Festival Shnit 2019 | Día 2: críticas del Made in Costa Rica 1

La primera función de la competencia nacional “Made in Costa Rica”, del Festival Shnit 2019, presentó trabajos diversos, aunque las propuestas de una nueva generación de realizadores se percibe más heterogénea; en contraste, otros trabajos apuestan por el estilo intimista o la experimentación.

 

Velada (Javier Guerrero, 2019)

 

Desde hace unos dos o tres años están surgiendo propuestas cinematográficas de estudiantes que se distancian de lo que suelen filmar la generación actual que más produce cine, ni qué decir con aquellos cineastas de más edad y mayor trayectoria.

 

A diferencia de los dramas de corte independiente o tintes intimistas, estos realizadores en ciernes están entrando de lleno en el campo del cine de género, tan poco explorado en nuestro país.

 

En este caso, el cortometraje Velada resultó una grata sorpresa. De primera entrada parece una historia romántica (o de desamor) entre Alicia, la protagonista, y la chica que le gusta; sin embargo, el escenario de una montaña, abundantes árboles y la idea de acampar sola de noche, se prestan para un filme de horror. Así, poco a poco lo extraño se va apoderando de la narrativa y el director empieza a sugerir con una presencia que observa a esa chica.

 

La trama juega con los miedos, preocupaciones y deseos internos de Alicia. Le manda un mensaje de voz a su expareja, habla con su madre, pero tiene varias ensoñaciones, en las que la fotografía y la colorización cambian, de esta manera se crea la duda de lo que pasa con la protagonista.

 

Como filme de horror, se van dando una serie de convenciones típicas: cámara desencadenada, cortes abruptos, planos subjetivos, entre otros. Esto no es falta de imaginación, sino el usar las reglas del género para crear la atmósfera. Otros planos resultan sugerentes y evocadores, como las tomas de los árboles moviéndose por el viento, imposible no pensar en Twin Peaks en estos momentos. No obstante, la música no funciona del todo y se vuelve monótona y predecible; asimismo, el uso de una muñeca como elemento distorsionador en el relato se siente forzado; en el cine de horror lo que no se ve, lo sugerido, funciona mejor a lo que se muestra explícitamente (esto entraría más en otros subgéneros, como el slasher o el gore, donde el atractivo recae en observar imágenes chocantes).

 

Por otra parte, la idea de un personaje sexualmente activo entra en sintonía con un tipo de filmes de terror, en los que los jóvenes son castigados por sus deseos sexuales: las sagas de Viernes 13 y Pesadilla en Elm Street se caracterizan por esto. La sanción viene en forma de un ser monstruoso que les va matando; en el caso de Velada, no hay tal ser, solo Alicia, sus frustraciones y esa presencia que la observa y le toma fotos inquietantes.

 

El final pudo ser más elaborado, en términos formales, aunque esto no desmejora el cortometraje y nos queda esperar más trabajos de este joven equipo creativo.

 

 

Eldritch Nihilist (Gabriel Jara Brenes, Eduardo Narváez Marín, Carlos Mora Fallas, 2019)

 

El trabajo de este trío de directores se diferencia de los cortos que usualmente entregan los estudiantes de la Veritas, los cuales se sienten más como un ejercicio de técnica de animación, en vez de un filme en sí mismo.

 

Al igual que el cortometraje antes mencionado, Eldritch Nihilist es una obra de género. En apariencia un drama ubicado en el espacio, pero pronto se encamina al terreno del horror, en específico al terror cósmico, ese género iniciado por Lovecraft y que tiene miles de seguidores.

 

Así, la historia de una misión espacial de rutina, en el que un astronauta debe hacer unas reparaciones en una estación espacial, va girando hacia una manifestación abstracta del horror. Destaca el uso de efectos que semejan una “interferencia” analógica: rayas y sonidos que impiden la visualización, junto con un cambio de color en ciertas secuencias. El uso del rojo remite directamente a 2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en especial la escena cuando HAL 9000, la inteligencia artificial de la nave, quiere eliminar a Dave.

