À Valparaíso: impresiones e introspecciones (Con Marker a lo lejos)

Por Armando Quesada Webb

 

En sus inicios el cine fue equivalente a la observación pasiva de la realidad. Ahí estuvo su esencia desde que Auguste y Louis Lumière exhibieron en 1895 La salida de la fábrica Lumière en Lyon. En lo que se conoce como cine ensayo hay una sofisticación del simple acto de observar en el que se ve complementado con una nueva dimensión: aquella de lo interno del cineasta. El espectador percibe las imágenes capturadas y, al mismo tiempo, cómo estas fueron interpretadas por el cineasta en el momento que les colocó la cámara al frente.

 

Dentro de la lista de directores del siglo XX cuyos nombres se volvieron sinónimos del cine ensayo, Chris Marker siempre tendrá un lugar privilegiado. Tan potente es su huella autoral que incluso en À Valparaíso (1963), mediometraje del documentalista neerlandés Joris Ivens, su presencia se hace sentir en cada momento. Aunque es a través del lente de Ivens que se filma con destreza a la ciudad costera de Chile, de donde viene el nombre a la película, son las palabras del guion de Marker las que terminan dotando de mística a las imágenes.

 

El celuloide y la lírica se conjugan para relacionar lo inmanente y lo trascendente, lo concreto y sus simbolismos históricos y sociales. Los cerros no son solo cerros, son la frontera entre los dos mundos contenidos dentro de Valparaíso, el de los pobres y los ricos. En un momento se ven cientos de gradas, pero estas en vez de ser una incomodidad o un desafío físico, son un recordatorio de la desigualdad. La extravagante arquitectura, de influencia europea, es una huella del colonialismo.

 

A pesar de que al convertir a los habitantes de Valparaíso en objetos de reflexión poética hay un riesgo de deshumanizarlos, tanto la cámara de Ivens como las palabras de Marker exhiben un notable aprecio con las vidas documentadas, lo cual impide que estas se conviertan en el blanco de condescendencia extranjera.

 

En su testamento artístico Esculpir en el tiempo, el director soviético Andrei Tarkovski afirmó que en el cine la verdad surge a partir de un vínculo orgánico entre las impresiones subjetivas del autor y su representación objetiva de la verdad. Estas palabras resuenan en una obra como À Valparaíso, en la cual esta relación entre imagen observada e introspección es el eje. Las reflexiones condicionan cómo el espectador absorbe las imágenes. Se entiende la vida través de ojos extraños. Se acepta la interpretación ajena de un lugar y un momento específicos, en el caso de Valparaíso de 1963. Es un juego de gran riqueza, una cadena de impresiones e interpretaciones, una dinámica entre lo representado, el creador y espectador.

 

Aunque esto último podría acercarse a ser una descripción de cualquier experiencia cinematográfica, dicho proceso toma una importancia particular en el cine ensayo por la relación tan directa que exige entre cineasta y espectador. Debe haber consciencia sobre la naturaleza del proceso del que se es parte, de esa penetración en la consciencia del artista (o artistas al hablar de À Valparaíso). Así se entiende que las imágenes y palabras del filme describen tanto a la ciudad chilena en todas sus idiosincrasias como a Joris Ivens y Chris Marker en su proceso interno de creadores.

 

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