The Irishman: El final de la violencia

No hay que indagar demasiado en el dormitorio de cualquier cinéfilo incipiente para encontrar un poster de Taxi Driver (1976),  una copia en DVD de GoodFellas (1990), o quizás, en términos más contemporáneos, alguna cita de The Wolf of Wall Street (2013) como biografía en su red social predilecta. Ante los ojos impresionables y llenos de entusiasmo de un joven dando sus primeros pasos en los laberintos del cine de autor, la vertiente mafiosa de la filmografía de Martin Scorsese ofrece un verdadero festín para los sentidos. Se trata de cintas que con sus suntuosos planos secuencia, diálogos rebosantes en profanidad, pegajosa música pop, y violencia explícita, recrean el mundo hiper-masculinizado y los excesos hedonistas que moldean a sus carismáticos anti-heroes. Son retratos moralmente ambiguos que ponen en primer plano la delgada línea entre corrompimiento y ambición, usualmente instigando al espectador a reflexionar sobre sus propias tendencias aspiracionales. 

Naturalmente, tal exigencia hacia el público también lleva a malinterpretaciones. Sean críticas de su obra como una glorificación de los escabrosos protagonistas que disecciona, o imitaciones superficiales e irresponsables de su estilo (que ocasionalmente engañan a jurados internacionales), existe un espectro incómodo que sigue al icónico cineasta italo-estadounidense desde que se dio a conocer con Mean Streets (1973); una exaltación  de su culpa católica que lo confronta con las inseguridades que nacen de un legado complicado. Tal introspección se hacía presente en su injustamente poco vista pero superlativa Silence (2016), donde la crisis de fe se traduce desde la parsimonia y énfasis en el espacio del cine japonés clásico. De cierta forma su más reciente largometraje, The Irishman (2019), continua esta inclinación y la filtra por la gramática criminal que tanto éxito le ha deparado en su carrera. 

Basado en la novela de no-ficción I Heard You Paint Houses: Frank «The Irishman» Sheeran and Closing the Case on Jimmy Hoffa (2004), el filme continúa la tradición de Scorsese de tomar prestados sus arcos trágicos de hitos reales engranados en la historia estadounidense, en este caso la vida de un criminal de poca monta que durante casi 50 años estuvo ligado a varias de las figuras más ariscas y a los complots más intrincados de la segunda mitad del siglo XX. Puede sonar como terreno ya tratado por el septuagenario realizador, sin embargo, la osadía del filme yace en subvertir justo esa preconcepción. 

Tan solo leer los nombres de Robert De Niro, Joe Pesci (con quienes colaboró en GoodFellas y Casino) y Al Pacino en el reparto evocan la imagen particular sobre un tipo de filme que se podría esperar del director de The Departed (2007): una reminiscencia de los años mozos. No obstante, al considerar el creciente fatalismo de sus últimos trabajos, no hay sorpresa al caer en cuenta que Scorsese no tiene intención alguna de rendir homenajes y celebraciones; por el contrario, su vigésima quinta película se sumerge de lleno en las aguas ominosas del paso del tiempo. 

Esta última idea queda plasmada desde los primeros segundos del largometraje de 209 minutos de duración, cuando el steadycam se mueve sigilosamente por un cuarto estéril hasta encontrar a un demacrado Frank Sheeran (De Niro), que relata su historia de vida directamente a la cámara. Atrás quedaron las cenas glamorosas en el Copacabana, reemplazadas por el inminente aura elegíaco de un asilo de ancianos, contrastes que se vuelven constante durante el desarrollo del filme. A su vez, la clásica estructura de “auge y caída del sueño americano” reemplaza el tono lúdico y pop de las cintas más aclamadas del galardonado director por un gravoso pesar melancólico que deja ver como su vejez se entrelaza tanto en el texto de The Irishman como en su forma. 

