Idi i smotri (Ven y mira, 1985) de Elem Klimov

 

Enigmático póster de la película.

Película soviética ambientada en la II Guerra Mundial, se desarrolla en Bielorrusia, país que por entonces era parte de la URSS y que se encuentra ubicado entre este país y Polonia. Cuando Hitler traiciona e invade a la Unión Soviética, en la afamada Operación Barbarroja, pasa por Bielorrusia, se estima que entre la tercera y la cuarta parte de su población fue masacrada.

 

El largometraje se enfoca en la lucha partisana, pero visualizada desde el punto de vista de Flyora (Aleksey Kravchenko) un chico que, sin entender mucho, se une a los partisanos. A lo largo de las dos horas veinte que dura el metraje, el protagonista pasa de pensar la guerra como un juego, que se muestra en la secuencia inicial, a una imagen donde la guerra ha pasado por él, con el rostro avejentado al final del filme luego de las terribles experiencias vividas.

 

Uno de los recuerdos más lejanos que tenía Elem Klimov, fue cuando apenas siendo un niño tuvo que evacuar su natal Stalingrado durante el asedio Nazi, cruzó el río Volga y los montes Urales buscando protección junto a su madre y otras familias. Ya como cineasta, a lo interno de su persona tenía cierto malestar por no haber hecho nunca una película sobre la guerra.

 

Su carrera empezó con comedias negras en la década de los sesenta, a mediados de los setenta comenzó el ambicioso proyecto de llevar a la pantalla grande la vida de Rasputín, hecho que culminó en la película Agoniya (Agony: The Life and Death of Rasputin, 1981), no sin antes tener problemas con la censura del régimen soviético y quedar desilusionado con el resultado final.

Póster de la insatisfactoria -para su realizador- Agoniya, la historia de Rasputin.

 

Mientras preparaba este filme, Klimov presentó el proyecto y el guion de Idi i smotri, que tenía el nada sutil título de Maten a Hitler, aunque viendo la película hay un claro sentido del por qué fue llamado así, el caso es que su realización fue denegada, como era de esperarse, el proyecto se guardó durante siete años.

 

Cuando se acercaba la conmemoración de los 40 años del fin de la Gran Guerra Patria, como se le conoce a la lucha de la URSS contra los Nazis, las autoridades pensaron que era un buen momento para realizar el guion, sin embargo, con otro director en mente, alguno impuesto por el régimen que fuera a vanagloriar este hecho histórico.

 

En este punto aparece en escena Ales Adamovich, escritor bielorruso que comparte créditos en el guion con Klimov, de hecho, la génesis de Idi i smotri fue un relato suyo, aunque se aclara que la película no está basada en esta novela, tan solo fue el puntapié inicial, Adamovich defiende en todo momento a Klimov y lo impulsa como la persona que debe dirigir el filme.

 

Las dudas de parte de las autoridades soviéticas estaban más que justificadas, era evidente que el filme no se iba a concretar hacia sus intereses, eso queda más que claro observando el enorme resultado final, una obra que lo que menos hace es celebrar, no glorifica al ejército ruso, ni a un general, menos a Stalin.

 

Lo que glorifica es al pueblo, a todas las villas rurales que fueron masacradas, a las generaciones enteras de familia que fueron muertas en lo absurdo de la guerra, es probable que ese haya sido el motivo para que se aprobara filmar la película. Klimov toma un personaje anónimo que ni siquiera comprende en un inicio lo terrible que es la guerra, un inocente que no lo será más.

 

En Idi i smotri hay mucha violencia no mostrada, no se ve la masacre, pero no hace falta, porque se intuye, eso es mucho más valioso que mostrar un cuerpo destrozado, el espectador construye en su mente, es un testigo más, esto se refuerza con el uso constante del steadicam y los travelling para seguir las acciones. Esta forma de filmar es más devastadora para el espectador, es imposible no quedar atónito luego de semejante espectáculo visual y sonoro.

La segunda fotografía, el protagonista yace de rodillas a merced de los soldados alemanes.

Se hizo mención del rostro del protagonista para mostrar el paso de la guerra, con sendos primeros planos se confirma que nadie es igual después de semejantes hechos. Pero esto también se ve en un par de fotografías que son tomadas mientras se desarrolla la trama, la primera mostrando a los partisanos, a la colectividad del pueblo soviético en lucha con música patriótica, la segunda, avanzado el metraje, Flyora de rodillas, destrozado por dentro y por fuera, a punto de ser ejecutado, sonidos escabrosos.

Representación de una de las secuencias iniciales, los aviones de reconocimiento, el peligro acecha.

Otros puntos para detallar en el filme, los aviones de reconocimiento alemanes, como recordatorio de la ocupación y lo que se avecina, el enemigo no se observa, pero está ahí y cada vez se va a hacer sentir más. Cuando finalmente se tienen de frente, estos emergen poco a poco de entre la neblina, como algo fantasmagórico y temible.

 

Además, sobre el final del filme, en uno de sus clímax, hay una parte “documental” donde se muestran algunas tomas de archivo de Hitler y los Nazis, se muestra luego de haber visto todas las atrocidades, es como el único medio que queda para seguir viendo la barbarie humana, se agotan las posibilidades.

 

Tampoco se puede dejar de lado la dirección de fotografía a cargo de Aleksey Rodionov, con el que Klimov había trabajado en Proshchanie (Adiós a Matiora, 1983) -su película previa-, se compone de tonalidades bajas y colores opacos, que se ven incrementadas por elementos como el barro, la tierra, la madera, la neblina.

 

El rostro de Flyora completamente desencajado, la guerra hizo su «trabajo».

Es así salvo algunos momentos puntuales del filme, como por ejemplo el inicio, con el protagonista jugando en una playa, la fotografía del grupo de partisanos dispuestos a luchar y morir por su patria, o la secuencia onírica donde Flyora disfruta bajo la lluvia con algunos rayos de sol, todas estas son un poco más coloridas y llamativas, la desgracia aún no ha llegado.

 

 

Finalmente hay que destacar la utilización del sonido, importante para acuerpar la turbia atmósfera del relato, es impecable e inmejorable. Mismos adjetivos para la actuación de Aleksey Kravchenko, que contaba entonces con unos trece años, aunque al inicio del filme parece de menos y al final parece de muchos más, ni siquiera le interesaba actuar, sin embargo, su penetrante mirada fue la que concretó su debut en la pantalla grande.

 

Idi i smotri no es solo una de las mejores películas de guerra de la historia, es también una de las mejores en general, una obra monumental.

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