Crossroads 2020: La materia viva del filme

Por Fernando Chaves Espinach

 

Filmaciones familiares intervenidas químicamente; una cámara en pleno vértigo sobre la arena; registros del retorno del Apolo 13 a la atmósfera terrestre. Todo cabe y todo se explora en la undécima edición de Crossroads, el festival de cine y video hecho por artistas organizado por la San Francisco Cinematheque.

 

Las películas se muestran en nueve programas distintos, incluyendo el inicial en homenaje a Bruce Baillie (1931-2020), pionero cineasta y fundador de la institución (1975) y de Canyon Cinema (1961), que educa sobre cine experimental. Toda la programación, 84 obras de 71 artistas, se mostró primero en livestreaming y ahora está disponible gratis hasta el 30 de setiembre en el sitio de la cinemateca.

 

Ante tal cantidad de filmes, cada una con su derrotero, orientarse es casi una cuestión impulsiva: dejarse llevar por las energías de este o aquel corto y escuchar sus resonancias con otros. Pero además vemos los filmes en aislamiento, energía pura descargada en la pantalla como evocaciones de encuentros que no tuvieron lugar por la pandemia. Así fluye cada corto hacia otro, como un deseo.

 

El deseo, justamente, es vital, un anhelo de lo orgánico, lo vivo en el filme mismo. Pienso en la obra de Jodie Mack Wasteland No. 2: Hardy, Hearty (2019), hecho a mano, que abre un programa de cortos dedicados a “elegías orgánicas, narraciones vegetales y los sueños distópicos de semillas”. En la pieza, flores y hojas se liberan de cubos de hielo, como retomando la vida, volviendo a respirar tras una pausa silenciosa; nuevas hojas toman el lugar de las perdidas, y las raíces emergen entre frenéticos parpadeos de la imagen.

 

Del mismo modo, imágenes marchitas surgen de nuevo entre nuevos montajes, nuevas formas de fluir hacia la luz; el archivo ocupa su espacio en el mundo al crear nuevas conexiones, nuevas formas de entenderse. En Hel City (2019), de Gregorio Méndez, provienen de material filmado en Super 8 en los 70 y sugieren encuentros distintos. “Estoy quieta viendo el pasado delante de mí. Lo que era futuro ya lo puedo ver porque ya pasó”, nos dice la narradora, sobre las vistas desde un tren en movimiento. Algunas personas saludan, los animales se quedan indiferentes, más conscientes tal vez de su brevedad, de que son solo manchas en un filme retomado décadas más tarde.

 

La memoria sugiere sus propias formas de narrar en la hermosísima Lore (2019), de Sky Hopinka, donde fotografías del pasado reordenan el presente; lo mismo ocurre en Corriente (2019), de Diana Sánchez Maciel, donde la desfiguración de un álbum de fotos nos sugiere la inaccesibilidad del recuerdo y la ilusión de recuperarlo, aunque sea fugazmente.

 

Hay afirmaciones del archivo que enfatizan su materialidad y, por ende, su decaimiento. En It Matters What (2019, Francisca Durán), no adivinamos el origen del material, donde una mujer sostiene una lechuza con las alas extendidas; con texto de Donna Haraway reconfigurado poéticamente como narración, nos sugiere pensar en la apropiación humana de la vida animal, en el lenguaje como uno de esos instrumentos de dominación. El material mismo de la película participa de este diálogo: incluye cinta de 16mm expuesta con material vegetal y secado al sol, así como animación sin cámara y manipulación de la cinta.

 

Pienso en el ensayo de Scott McDonald ‘The Ecocinema Experience’, donde razona que la cinta encapsula la vida moderna y el mundo natural, con sus sales de plata, celulosa y colágeno, elementos orgánicos e inorgánicos dispuestos ante la luz para crear lo que no estaba ya en el mundo, esa invención que llamamos imágenes. El cine nos invita a vivir en esta tensión entre lo vivo y lo muerto, el pasado y el futuro, de una manera especial: como una experiencia corporal, visual y auditiva principalmente, pero cuyo ritmo dispone el resto del cuerpo a dejarse afectar.

 

Girl is Presence (2020) de Lynne Sachs and Anne Lesley Selcer

Porque los programas de esta edición de Crossroads se enfocan en esa experiencia corporal, aunque dan espacio también a otras formas expresivas. También, por supuesto, a filmes hechos durante nuestro encierro, como As Long As There Is Breath (2020), de Emily Chao, y Girl Is Presence (2020), un sugerente y rítmico poema recitado por Anne Lesley Selcer sobre imágenes de la hija de Lynne Sachs, la cineasta. La respiración, el cuerpo afirma su presencia incluso a través de la distancia obligatoria, incluso en las pantallas reducidas. Lo que se siente entre un filme y otro es difícil captar en palabras; mejor dejar que el cuerpo hable.

 

Pueden leer también la entrevista a Steve Polta, director de la San Francisco Cinematheque aquí.

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