Filmes destacados del 2019

En las últimas semanas Krinégrafo ha estado muy activo y en particular en el tema de las listas, la coincidencia del final de un año y el final de una década, fue razón suficiente para retomar el ejercicio cinéfilo de (re)pensar el cine y la relación subjetiva que despierta en uno. 

Versión en Letterboxd aquí. 

La selección de Alonso Aguilar

¿Es la etapa tardía de Terrence Malick incomprendida?

El mero número de cineastas propositivos que contaron con estrenos en 2019 se torna un hecho notable. Desde la autoría mainstream de Tarantino, Scorsese, Almodovar  y Bong Joon-ho,  pasando por consolidados nombres del circuito de festivales como Corneliu Porumboiu, Bertrand Bonello y Céline Sciamma, hasta efervescentes voces jóvenes como Olivier Laxe, Jayro Bustamante y Sofía Quirós. Cada artista deleitó con sus idiosincrasias y fue parte de un importante diálogo en medio del contexto de constante reinvención e incertidumbre que vive el séptimo arte. Quizás uno de los años con más incidente, y mayor volumen de voces, en la memoria reciente. De todo lo acontecido nace esta modesta selección, donde, una vez más, no se pretende poner a competir y establecer hegemonías, sino por el contrario: celebrar en conjunto las obras que más calaron, de una u otra forma, en esta subjetividad. Así como sucede todos los años, se seguirán viendo películas, y algunas en retrospectiva habrían sido agregadas (La Flor, Long Day’s Journey Into Night, I Do Not Care If We Go Down In History as Barbarians, Dead Souls y What You Gonna Do When The World’s On Fire, por nombrar algunas, tendrían lugar en la de 2018 de haber sido vistas a tiempo), por lo que se trata meramente de una oportunidad de compartir según lo visionado hasta el momento (algunas pendientes notables incluyen Por el dinero de Alejo Moguillansky, First Cow de Kelly Reichardt, I Was Home But… de Angela Schanelec, A Vida Invisível de Karim Ainouz, Sete anos em Maio de Affonso Uchoa y Richard Jewell de Clint Eastwood).  

En orden alfabético:

Atlantique (Mati Diop, Senegal-Francia-Bélgica). Para la cineasta Mati Diop, las incongruencias del capitalismo tardío no merecen distinción de los mitos más descabellados. En su universo, los deseos carnales se traducen en viajes metafísicos y el naturalismo documental se tiñe de tonos líricos, envolviendo con sus encuadres en corporalidades que trascienden cualquier hegemonía y merodean con una libertad solo equiparada por la puesta en escena que propone. 

Bacurau (Juliano Dornelles & Kleber Mendonça Filho, Brasil-Francia). En Bacurau, el característico fervor e indignación política del cine de Kleber Mendonca Filho se impregna en los mecanismos del Western y la Ciencia Ficción, recontextualizando estas tradiciones de manera lúdica en un pueblo perdido del sertão brasileño, donde las expectativas son subvertidas y la reivindicación social toma el primer plano con violencia.  

Glass (M. Night Shyamalan, Estados Unidos). Fuera de la esterilidad autoritaria de las grandes franquicias de superhéroes, Glass existe como un anómalo y posmoderno recordatorio de las posibilidades cinematográficas del subgénero. A través de su insigne humanismo y extravagancia visual, el infravalorado M. Night Shyamalan le da singularidad y sentimiento a sus superhumanos, retornando este tipo de narrativas a la olvidada esencia que en algún momento fue la posibilidad de maravillar. 

A Hidden Life (Terrence Malick, Estados Unidos-Alemania).  La suntuosidad formal de la etapa tardía de Terrence Malick conjugada con la expresión más universal de su sincera y rebosante creencia en la humanidad; un testamento epistolar donde el hombre de fe más radical del cine moderno subraya la abrumadora carga que es existir con convicción. 

