Crossroads 2020: El cine en busca de su comunidad

Por Fernando Chaves Espinach

 

Castro Street es el retrato en movimiento de una calle en Richmond, California, cerca de la Standard Oil Refinery cuyas chimeneas, trenes y torres vemos como a través de mirillas y en imágenes que se funden entre sí. Una caleidoscópica mirada al corazón de la industria, este cortometraje de 1966 aún sorprende por su energía y las imágenes que, medio siglo después, confunden y estimulan. Verlo es justo homenaje a su realizador, Bruce Baillie, fallecido el 10 de abril.

 

El corto encabeza el festival Crossroads 2020 junto a otras obras suyas como la hermosa música de Valentín de las Sierras (1968) y el “tributo al verano” de To Parsifal (1963). El evento es organizado por otro gran legado de Baillie, la San Francisco Cinematheque, aunque este año se tuvo que trasladar a una plataforma en línea, como tantos otros encuentros cinematográficos.

 

Fotograma de Valentín de las Sierras (1968), de Bruce Baillie. Cortesía de San Francisco Cinematheque.

La programación entera se puede ver gratis hasta el 30 de setiembre en el sitio de la cinemateca, tras el estreno de cada programa de cortometrajes en transmisiones en vivo y otras actividades complementarias desde el 21 de agosto. Esta edición de Crossroads reúne desde obras históricas hasta piezas elaboradas durante la pandemia, con múltiples generaciones de cineastas representados en su selección, de Baillie, Luther Price y Lynne Sachs a Francisca Durán, Sky Hopinka y Onyeka Igwe.

 

“Soy el director de la San Francisco Cinematheque, que existe desde 1961”, explica Steve Polta, curador del festival. “Nos remontamos a una proyección que organizó Bruce Baillie en una comunidad rural llamada Canyon [Baillie también fundó la distribuidora Canyon Cinema]. Hemos programado cine desde ese día: filmes históricos, contemporáneos, programas curados, proyecciones con artistas…”. Sus actividades se realizan a lo largo del año, pero por once ediciones el gran punto de encuentro ha sido Crossroads, un festival de cine y video hecho por artistas.

 

El ancho y ajeno mundo del cine experimental rara vez se nos muestra en Costa Rica, de modo que la oportunidad de ver la selección completa de un festival como Crossroads se siente como un bálsamo. Este es el cine de las venas, la creación de imágenes bajo la superficie que, a cada asomo nos recuerda cuán inagotable resulta el cine. Por ello, queríamos conversar con Polta acerca del surgimiento de este festival, su relación con la comunidad experimental y su resistencia ante la pandemia.

 

Crossroads nació para exponer el talento local en una zona de histórica efervescencia de cineastas experimentales. “Pensé que un festival sería la manera de arrojar una luz sobre eso. Me interesaba en aquel momento la comunidad internacional de cineastas, en conectarnos con cineastas y trazar conexiones entre ellos. Me interesó mucho el tipo de diálogo que puede ocurrir entre otros festivales también, y esa conversación sobre el cine de artistas que estaba ocurriendo no solo entre artistas, sino también entre curadores”, dice Polta, quien también es cineasta.

 

“Está muy enfocado en la comunidad. Muchos cineastas están felices de mostrar su trabajo; diría que 85% de los cineastas lo hace porque quieren ser parte de esta comunidad, parte de esta escena”, explica el curador. Tal sensación de comunidad se ha fracturado en los últimos años con las rentas estratosféricas de San Francisco y la Bay Area en general, atizadas por el éxito de Silicon Valley, que no permiten el estilo de vida que atrajo a tantos artistas desde mediados del siglo XX.

 

Sin embargo, Crossroads y la Cinematheque ofrecen la conexión histórica con los pioneros del cine experimental que encontraron allí su hogar. “Definitivamente siento un sentido de linaje y de responsabilidad con la historia y la cultura del cine de vanguardia, y cultivar nuevas generaciones es parte de la misión; no es solo mostrar trabajo más viejo, sino proyectar obra nueva y brindar oportunidades para que la gente vea el trabajo en un contexto”, afirma Polta.

 

Siendo así, la sensación de experimentar las proyecciones en espacios compartidos se extraña en la edición en línea, la cual, a su vez, abre ventanas a potenciales públicos que de otro modo no podrían conocer Crossroads. Polta asegura que el festival continuará con programación en línea en el futuro: “Es un sitio interesante para programar cine. La programación digital es difícil para el trabajo más experiencial, pero abre espacio para obras más discursivas”.

 

Fotograma de All My Life (1966), de Bruce Baillie. Cortesía de San Francisco Cinematheque.

“Si volvemos a la normalidad y la gente se empieza a juntar de nuevo, será jubiloso”, dice Polta. “Espero que todo vuelva a la normalidad; hay algo en la idea de estar con gente en un espacio compartido. Con quien sea que hablo de esto, de qué ofrece la programación en línea versus lo que perdemos, me dicen sin excepción que es el aspecto social de los encuentros lo que más extrañan. Incluso si no eres un cineasta muy gregario, aunque seas alguien que viene a la proyección solo y te vas solo, existe esta experiencia social de ver gente en el vestíbulo. Nos estamos apoyando unos a otros al acordar enfocarnos y participar de esta experiencia juntos. Es realmente profundo”.

 

Como admite el curador, el acto de sumar algo más a la corriente inagotable en línea suma algo de responsabilidad a su oficio. “Quizá 50% de lo que estamos mostrando puedes ir a verlo al sitio del artista. No me necesitas para apuntar hacia estos filmes, pero lo que estamos haciendo es crear un contexto para ellos”, explica. “Curar es acerca de valorar cosas y mostrar lo que crees que es valioso, lo que vale la pena ver, lo que en tu opinión es interesante y vital”.

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