 

Entre lo más destacable del cortometraje, está su imaginación para crear escenarios sugerentes, laberínticos. El desconcierto del protagonista se traslada al espectador, mientras las imágenes se suceden, unas más creativas que otras, para culminar en unos seres espaciales que bien pueden vivir en el universo cósmico lovecraftiano.

 

Nota: En la publicidad del Shnit, se describía el corto como un trabajo en 3D, sin embargo, se proyectó en su versión 2D.

 

 

Frondio (Jorge Mario Zuleta, 2019)

 

La edición de este año del Shnit tomó el riesgo de presentar este cortometraje en competencia. El riesgo se debe a que se trata de un trabajo no narrativo. Estos audiovisuales por lo general no tienen cabida en la programación de los festivales en Costa Rica, por lo que refuerza la idea del Shnit como un espacio más alternativo. En el 2017 se presentaron en la sección Sabor Local, los cortos Luxes (Diego Juárez) y M3tamorphosis (Clair Sénac).

 

Frondio es un adjetivo para referirse a algo de mal gusto, algo feo. Desde el título queda clara la intención del director de incomodar al espectador, esto lo traduce en una serie de imágenes que funcionan como secuencias, la música llega a aturdir rápidamente, lo cual es intencional. Sin embargo, se queda débil en su provocación.

 

Las imágenes de corazones, reales y animados, se alternan con otras más abstractas; luego, aparece una mujer desnuda, una cabeza y así, no hay una conexión lógica entre unas y otras, sino que sirven para movilizar al espectador, causa y reacción. Algunas situaciones remiten a las hormigas buñuelescas, pero sin el contenido subversivo del aragonés. No hay más. Es improbable que el cortometraje gane la competencia, pero sería interesante realizar una curaduría de este tipo de audiovisuales y presentarlos en otro espacio, un museo de arte contemporáneo, por ejemplo.

 

 

Momento bien (Alejandro Bonilla Rojas, 2019)

 

Entre los animadores costarricenses, el trabajo de Alejandro es de los más fáciles de identificar, eso habla de un estilo que viene desarrollando, con trazos gráciles y un tono ligero que transmite al espectador mediante un lenguaje cotidiano y situaciones llenas de humor.

 

Al igual que en el corto anterior (Chaves en la foto, 2017), el director usa la voz en off de un narrador para ir creando viñetas que describen las situaciones descriptas. Las transiciones fluidas y el uso de una paleta de colores sencilla, acompañan de manera eficaz al relato. El dibujo tiene su propia originalidad y se convierte en interlocutor del narrador, la oralidad del segundo se conjunta con las viñetas de Bonilla para crear un metalenguaje.

 

 

Estelas (Milena Salazar, 2019)

 

El cortometraje ganador de la última edición del Costa Rica Festival Internacional de Cine es la historia de dos ancianos, quienes se pasan los días sentados en el balcón de su casa, observando aviones, hablando del pasado; sus recuerdos se mezclan con fotografías y el olvido.

 

Un documental con una fotografía que busca ser naturalista, sin mayores efectos ni luz artificial, para así dar el protagonismo a la pareja de adultos mayores. El problema es que da la impresión de ser un video casero, con situaciones y anécdotas que se repiten.

 

Cuando la directora muestra videos de archivo, filmados por uno de los personajes, o el álbum de fotografías, lo hace de la misma forma con la que retrata a la pareja. No aprovecha la yuxtaposición entre la imagen fotográfica de la digital; ni en el transcurso del tiempo atestiguado en la diferencia de calidad entre el video casero del pasado y el filme actual.

 

En otro momento, las intervenciones de la directora se sienten torpes, algún comentario al aire que le hace a algún personaje o una mano furtiva para arreglar algo en la mesa, desentona con el realismo que pretende buscar, así, por más que la realizadora se encuentre fuera de campo, su presencia distrae y provoca que el espectador se cuestione sobre la veracidad de lo mostrado, es decir, las situaciones por momentos se sienten coreografiadas, como si las instrucciones de la directora le quitaran naturalidad a los personajes.

 

Otro problema es la falta de imaginación y lo reiterativo que resulta todo; por un lado, los personajes hablan sobre un tema y luego la cámara vuelve sobre lo mismo, pero sin aportar nada.