L’Ile aux oiseaux (Maya Kosa & Sergio Da Costa, Suiza). La fachada de un documental activista progresivamente desvela un íntimo relato de desolación; en tradición Bressoniana, el peso de la existencia se enuncia desde los rincones menos pensados, haciendo de la melancolía de un santuario de aves un paraje de inigualable potencial poético.

En Liberté Albert Serra lleva su provocación al extremo.

The Irishman (Martin Scorsese, Estados Unidos). Al equiparar su obra artística a su existencia, Scorsese dirige la disección definitiva de su legado; una nostálgica y angustiada reflexión sobre la vida ligada a la violencia, donde esta es despojada de su incitación, y más bien se cobija en un velo fúnebre que la acompaña de manera letárgica hacia el abismo. 

Liberté (Albert Serra, Francia). La culminación del distanciamiento con el pasado que el poco ortodoxo Albert Serra ha explorado con sus filmes de época. 132 minutos de excesos, decadencia y libertinaje, que paulatinamente evidencian la futilidad en la búsqueda de catarsis y la imposibilidad de una verdadera transgresión en un mundo amparado en libertades.

Martin Eden (Pietro Marcello, Italia-Francia-Alemania). Probablemente el filme más intelectualmente estimulante y confrontativo de la memoria reciente. En su osada reapropiación de la novela autobiográfica de Jack London, el cineasta experimental Pietro Marcello se mueve hacia el cine narrativo para crear una polifónica tesis sobre las contradicciones de existir como artista en la “industria cultural”. Colmado de anacronismos y notables choques estéticos (drama de época y documental etnográfico, cine ensayo y narrativa literaria, etc.), el Martin Eden de Marcello es un denso estudio de la historia como una ciclo de recurrencias que colapsan entre sí y guían hacia un inevitable punto de quiebre, artístico y político. 

Uncut Gems (Josh Safdie y Benny Safdie, Estados Unidos). Irónicamente, el trabajo más aclamado de los hermanos Safdie a la fecha es también su más desenfrenado. Uncut Gems consiste de 135 minutos en constante estado de crisis; es desenfreno argumental y visual como fiel representación de un incesante proceso de auto-destrucción. Una vez que Adam Sandler es desatado por completo, no hay vuelta atrás. 

Vitalina Varela (Pedro Costa, Portugal). La coronación de Costa. Sus contemplativas exploraciones de la marginalidad se han convertido en su sello de autoría por casi dos décadas, pero increíblemente, largometraje a largometraje, el portugués sigue encontrando maneras novedosas de retratar estas vidas. En Vitalina Varela esto lo lleva a erradicar las barreras entre ficción y documental, entre cine digital y análogo, y entre mito y realidad. La manera más responsable de encuadrar las almas en pena es evocando sus singulares misterios. 

Un clásico descubierto durante el año: Moses und Aron (Jean-Marie Straub & Danielle Huillet, 1975). “Con Moses und Aron, he intentado destruir la frase de Stravinsky que dice que la música no tiene el poder para expresar las más abstractas, más ordinarias, y más concretas cosas”, dijo Straub sobre esta radical adaptación bíblica a modo de opera y ejercicio modernista. No cabe duda de que logró su cometido.

La selección de Yoshua Oviedo

En mi caso, creo que el 2019 fue uno de los años más potentes de la década, con variedad de obras que contradicen el cansino dicho de «el cine está muerto» o ese otro de «ya todo se contó». Es cierto que hay una maquinaria comercial que monopoliza las pantallas de exhibición, desde las salas de cine, las de barrio y las de los centros comerciales; hasta aquellas individuales que reproducen contenido en tabletas, teléfonos o pantallas caseras; no importa, la mayoría del contenido que llega por canales oficiales es de un solo sector de la industria que, además, tiene una vocación depredadora y en su pretendida homogenización del audiovisual, produce una nueva especie de zombies, seres adictos a una pantalla luminiscente, consumidores voraces de la luz, pero con pocas herramientas analíticas para discernir entre las imágenes que devoran. Esto no es un ataque a ningún medio, al contrario, notarán en breve que varias películas que destaco están disponibles en plataformas digitales, sino una reflexión sobre el cine/audiovisual que vemos, las razones por las cuáles tenemos acceso a ese contenido y la burbuja mediática que lo arrastra. Más allá de esa realidad, repito, el 2019 nos dio muchas muestras de resistencia, desde veteranos cineastas que filmaron grandes obras; otros que se consolidaros como grandes referentes de la década; otros, quienes encontraron formas de reconceptualizar el cine de género y viajes, siempre esa palabra que asocio con el cine, el placer de viajar a través de historias, de personajes, de épocas, de culturas, de la vida.

