Festival Shnit 2019 | Día 1: Críticas

 

Tithes & Offerings (Tony Koros, Kenia-EE.UU., 2019)

 

Las primeras imágenes nos muestran un culto evangélico, ahí, un pastor blanco enciende a su audiencia con su discurso religioso; un cambio de plano y se nos muestra a un hombre negro quien sigue de cerca el culto en su televisor y ensaya las palabras del pastor. La acción transcurre en Kenia, y el protagonista tiene un servicio religioso para los habitantes de su aldea. Sin embargo, el director pronto va a mostrar que no todo es lo que parece.

 

Con un humor ligero, llevado fácilmente por la interacción de los actores, este corto critica el negocio y las estafas que en nombre de algún dios se realizan; pero también muestra la cadena que lucra con esto y la actitud depredadora con que lo hacen.

 

 

You are overreacting (Karina Paciorkowska, Polonia, 2018)

 

Es usual que el Shnit presente animaciones polacas y se agradece enormemente. Con una escuela y un estilo muy consolidado, la animación polaca suele retratar situaciones sociales polémicas. En este caso, la joven directora llama la atención contra el machismo y sus formas de abusos cotidianas hacia las mujeres.

 

Los escenarios son reconocibles fácilmente, una estación de metro, un autobús, el trabajo, la calle; lugares todos en los que la mujer se ve acosada verbal y psicológicamente por hombres, quienes de manera expansiva las van arrinconando. También se muestran los medios de comunicación, especialmente la televisión y a un personaje en particular: Donald Trump, cuyo discurso misógino se manifiesta en cada actitud que sufre la protagonista o en las frases que en voz en off se escuchan.

 

La animación de trazos ligeros, líneas temblorosas y fondos oscuros, transmite desde una atmósfera claustrofóbica hasta el sentimiento de nerviosismo e inseguridad de la protagonista. La directora tampoco huye de criticar a otras mujeres, quienes bajo el discurso de “se viste como zorra”, reafirman las prácticas sexistas.

 

Skin (Guy Nattiv, EE.UU., 2018)

 

No hubo que esperar mucho para encontrar el primer plato fuerte en el Shnit de este año. Skin, ganador en el festival Clermont-Ferrant y del Óscar a mejor corto de ficción, hizo que el público aplaudiera al final.

 

Una historia sobre violencia y racismo en el seno de la sociedad estadounidense, aquejada constantemente por tiroteos públicos, asesinatos y en especial una sistematizada agresión contra la población afroestadounidense. Tan solo hace pocos días, este clima de violencia cobró una nueva vida: un oficial de policía, blanco, disparó contra Atatiana Jefferson, de 28 años y quien cuidaba a su pequeño sobrino de ocho años, cuando esta se encontraba en su casa y el policía atendía un llamado de rutina.

 

No es de extrañar que un corto sobre esta temática ganara el Óscar; sin embargo, el director no profundiza en las razones sociales por las que se genera e introyecta el racismo, su aproximación es más conductual, lo cual tampoco debería sorprender, puesto que es la ciencia psicológica más difundida en territorio estadounidense junto con la cognitiva. Por ello, la dialéctica causa-efecto es lo que condiciona el accionar de los personajes.

 

Primero se muestra a una familia de personas blancas, con aires de supremacía. Beben, disparan contra latas vacías, entonan canciones racistas y enseñan todo esto al más pequeño, quien se siente acuerpado y no tiene un marco de comparación fuera de este mundo. Luego, una escena de agresión típica, en el que la cámara se abusa de cierto sadismo, algo habitual en este tipo de filmes, y la consiguiente vendetta.

 

Lo mejor del guion es cuando se da la venganza de parte de unos hombres afroestadounidenses, esta no deja de ser un acto agresivo, aunque no de la manera en que el espectador se lo espera. Finalmente, la narrativa que inicia con el hijo de la familia de ideas supremacistas colisiona con la del hijo del hombre afroestadounidense que agreden; el plano y contraplano de ambos niños reflejan sus diferentes realidades, pero, a la vez, lo que comparten: la violencia como forma de resolución de un conflicto. Es la ley del ojo por ojo. Y aquí es donde se siente que el corto no profundiza, el mundo en donde todo esto transcurre es un mero accesorio, cuando en realidad es el contexto social, político y económico lo que crea el germen de esta violencia social.

 

Más allá de eso, las actuaciones son intensas y aportan mucho para crear esa atmósfera de odio y diversión en la que se mueve el corto, junto con una fotografía cálida que deviene en extrañeza y sentimientos de contradicción ante el fondo de la historia. Skin es un buen trabajo que moviliza las emociones del espectador, aunque se queda en la superficie del problema que retrata.

 

Los viejos heraldos (Luis Alejandro Yero, Cuba, 2018)

 

El final del bloque Worldwide 1, trajo un bello documental cubano. Cuarto trabajo del treintañero realizador Luis Alejandro Yero, graduado de la mítica escuela de cine de San Antonio de Los Baños. El filme muestra a una pareja de nonagenarios que viven en el campo, él se la pasa construyendo un horno artesanal, ella entre la cocina y la mecedora. Ambos se distraen con el único canal de televisión que pueden sintonizar, un canal estatal que va anunciando las elecciones presidenciales.