Desde ejecuciones en la Segunda Guerra Mundial, pasando por roces con las políticas de John F. Kennedy, la veracidad del recuento de los hechos en los que se basa el filme puede quedar en entredicho, pero una vez que son relatados con la convicción y austeridad con la que lo hace el Sheeran interpretado por De Niro, la inmersión en el universo de la película es absoluta. No importa si la muy comentada tecnología de rejuvenecimiento digital no es inmaculada, ya que sus erráticos resultados van de la mano con la naturaleza de las memorias; intentos de remembranza de momentos pasados marcados por la devastadora realización de que ni siquiera en nuestra mente se pueden recrear de la misma manera; Scorsese subrayando que inclusive en lo meta-texual el Pesci de Casino, el De Niro de Mean Streets y el Pacino de Scarface (De Palma, 1983) no existen más, y nunca van a volver a hacerlo. 

Esta idea de poner la muerte en primer plano se extiende también a uno de los elementos estilísticos más llamativos de la cinta, cuando la introducción de cada uno de los personajes secundarios viene acompañada de un freeze-frame con su fecha y motivo de perecimiento, la gran mayoría siendo víctimas de ajusticiamientos sanguinarios. Este mismo recurso también fue utilizado en el buen filme italiano Il Traditore (2019) de Marco Bellocchio, y de la misma manera sirve como un recordatorio no solo del inminente destino de todo aquel asociado a estas jerarquías al margen de la ley, sino también de lo incrustada que está la mafia en el modus operandi de las culturas occidentales. 

En su mejor actuación en décadas, De Niro hace palpable el tumulto interno de alguien que toda su vida ha sido visto exclusivamente como una máquina para matar.

El escrutinio de The Irishman en las viñetas de Sheeran es minucioso y serpenteante. De situación a situación se transiciona con una dinámica lógica de causa y efecto que siempre termina con disparos por la espalda y un arma en el fondo del río. La displicencia del gatillero titular hacia sus actos asemejando la futilidad con la que un héroe kafkiano se rinde ante aquello que va más allá de su comprensión. La única figura tradicionalmente scorsesiana es el extravagante y ruidoso líder sindical Jimmy Hoffa (Pacino), quien sin lugar a duda habría sido el protagonista de la historia si el filme fuera adaptado por el director en su etapa de los noventa. En esta megaproducción de 150 millones de dólares, su personaje irónicamente es visto con un filtro de distancia; como una figura trágica cuya misma hambre de poder y terquedad que lo llevan a la cima del mundo terminan por ser su perdición. Mientras tanto, Sheeran solo observa pasivamente, siendo consumido y olvidado por la misma narrativa que él mismo hilvana. 

Es este momento, justo a la mitad de su segunda hora, donde el filme empieza a vislumbrar su dialéctica. Luego de toda una vida de violencia reacia y sin gratificación, vista en pantalla como una sinfonía de los grandes éxitos de Scorsese, Frank empieza a ser carcomido por la gravedad de sus acciones. El ritmo se apacigua y los tiempos en la maravillosa edición de Thelma Schoonmaker se extienden paulatinamente, marchando de manera fúnebre hasta un paraje desolado. El paralelo entre el mafioso internamente afligido por todos a quienes alienó, y el artista en el ocaso de su carrera, se acrecienta al ambos tener una búsqueda en común: abrazar el abismo según sus propios términos. 

En el caso de Sheeran, esto no tiene que ver con arrepentimientos o martirios, sino con por una vez en su vida tener el control de sus propias decisiones. En cuanto a Scorsese, parece ser una transición hacia formas más obtusas y genuinas a su visión de mundo, donde el punto de quiebre está tan difuso y en segundo plano que no queda vestigio alguno del glamour o la banalidad, sólo sus inescapables consecuencias. Ambos aferrados a la idea de que es el final de la vida la que realmente determina las verdades de sus inicios, y tomándola  como única brújula ante la aterradora e incierta oscuridad que ven en frente.

País: Estados Unidos. Año: 2019. Director: Martin Scorsese. Guion: Steve Zaillian. Productora: TriBeCa Productions, Sikelia Productions, Winkler Films. Montaje: Thelma Schoonmaker. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Robbie Robertson. Duración: 209 minutos. Intérpretes:  Robert DeNiro, Al Pacino, Joe Pesci, Ray Romano, Bobby Canavale, Anna Paquin, Stephen Graham, Jesse Plemons, Harvey Keitel.

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