Antes de dar los títulos del 2019, quisiera recordar otros tantos filmes que vi durante este año, pero que son del 2018 y que no estuvieron en la publicación del año pasado, pero que recomiendo su visionado: Largo viaje hacia la noche (Bi Gan); La flor (Mariano Llinás), El hotel a orillas del río (Hong Sang-soo); I do no care if we go down in history as barbarians (Radu Jude); What you gonna do when the world’s on fire? (Roberto Minervini); High Life (Claire Denis); Memories of my body (Garin Nugroho); Aquarela (Victor Kossakovsky); El peral salvaje (Nuri Bilge Ceylan); La ceniza es el blanco más puro (Jia Zhangke), Cómprame un revólver (Julio Hernández Cordón); Dead Souls (Wang Bing); entre otros.

Este año les propongo una serie de programas dobles. Sin ningún orden particular:

1) Dolor y gloria (Pedro Almodóvar, España-Francia) y El Irlandés (Martin Scorsese, EE.UU.). Dos reconocidos directores, nacidos en la década de los 40 del siglo pasado, con valiosas películas en su filmografía y que venían con declive creativo. No obstante, dos de los filmes mejor logrados del año les pertenencen. Almodóvar plantea un juego de intertextos para reencontrarse a sí mismo, el cine como terapia y un repaso a sus amores y sus obsesiones. Con colores vibrantes y actuaciones soberbias, plantea una historia que juega con el espectador para revelarle una magnífica sorpresa en la última escena. Por su parte, Scorsese filma su obra más mesurada y madura, un tránsito por los temas que caracterizan su filmografía, pero con la paciencia que da la edad, no se apresura, ya no hay escenas alocadas ni violentamente satisfactorias, acá hay una pesadez, un dolor que viene con la edad, con el paso inexorable del tiempo que termina por ganar todas las batallas, el tiempo, esa forma en que Scorsese lo captura en cada plano y que el trío eximio de actores que lo protagonizan entendieron tan bien. El Irlandés está disponible en Netflix.

2) Lo que arde (Oliver Laxe, España-Francia-Luxemburgo) y Retrato de una mujer en llamas (Céline Sciamma, Francia). De los consagrados a dos directores que se consagraron en esta década. Laxe con tres largometrajes y Sciamma con cuatro (su ópera prima es del 2007). Ambos usan el fuego como catalizador, pero con estéticas muy diferentes. El español tiene un estilo muy personal y su filme contiene imágenes hipnóticas; la naturaleza en su forma más cruda, más simple y más devastadora; en ella, los humanos como elementos que con sus pasiones cambian el curso natural de los elementos, árboles que resisten con sus cuerpos marcados, personas con surcos en sus rostros que evidencia las agrestes condiciones en las que viven. Lo rural y sus habitantes retratados sin florituras. En otro registro, Sciamma nos muestra ese gen que pocos directores tienen, uno que les posibilita filmar el deseo en su condición más natural. Dos mujeres a finales del siglo XVIII se encuentran por simple casualidad: una recibe el encargo de pintar a la otra, quien no gusta de posar. La mirada en el cine es un concepto fundamental y Sciamma pone a cada protagonista a ver desde el lugar de la otra, en el proceso, surge una luz que tintinea en los ojos de cada una, una llama que va creciendo en su interior. Una pictórica puesta en escena condensa los sentimientos que subyacen en la historia, una alegoría feminista que dialoga con el presente con una fuerza brutal.

