muestra lejos de su mejor forma.

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