Festival Shnit 2019 | Día 3 y 4: críticas de la competencia interncional

Algunos de los cortos presentados entre los días 3 y 4 que resaltaron por su originalidad y su buena producción:

 

Sexxy dancer (Jessica Makinson, EE.UU., 2018)

 

Con una premisa sencilla, la directora filma un corto divertido, distendido y que saca las risas. Dos mujeres conversan una tarde cualquiera, una de ellas no la está pasando bien. La escena no pasaría a más de no ser por un hombre que está bailando en un pantalón amarillo y sin camisa. Es un sexxy dancer, algún tipo de asistente que acompaña en todo momento sin dejar de bailar.

 

Una amiga le presta al mencionado bailarín a la otra y entonces el corto va desplegando una serie de escenas, bastantes ocurrentes y entretenidas.

 

Un buen corto para distraerse y relajarse.

 

 

F for Freaks (Sabine Ehrl, Alemania, 2019)

 

En su segundo cortometraje, la directora Sabine Ehrl crea una distopía en la que una mujer mayor quien se encuentra enferma y visiblemente tiene problemas para respirar es llevado por un grupo de individuos a cazar al bosque…

 

Lo mejor del corto es su lograda ambientación y dirección de arte, en todo momento crean una sensación de extrañeza que mantiene al espectador en vilo. No se revela mayor detalle de lo que sucede, la cámara sigue de cerca a la protagonista quien se encuentra igual de desorientada que el espectador. Poco a poco la cacería se va volviendo más cruel, hasta que obtienen lo que andaban buscando…

 

La edición que favorece el tiempo fragmentado ayuda a establecer la enrarecida atmósfera del cortometraje y las buenas actuaciones hacen de esta distopía una obra estimulante.

 

 

Driving lessons (Marzieh Riahi, Irán, 2019)

 

Uno de los trabajos más multipremiados que se pudo observar en el Shnit, fue el corto iraní Driving lessons de Marzieh Riahi.

 

Un breve texto comunica al inicio que, según la ley iraní, una mujer no puede asistir a clases de manejo sin la compañía de un hombre de la familia. Esta introducción hace que el corto camine entre la ficción y la realidad, una decisión estética tan habitual en el cine iraní.

 

Similar al filme Taxi Teherán (Jafar Panahi, 2015), la cámara no abandona nunca el auto en el que transcurren las lecciones, junto a sus tres protagonistas, el espectador es un testigo de cada situación. La lucha de egos entre los dos hombres, el esposo y el instructor, va en alzada conforme van pasando los días; la buena edición va realizando elipsis dando a entender el paso del tiempo.

 

Lo absurdo de la situación se refleja cuando el esposo necesita realizar otras tareas, pero no puede permitirle a su esposa estar sola con el instructor; por su parte, este comienza a ser buscado por una mujer quien le reclama sobre su vida sentimental.

 

Mientras todo esto transcurre, la mujer sentada al volante nunca habla, ella es víctima y testigo, sus ojos inquietos transmiten al espectador su frustración. Cansada de tanto absurdo, toma una decisión y su sonrisa denota un pequeño triunfo.

 

 

Ashmina (Dekel Berenson, Nepal-Reino Unido, 2018)

 

Con casi 40 festivales a cuestas, entre los que destacan la Berlinale, Londres, Jerusalén y Busan; Ashmina tiene la virtud de partir de una historia particular, para describir una situación social mucho más compleja.

 

En las montañas de Nepal, Ashmina, una niña lugareña trabaja recolectando propinas entre las decenas de turistas que se citan para disfrutar de parapente, deporte que consiste en planear con un paracaídas desde alguna altura, en este caso desde una montaña. Todo el cortometraje se aprecia desde su punto de vista, así, se pasa del sitio turístico a su casa y en ambos escenarios se siente que abusan de ella.

 

Por un lado, no puede estudiar ya que su familia es de escasos recursos, pero tampoco puede disponer del dinero que gana trabajando, este tiene que ser para la familia. El drama social es más complicado, de las razones familiares o sociales que se muestran y producen estas situaciones.

 

El filme también permite apreciar el turismo como un acto que termina por alienar a quienes viven en estos territorios exóticos, cuando son vistos con superioridad o desdén: varios turistas exhortan a otro a no darle tanto dinero a Ashmina porque eso “los hace quedar mal”.

 

Con 14 años, la joven se siente lo suficientemente mayor como para comprarse cosas, tener una mesada y ser más independiente. Esto lo muestra el director con una inocente escapada en la que la muchacha recorre la ciudad, su vida de trabajo contrasta con la fiesta que observa en los bares. Resulta atractiva la idea de la vida encerrada que tiene la protagonista, en contraste con los planos abiertos y la planicie donde aterrizan los parapentes.

 

La actriz Dikshya Karki-in realiza un muy buen trabajo, su caminar y mirada reflejan más las de una mujer joven que la de una niña o adolescente, su tez está marcada por las jornadas laborales, en ella hay poco de la ingenuidad infantil, acaso un helado furtivo le saca una sonrisa, se siente mayor, hasta que es castigada por ello; enfundada en su chaqueta negra, recorre el campo con paso firme, trabaja de manera eficiente, pero en sus ojos hay algo de insatisfacción; lo poco que ha visto es suficiente para que tome decisiones que trascenderán, una en particular es el epitafio a su niñez.

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