3) Bacurau (Juliano Dornelles, Kleber Mendonça Filho, Brasil-Francia) y Parásitos (Bong Joon ho, Corea del Sur). La rabia contra la desigualdad se manifiesta con decidida potencia en dos filmes realizados en contextos muy distintos, pero con igual sentido de urgencia. Brasil entró en una peligrosa vorágine con Bolsonaro y muchos cineastas han decidido denunciar los abusos y desolación que presencian. En Bacurau, Filho continúa con los temas que caracterizan su obra, pero da un paso más allá; para ello se vale del cine de género para subrayar políticamente la cacería en que se ha convertido defender un ideal en Brasil, la lucha entre fuerzas desiguales, donde la unión es la clave para la sobrevivencia. Parásitos es más estilizada en mostrar los contrastes entre quienes mejor viven en una sociedad con los que viven a duras penas. Su principal virtud es la camaleónica vía narrativa con la que Joon-ho va hilvanando la estructura del filme, se mueve en diferentes registros y los actores responden de gran manera en cada uno, y todo tiene una coherencia asombrosa, la cual potencia lo irónico y cruel en una ficción con tintes de realidad. Pacífica Grey estrenará Bacurau en cines costarricenses en el 2020, Parásitos sigue en cartelera.

4) Zombi child (Bertrand Bonello, Francia) y Atlantique (Mati Diop, Senegal-Francia-Bélgica). ¡Qué gran año para los zombies! Salvo alguna postura visual en Tren a Busán (Yeon Sang-ho, 2016), el cine de zombies se había convertido en una parafernalia de efectos especiales y escenas de persecusión tan vacías como aburridas. Sin embargo, tanto Bonello como Diop revitalizaron el subgénero, ¿cómo lo hicieron? Bonello se fue a los orígenes, literalmente. Una historia narrada en dos tiempos, con dos ritmos yuxtapuestos, pero que funciona para dialogar pasado y presente. Haití, el zombi-esclavo al servicio de un amo, la falta de consciencia, los planos fijos y el tiempo suspendido; Francia, unas adolescentes que comparten sus secretos, el ritmo acelerado, la luz oscilante, el ansia. Dos mundos que se encuentran en la búsqueda de un ser amado, un pasado que renace en el presente para hablarnos de las políticas coloniales y sus consecuencias. El cine sobre procesos migratorios ha sido una constante en esta década, tanto en el documental como en la ficción, incluso en transmedia, aunque más allá de lo testimonial y el apelar a la lástima, con cierto dejo de hipocresía primermundista, son pocas las películas que sobresalen por su idea de mostrar en términos artísticos una realidad apabullante; por ello, el filme de Diop sobresale, primero por dejar lo migratorio como telón de fondo y así concentrarse en un melodrama romántico juvenil, sin perder la perspectiva crítica: un proyecto urbanístico, la promesa de progreso, la estereotipada relación de poder entre mujeres y hombres, son solo algunas aristas que la directora plantea en la superficie, con el eco de las olas reverberando en aquellas que lamentan sus muertos. Atlantique se puede ver en Netflix.

Pietro Marcello repiensa la historia en Martin Eden.

5) Vitalina Varela (Pedro Costa, Portugal) y Siete años en mayo (Affonso Uchoa, Brasil). Este doble programa está pensado primero en lo formal. Costa es uno de los grandes reformadores de lo que entendemos como cine en la última década. Caballo dinero (2014) y Vitalina Varela están conectada por sus persona(jes)s tanto como por la puesta en escena, en la que no se puede hablar de ficción o documental, es algo más, tampoco es un híbrido, todavía no existe la palabra para designarlo, pero en esa ambiciosa propuesta, Costa se mueve con soltura y elegancia, su cine es poético, la fuerza de sus imágenes es acogedora. De ese estilo, autoría registrada de Costa, se apropia Uchoa para su mediometraje, de esta manera su puesta en escena es honesta, la imagen resultante está libre de cualquier falsedad ilusoria, por lo que adquiere una vitalidad mayor, una veracidad que golpea al espectador como el ladrillo que cae en la cabeza de Vitalina mientras se baña. Luego de lo formal, está la relación de los directores con sus objetos-personajes. Ese respeto que se expresa con encuadres en medio de claroscuros, en situaciones cotidianas, en la relación de estos personajes con su mundo; primero ella, una caboverdeana en busca de su pareja (el protagonista de Caballo Dinero), luego él, un hombre de la calle que narra el momento más tenebroso de su vida. Ambos filmes los atraviesa lo político, ellos son producto de decisiones políticas que afectaron su entorno y las decisiones de quienes le rodean. Lo que viene después es la capacidad de los directores de expresar relatos a partir de imágenes/sonidos que se graban en la retina.