 

Estelas no es un reportaje, pero tampoco aprovecha las nuevas formas del cine documental, se queda en el medio, no pasa del retrato de personas, no profundiza ni genera alguna tensión dramática, la cámara no tiene vida, es solo un objeto para filmar a dos personas en sus actos cotidianos.

 

Lucía en el limbo (Valentina Maurel, Costa Rica-Bélgica-Francia, 2019)

 

El cine de la realizadora Valentina Maurel resulta de lo más propositivo e interesante en el panorama costarricense. Tanto su corto anterior, Paul está aquí (2017) como Lucía en el limbo han participado en el Festival de Cannes, entre muchos otros y presentan un estilo reconocible y auguran un gran futuro para ella.

 

En este nuevo trabajo, la directora vuelve a contar la historia de una mujer, en este caso una adolescente de 16 años, quien se encuentra en un limbo emocional que la empuja a desear tener su primera relación sexual. Lo primero que sobresale del relato es la decisión de Maurel de esquivar lugares comunes en cuanto al tratamiento de la imagen, por ello, no teme ser crítica con ese lugar que la sociedad patriarcal ha llamado “belleza femenina”, un constructo que en el fondo es una forma de control y dominación. Más que ver el cuerpo de la protagonista, vemos fragmentos de este, en ocasiones recostada sobre un extremo del encuadre y casi siempre en planos cerrados que expresan esa falta de libertad que percibe. Ese ideal de belleza también lo deconstruye cuando la muestra con piojos o cuando se encuentra con un hombre en el baño de una cantina. En otra escena, ella y una amiga hablan de cómo una compañera de colegio se “rompió” el himen con el mango de un cepillo.

 

También hay una idea de subversión, lejos del ideal romántico de la “primera vez”, Lucía solo quiere salir de eso, lo habla con sus amigas, no esconde su deseo ni su curiosidad, tampoco su desconocimiento. En esta búsqueda de un coito, se va descubriendo a sí misma, el cortometraje transita por el denominado “coming of age”, en el que la protagonista se va percibiendo lejos de la imagen de niña o adolescente obediente. El trabajo de la actriz Ana Camila Arenas, es sobresaliente en transmitir ese estado de incertidumbre y búsqueda de sí misma, sea con su postura corporal o con su rostro, cuando la filman en primeros planos.

 

La cámara también retrata con sutileza diferentes escenarios de acoso, el más chocante, cuando un hombre le acerca su entrepierna en un bus. Es el mismo hombre que luego ella persigue para salir de ese ritual social de la primera relación sexual. Esta idea recuerda el filme La niña santa (Lucrecia Martel, 2004) y un poco también a À ma soeur! (Catherine Breillat, 2001); la primera porque la protagonista también sigue a su acosador, la segunda en tanto hay una subversión de los roles sexuales entre las hermanas, mientras una sigue el presupuesto patriarcal, la otra desea ser violada y desconocer a su agresor, porque así puede continuar con su vida sin el peso ni la ansiedad que implica esa primera relación sexual. En ambos casos, al igual que en el corto de Maurel, las jóvenes dejan el lugar pasivo al que las condena el patriarcado y exploran sus deseos de forma manifiesta.

 

Los personajes masculinos son sombras de un concepto: la fragilidad del hombre. Tanto el joven compañero de clase de Lucía, como el acosador, no son capaces de intimar con ella, le rehúyen. Esto también se observa en la protagonista de Medea (Alexandra Latishev, 2017), película donde Maurel fue asistente de producción.

 

Resulta interesante el espacio del baño de la casa, un escenario que se repiten en otros trabajos de directoras costarricenses: Irene (2014) y Medea de Alexandra Latishev; Peces (2007) y Agua fría de mar (2010) de Paz Fábrega. En todos los casos, hay personajes femeninos que se encierran en un baño, único resquicio de privacidad que tienen en sus hogares y punto de conflicto con algún personaje (por lo general la madre) que les invade y marca la diferencia generacional.

 

El cine de Maurel va en sintonía con el que vienen realizando varias directoras y productoras costarricenses, es, además, el de mayor exposición internacional y el más rico en ideas. También elogiar el esfuerzo de la distribuidora y productora Pacífica Grey, por creer en estos proyectos.

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