Bacurau: La resiliencia ante el olvido

Por Armando Quesada Webb

 

Solo desde una perspectiva espacial se logra apreciar la inmensidad de Brasil. Un vasto territorio en el que se encuentran un sinnúmero de asentamientos y personas, cuyas heterogéneas realidades están todas muy lejos de aquellos exotismos sociales con los que, según Glauber Rocha, los ojos foráneos han confundido al gigante sudamericano.

 

Dentro de esa dimensión de un país invisibilizado está Bacurau, la localidad ficticia que otorga el nombre a la última película de Kleber Mendonça Filho, codirigida junto a Juliano Dornelles. Este pueblo imaginario (no confundir con las ciudades reales llamadas Bacurau, una ubicada en Minas Gerais y la otra en Ceará) se ubica en Pernambuco, el mismo estado brasileño donde se sitúan los dos filmes anteriores de Filho. La coincidencia no es solo geográfica, ya que en Bacurau se manifiestan algunas problemáticas con las que Mendonça Filho ya se había familiarizado previamente en Aquarius (2016) y O Som ao Redor (Sonidos vecinos, 2012): el corporativismo omnipresente, la privatización de los recursos y la burocracia corrupta amalgamada con el empresariado.

 

El argumento del filme surge de la muerte de Carmelita, una anciana local que parecía ser el último enlace del pueblo con el mundo. Su partida funciona como un mal presagio de lo que se avecinaría en la localidad. El pueblo pronto desaparece del mapa y los ataúdes comienzan a aparecer en las calles. La muerte se hace presente en Bacurau, no solo en sentido literal, sino como la muerte simbólica de caer en el olvido. El primer fragmento de la obra está dedicado exclusivamente a la construcción de la peculiar atmósfera del asentamiento, mostrando la convivencia rutinaria de sus habitantes a través de una sosegada puesta en escena.

 

Bacurau, como bien expresan los niños locales, está muy lejos de São Paulo y todas esas grandes ciudades que pagan para estar en el mapa. Los pueblos pequeños solo existen para ser explotados y, si no se subyugan ante el poder, valen más desaparecidos. Los residentes entienden su condición desafortunada, pero no se resignan a ser víctimas. Por eso su comunidad se organiza para garantizar la supervivencia y juntos se oponen a la autoridad local y sus atropellos. Al igual que Clara, protagonista de Aquarius, ellos se niegan a ceder ante la presión.

 

Los directores realizan un abrupto cambio de ritmo y la película hace una transición hacia un conflicto armado entre los pueblerinos y una guerrilla de extranjeros que busca erradicarlos por completo. Aquí, la denuncia sociopolítica pierde cualquier sutileza intencionalmente. El “enemigo” toma la forma de un nazi autoparódico (interpretado por el actor y director de cine de culto Udo Kier), plenamente consciente de su condición de villano cliché. Rápidamente, culmina la transformación del drama social hacia una película de género en la que el director da rienda suelta a una provocativa mezcla estilística de western y ciencia ficción.

 

A pesar de lo excesivo de esta segunda mitad, el filme es coherente en su intención. Hay ecos de la obra del ya mencionado Glauber Rocha y su particular subversión de los elementos de tradiciones cinematográficas de otras latitudes (especialmente el western) para integrarlos en la esfera política del argumento. En ese sentido, los realizadores dan continuidad a lo elaborado por Rocha en filmes como Deus e o Diabo na Terra do Sol (Dios y el diablo en la tierra del sol, 1964) y Antonio das mortes (1969).

 

Esta tendencia del cine brasileño se mantiene viva no solo en la obra Mendonça Filho y Dornelles; es posible apuntar similitudes con el filme Divino amor (2019), de su compatriota Gabriel Mascaro. Aunque hay marcadas diferencias entre sus acercamientos formales, estos realizadores coinciden en su utilización del cine de género como instrumento para diseccionar a su país. Sin necesidad de mencionar nombres, es clara la alusión hacia el presidente Jair Bolsonaro y el dominio de la extrema derecha en Brasil.

 

Entre las muchas posiciones regresivas del mandatario, ha estado su hostilidad abierta contra los sectores culturales. En el caso especifico del cine, este ha sido atacado a través de la promoción de la censura gubernamental y el recorte a los fondos públicos dedicados al estímulo de producciones locales. Partiendo de ese contexto, se puede entender la lucha del pueblo de Bacurau también como una alegoría sobre el cine mismo y la agresión que esta atravesando en Brasil.

 

En la obra de Mendonça Filho y Dornelles, finalmente, los residentes de Bacurau se apropian de las inverosímiles circunstancias y actúan en respuesta a la violencia de los invasores. El resultado es la liberación del pueblo, una emancipación simbólica que no describe la realidad de Brasil, sino que proyecta un anhelado levantamiento de quienes están sumidos en la invisibilidad y, así, puedan adueñarse de su destino por la vía que sea necesaria, tal como lo hicieron los no tan ficticios pobladores de Bacurau.

 

País: Brasil | Francia. Año: 2019. Título original: Bacurau. Dirección: Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles. Guion: Kleber Mendonça Filho y Juliano Dornelles. Producción: Ancine | Arte Francia Cinéma | CNC Aide aux cinémas du monde – Institut Français |
CinemaScópio Produções | Globo Filmes | Globosat / Telecine | SBS Films. Productores: Saïd Ben Saïd, Michel Merkt, Olivier Père, Emilie Lesclaux. Montaje: Eduardo Serrano. Fotografía: Pedro Sotero. Música: Mateus Alvez y Tomaz Alvez. Diseño de producción: Thales Junqueira. Duración: 131 minutos. Intérpretes: Sonia Braga, Bárbara Colen, Thomas Aquino, Udo Kier, Silvero Pereira. Color.

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