6) Hasta siempre, hijo mío (Wang Xiaoshuai, China) y The Farewell (Lulu Wang, EE.UU.-China). Dos filmes sobre la familia, ubicadas en China, pero con varias décadas de diferencia y circunstancias distintas. El veterano director Xiaoshuai (The Days, 1993; La bicicleta de Pekín, 2001) retrata la vida de dos parejas, vecinos y amigos, padrinos de sus respectivos hijos, son los años 80 del siglo pasado, el gobierno chino está a punto de promulgar una de las leyes más fuertes y controversiales de la historia: la política del hijo único. Todo el sistema económico va a transformarse y la película lo muestra desde las pequeñas consecuencias que eso tiene en la vida de dos familias obreras. Con constantes flashbacks, somos testigos de los cambios de cada pareja, de sus pesares, del dolor con el que viven tras una tragedia, todo narrado con planos minimalistas, en los que la repetición tiene una función disruptiva, el director vuelve a los mismos lugares, los mismos recuerdos, pero las situaciones cambian, los personajes ya no son los mismos. Al final, un melancólico desenlace y la perspectiva que dan los años al mirar atrás, al pasado. Por otro lado, Lulu Wang es una joven realizadora con solo dos largometrajes. Estadounidense de padres chinos que migraron, su filme es una ficción con varios elementos biográficos y es, tal vez, por esa cercanía con lo narrado que la historia fluye de gran manera, permitiendo que conozcamos lo que es vivir entre dos mundos, dos tradiciones, dos realidades. Las dinámicas familiares, los distintos niveles de exigencia según el país y la cultura en la que se viva. Un filme ameno en el que la actuación coral funciona como reloj. La película, además, sirve como ejemplo del cine fuera de Hollywood que están haciendo hijos/hijas de migrantes que ya son ciudadanos estadounidenses.

7) Just don’t think I’ll scream (Frank Beauvais, Francia) y Presente.Perfecto. (Zhu Shengze, China-Hong Kong-EE.UU.). Las dos películas que más me hicieron pensar en lo audiovisual y los medios en los que se reproduce, en lo que vemos y en los mensajes que guardan, en la época de las imágenes en movimiento y su capacidad para asombrar, denigrar, matar, dar vida… Un hombre en estado depresivo, con una relación problemática con su padre y un amor por el cine. Just don’t think I’ll scream es una carta-ensayo audiovisual, es la vía de salvación de su director, quien se recluye en un inhóspito lugar durante unos meses, en ese tiempo vio películas, el cine le salvó la vida según narra, y devuelve el favor con un diario-collage en el que, con un montaje vibrante va uniendo escenas de diferentes películas con su voz en off, de melancólico tono y ritmo pausado, en el que cuenta sobre su tormento, sus miedos, anhelos; la vida se vuelca en esas imágenes y los eventos narrados son resignificados. De la idea de crear a partir de imágenes ya realizadas, de escenas de películas ya filmadas, Presente.Perfecto. se encuentra en las antípodas, en la imagen real, transmitida en tiempo real a millones de personas, por otros quienes así se ganan la vida. Es un nuevo medio de trabajo, cada vez más frecuente, no solo en China. La directora usa su película como un conducto por medio del cual se magnifica en tamaño los videos, que, en otras circunstancias, se verían normalmente en un teléfono; usa el montaje para crear una noción episódica entre los personajes a quienes vamos conociendo a través de sus performances, pero hay que tener en cuenta de que no nos hablan particularmente a nosotros, acá la cuarta pared no existe, la idea de la transmisión en vivo es, precisamente, eliminar esa barrera invisible, y que cada usuario conectado pueda interactuar con quien hace el performance. Esta dinámica es conocida habitualmente en aquellos quienes se denominan influencers, sin embargo, los(as) persona(jes)s de este documental no son gurús de la moda, ni famosos; la mayoría son personas pobres, tienen otros trabajos, o no tienen ninguno debido a discapacidades que les imposibilitan hacer algo más que transmitir su vida a millones de personas.