 

El título nos remite a varios conceptos. Un heraldo es un mensajero o aquello que anuncia algo que va a suceder. La primera lectura nos remite a Esperanza y Tatá, los protagonistas, pero para ellos el mundo exterior pasa inadvertidamente, ellos son un microcosmos, sus días pasan entre susurros, miradas cómplices y la tierra, esa de la cual dependen. La segunda lectura nos remite al televisor, conducto que transporta a los personajes y espectadores a La Habana, otra realidad, donde de manera ceremoniosa y aletargada se nos informa sobre temas políticos, que podrían parecer comunes, pero cuando se habla de la primera persona que ocupará el cargo de presidente sin llevar el apellido Castro en más de 50 años, el significado cambia. El mensaje está ahí, un futuro sin la presencia activa de los Castro, aunque en la tradición y la cultura estos están más que presentes, solo basta escuchar el himno nacional y su llamado a la revolución. ¿Qué deparará el futuro? Puede que no quede mucho tiempo para Esperanza y Tatá, y ya ellos no sean testigos de lo que vendrá.

 

A propósito de tiempo, el título habla de “viejos”; por un lado, se podría hacer referencia a la pareja de ancianos, pero también nos mete de lleno en una concepción temporal, si hay algo viejo, es porque existe lo nuevo. En las arrugas de los protagonistas, la cocina de leña, el televisor y en cada resquicio de su hogar, hay una marca de tiempo, un pretérito al que la pareja perteneció, cuando eran jóvenes, cuando la Revolución se logró, cuando La Habana iniciaba con entusiasmo una nueva etapa. Ahora, todo eso llega como un eco del pasado, por un televisor e imágenes a blanco y negro.

 

Para ser justo, la fotografía no es un blanco y negro puro; así como la vida no es tan dicotómica. Presenta una degradación en tonos grises de rica textura, en la que los personajes se funden, se mimetizan junto con la casa o la plantación que les rodea. La fotografía tiene una vocación para suspender el tiempo, de ahí que haya pocos diálogos entre los ancianos y la cámara estática, de manera parsimoniosa nos sirve como ventana a ese mundo de Esperanza y Tatá.

 

Su silencio nos dice mucho, es una forma de resistencia, así como las escenas cotidianas lo son por cuenta propia. Ese contraste entre la verborrea parlamentaria y el mutismo hogareño marca el tono del cortometraje. Por un lado, la idea de un cambio, de aires nuevos; por el otro, una estoica pareja que vive su día a día como lo vienen haciendo por años, tal vez por décadas, y que lo seguirán haciendo sin importar el nombre del gobernante. Puede que para ellos el tiempo se haya detenido, el pasado existe como un recuerdo lejano y el futuro solo sea una forma de desperdiciar el presente. Para ellos está el café, la compañía, el horno, la tierra. Ese futuro que acecha puede estar representado por ese viento que levanta humaredas sobre el horno, en los truenos que causan temor en Esperanzas o en la mente del espectador que se imagina lo que vendrá, el capítulo siguiente.

 

Una escena en particular rompe con el monocroma, un primer plano de Tatá con un ligero color, el tono es opaco, por lo que resulta casi imperceptible, pero sin duda está ahí, el director instaura un momento de color en la historia, en la vida de ese personaje. Su significado es difícil de dilucidar sin caer en el campo de la especulación, Tatá observa el horno, el carbón ardiente; el espectador lo observa a él, hay una dialéctica básica del cine: el mirar algo o a alguien. Mientras se escucha el crepitar del carbón, la cara del protagonista no sufre cambios, la única diferencia es el color, atenuado de la escena. ¿Será el recordarnos que el presente es lo que importa? ¿Que sus vidas todavía tienen un fuego y rehúsan extinguirse?

 

La tensión en el documental no está solo en la concepción temporal y en el valor que le asignemos a las categorías de lo nuevo y lo viejo; sino que hay una tensión entre lo político y lo cotidiano. Lo político como una manifestación pública, pretendidamente transparente, algo que se transmite a toda la nación, un mensaje de lo que vendrá, del cambio.

 

Las acciones cotidianas refuerzan la noción del presente, de la rutina, del cariño que dos personas sienten y que a su edad no necesitan verbalizarlo, ya han desarrollado un código, su propio lenguaje. Lo “nuevo” es bullicioso, como el tono propagandístico de las noticias, como ese himno que recuerda una gesta pretérita; ese cambio que es recibido en un parlamento con algarabía, no merece el menor gesto de júbilo en la pareja, es posible que para ellos no signifique un antes y un después, como lo será para otra generación, una más joven, que piensa, ahí sí, en lo que vendrá, en los heraldos y en lo que el futuro deparará.

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