Parásitos: sobrevivir a costa de los demás

El cine coreano dejó de ser una novedad hace varios años, con una ley de cine que transformó la escasa producción en los ochenta a ser una de las cinematografías más vanguardistas. Desde series televisivas que se consumen a través de Netflix, hasta filmes ganadores de la Palma de Oro en Cannes, como es el caso de Parásitos, último largometraje del gran realizador Joon-ho Bong.

 

Bong tuvo su salto internacional a la fama con Crónica de un asesino en serie (2003), una electrizante película llena de giros. Su carrera siguió con filmes diversos en los que mezclaba géneros: en El huésped (2006) mezclaba el horror con la ciencia ficción, en Madre (2009) volvía al thriller; después recaía en Hollywood para filmar la acción distópica Snowpiercer (2013) y fue parte de la polémica entre Cannes y Netflix con el drama fantástico Okja (2017).

 

En Parásitos se decanta por el humor negro, una corrosiva comedia con elementos de suspenso que penetra en los poros de un país, a través de una fina disección de la diferencia de clases y la premisa básica de una familia dispuesta a lo que sea con tal de sobrevivir. Para este nuevo filme, cuenta con actores con los que ya ha trabajado, principalmente los veteranos Kang-ho Song (Memorias de un asesino en serie, El huésped, Snowpiercer) y Jeong-eun Lee (Madre, Okja); así como el joven Woo-sik Choi, con quien trabajó previamente en Okja.

 

Si en el 2018, el jurado de Cannes premiaba el drama familiar Un asunto de familia (Hirokazu Koreeda), este año premiaron de nuevo un filme en el que se expone a un grupo familiar que vive de manera precaria y sobrevive traspasando los límites de lo legal.

 

En la yuxtaposición de dos grupos familiares, los Park y los Kim, el director juega a crear una sátira de la dinámica social de lucha de clases, desigualdades y falsedades. El hijo mayor de los Park, Gi Woo, obtiene un empleo como profesor de inglés para la hija adolescente de una familia adinerada. Tras Woo, su hermana finge ser terapista de arte y es contratada, pocas semanas después, el padre y madre de Woo reemplazarán al chofer y la criada, respectivamente.

 

El uso del espacio arquitectónico es vital para comprender las dinámicas de las dos familias. Los Park viven en un barrio pobre, su casa de estrechos pasillos y abigarrada de objetos, dificulta la simple convivencia, su piso literalmente se encuentra debajo del nivel del suelo y mantienen la ventana abierta para que les entre aire, pero es punto de conflicto cuando algún borracho quiere orinar al frente; en otra escena, pasan fumigando y el gas entra a la casa. En un momento que llueve fuertemente, todo el barrio sufre de inundaciones, las aguas negras fluyen y los Park ven sus pertenencias flotar o hundirse.

 

Por su lado, los Kim viven en una suntuosa mansión, un laberinto de pasillos, habitaciones y recovecos, con un patio enorme y una pared de vidrio que permite ver el interior de la sala con facilidad. Su barrio de lujo está monitorizado por cámaras, aun así, esto no impide que los Park les engañen y empiecen a trabajar para los Kim. La ingenuidad de los Kim roza en el absurdo, su posición displicente esconde un macabro clasismo.

 

El mundo que habitan los personajes es el de la falsificación, el engaño es un arte y una forma legítima para subsistir. Los Park no tienen la culpa de que los Kim sean fáciles de engañar, tampoco las tareas son las más difíciles, con excepción de la que desempeña la hija menor quien finge dar terapia al niño de los Kim. Sin embargo, aun cuando cada uno tiene un trabajo y una buena paga, los Park no se cambian de casa, no se sabe qué hacen con el dinero.

 

El filme no es una reivindicación de la lucha de clases, eso sería muy simple; el humor da paso al suspenso mediante un giro ingenioso, en el proceso se revelan unas capas más profundas de esa estructura social, de la marginalización, siempre es posible escarbar y encontrar algún parásito, aun cuando los agentes inmobiliarios se las ingenien para camuflar lo que yace podrido en el subsuelo.

 

El director se decanta por dos vías narrativas, el conflicto de los Park con otros inquilinos, una competencia no deseada, pero que evidencia el juego cruel de la sobrevivencia en un mundo que crea una desigualdad de la riqueza y; por otro lado, la cada vez más difícil situación de los Park, para aparentar y mantener engañados a los Kim.

 

En Parásitos, la moral se acomoda a la situación, hay momentos de genuina amistad, incluso de respeto, no obstante, hay cabida para que alguien se asombre más por la calidad y elegancia de una tarjeta de presentación, que por una persona en una situación de vida y muerte. La frialdad de los Kim, incluso entre ellos mismos, véase la insípida escena de sexo que tiene el matrimonio, o la idea de atender a los hijos solo en función de mejorar su rendimiento. Esto contrasta con la actitud entre los Park, quienes, a su modo, se muestran afecto. Situación que se evidencia especialmente en la secuencia más violenta del filme, aunque el director la dota de un humor cruel (se trata de una fiesta de cumpleaños para el hijo menor de los Kim); entre el caos y los gritos, los dos jefes de familia actúan muy distinto ante el peligro.

 

Para los Kim, los empleados tienen un fin utilitario, se les paga generosamente para que siempre estén ahí, cumplan las demandas, sin importar el tipo y el momento en que se hagan; se guían por las apariencias, así, contratan a alguien según tengan una recomendación, poco importa lo demás. Por su parte, los Park manifiestan cariño genuino entre sí. Las dos casas están llenas de objetos, pero, mientras la de los Kim es aséptica, su pulcritud la vuelve impersonal, la amplitud los separa; la de los Park está cargada de recuerdos, de momentos compartidos.

 

El frenesí de la segunda parte es contenido por la rigurosidad con la que está filmada, cada encuadre bien planificado, así, entre más sinuosa y complicada se vuelve la historia, merced a su voluntad para crear suspenso, la cámara se mantiene ecuánime, con planos objetivos y una fotografía que ensalza el caos al mostrarlo con una belleza desconcertante.

 

El epílogo, como tantas otras películas coreanas, es un poco excesivo, la finalidad explicativa le suma minutos al metraje, aunque el director no desatiende el ritmo.

 

 

País: Corea del Sur. Año: 2019. Título original: Gisaengchung. Director: Joon-ho Bong. Guion: Dae-hwan Kim, Joon-ho Bong, Jin Won Han (Manga: Hitoshi Iwaaki. Cómic: Hitoshi Iwaaki). Productora: Barunson / CJ Entertainment / Frontier Works Comic / CJ E&M Film Financing & Investment Entertainment & Comics. Montaje: Jinmo Yang. Fotografía: Kyung-Pyo Hong. Música: Jaeil Jung. Duración: 132 minutos. Intérpretes: Song Kang-ho, Lee Seon-gyun, Jang Hye-jin, Cho Yeo-jeong, Choi Woo-sik, Park So-dam, Yeo-Jeong Cho.

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