8) Martin Eden (Pietro Marcello, Italia-Francia-Alemania) y J’ai perdu mon corps (Jérémy Clapin, Francia). Como mencioné en la introducción, el cine posibilita el viajar y este último programa doble presenta dos periplos, eso sí, muy diferentes entre sí. En Martin Eden, el director adapta la novela homónima de Jack London, para narrar la vida de un hombre atormentado por sus ansias de ser escritor, para luego, cuando alcanza a serlo, vivir renegando la fama; en sus contradicciones se enfrenta a una sociedad igualmente contradictoria, de lucha de clases, de amores correspondidos unos, otros no; la actuación de Luca Marinelli es un tour de force, mientras que la puesta en escena recuerda el cine de Visconti, en especial Muerte en Venecia (1971). Martin es un trotamundos, un marinero, un escritor, un activista social; su hambre de mundo y vivencias es tan grande que no puede permanecer en un solo lugar; es un insatisfecho e inconformista por naturaleza; en sus textos y en sus viajes, colisionan el comunismo con el individualismo nietzscheano. En un registro totalmente diferente, la animación I lost my body (la traducción en español atenta contra el sentido original del título) es tan ingeniosa como angustiante. El filme se basa en la novela homónima de Guillaume Laurant y narra dos historias paralelas, una en tiempo pasado, otra en el presente, hasta que se encuentran. Una es protagonizada por una mano, con la cual empatizamos emocionalmente mediante una dirección dinámica y un montaje tipo thriller, en esta parte no hay diálogos y la acción es más trepidante; la otra historia, es la de un joven tímido con un pasado traumático, que poco a poco se va enamorando de una joven. Aquí el tiempo es más pausado y el director usa flashbacks para ir construyendo la historia. Resalta también la emotiva banda sonora. I lost my body (disponible en Netflix) es un viaje desde lo corpóreo hasta aquello a lo cual ya no podemos asir, lo que marca nuestra finitud, ese lugar donde se instaura el miedo, el vacío existencial, la necesidad de un otro al cual aferrarnos y vivir la ilusión de que es una extensión de nuestro cuerpo.

En un año uno no ve solo filmes recientes, uno descubre nuevas películas, así que acá tienen un clásico: La puerta del infierno (Teinosuke Kinugasa, 1953). Ver la versión restaurada de este jidai-geki fue una experiencia sensorial espectacular, los colores transmiten tantas emociones en este melodrama lleno de rencillas, odio y venganza.

Un programa de cine costarricense: Ceniza negra (Sofía Quirós) y Lucía en el limbo (Valentina Maurel). Ambas dirigidas por mujeres, con mujeres de protagonistas y estrenadas en Cannes. El corto de Maurel ya se pudo ver en el pasado SHNIT, pero apunten los dos títulos para la siguiente edición del CRFIC donde seguramente serán exhibidas. Quirós filma la mejor película que se ha hecho en el Caribe costarricense hasta la fecha, apropiándose de tradiciones mágico-maravillosas en un cuento fantástico de tintes feministas. Por su parte, Maurel retrata esa etapa incómoda de la adolescencia, con una joven que transita de forma dubitativa su camino hacia la exploración sexual.

 

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