1917 & Little Women: Repensando cánones

Para el cinéfilo occidental categorizaciones como  “cine bélico” y “drama de época” inevitablemente remiten a un canon particular de filmes: largometrajes con rigurosas puestas en escena que fulguran su importancia en cada uno de sus encuadres, y que no por casualidad terminan siendo favoritos perennes en las temporadas de premios. Son aquellas narrativas sobre heroísmo o lucha contra la adversidad que desde el Óscar a Mejor Película de Wings en 1927 suelen ser equiparadas a una idea general de “buen cine”. 

Por más que el medio se mantenga en constante reinvención, y tales lugares comunes sean señalados y parodiados de manera constante hoy en día, su espectro no termina por desvanecerse gracias a actualizaciones sinceras y subversiones ingeniosas; precisamente lo que sucedió en 2019 con las aclamadas y muy comentadas 1917 de Sam Mendes y Little Women de Greta Gerwig. La primera, una adición al subgénero de “misiones imposibles en el campo de batalla” que ha llamado la atención por su presentación a modo de plano secuencia continuo. La segunda, una reinterpretación impresionista y fragmentada del clásico literario Mujercitas (1968) de Louise May Alcott. 

Tanto el director británico encargado de las últimas entregas de James Bond como la emergente creadora de Lady Bird (2017) parecen entender que cierto elemento de novedad es necesario para evitar que un sentir de hastío eclipse sus proyectos, aún cuando sus formas de llevarlo a cabo discrepan rotundamente. 

En el caso de 1917 la apuesta yace en sumergir en una experiencia visceral que se asemeje a la peligrosa odisea de su joven protagonista (George McKay) por las trincheras para entregar un mensaje clave que cambiaría el rumbo de las fuerzas armadas británicas en la primera Guerra Mundial. Lo que sucede es que el resultado queda comprometido cuando Mendes parece nunca cuestionarse si su fachada de filme prestigioso complementa realmente su intención conceptual. 

A pesar de su ejecución «muscular», 1917 resalta por su blandeza.

 

La cámara del legendario Roger Deakins se pasea suntuosamente por campos de batalla marcados por su uso expresionista de la iluminación, asemejando más una puesta en escena teatral que la crudeza y mugre inherente a la guerra, y si bien tal preciosismo estético y precisión técnica deslumbran a cualquiera con el más mínimo aprecio del lenguaje audiovisual, también drenan la posibilidad de un sentido de urgencia. Así como el falaz “viaje sensorial” que proponen los filmes radicados en Estados Unidos de Alejandro González Iñárritu, 1917 se construye en función de su artilugio central; un despliegue técnico riguroso que se regocija en subrayar el reto que significa su ejecución. Su narrativa, por su parte, existe como un compilado de situaciones de riesgo compuesto por carreras de punto A a punto B que no se detienen más que lo necesario para intercambios poco convincentes de frases genéricas sobre la valentía.  De esta manera el largometraje se abstiene de caer en las convenciones más melodramáticas del subgénero, pero al mismo tiempo se restringe de crear un marco emocional que vaya más allá de lo sugerido. 

En Little Women precisamente sucede lo contrario. A sabiendas del lugar canónico que tiene el material que adapta en el inconsciente colectivo, Gerwig decide reconfigurarlo a partir de una lectura personal. La expansiva historia de las hermanas March y su paso a la adultez durante la Guerra de Secesión nunca se ha tratado sobre la progresión de los hechos en sí, sino más bien de las vivencias compartidas que fortifican los vínculos de este clan de jovenes insatisfechas. Así entonces los incidentes transicionan de manera elíptica, saltando en el tiempo según las memorias y la relación emocional que cada una de las protagonistas tiene con el momento en cuestión. 

Al ver múltiples vidas parpadeando fugazmente, el tono del contexto se convierte también en el tono de la escena: otoñales recuerdos de episodios de cofradía se contrastan con frívolos capítulos de desolación, convirtiendo el carácter cumulativo de lo acontecido en un matizado y entrañable retrato de las hermanas. Es justo la decisión de evadir una jerarquía en términos  de estructura donde se encuentra el principal acierto de Gerwig, ya que a pesar de los momentos esperados de un drama de época, cada instante en la vida de Jo (Saoirse Ronan), Amy (Florence Pugh), Meg (Emma Watson), Beth (Eliza Scanlen) y su madre Marmee (Laura Dern) irradia el sentir de sororidad que engloba el proyecto. 

En total contraposición entre sí en términos de sensibilidades, 1917 y Little Women acaban por ser un ejemplo para el medio en general. No hay canon al que se pueda forzar la entrada, y por más elogios o estatuillas que se amontonen, quienes perduran en la memoria son quienes no temen poner algo de sí. 

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