Werner Herzog: ensueños de un cineasta

 

Nacido en Baviera y con residencia desde hace varios años en Los Ángeles, se puede considerar a Herzog como un cineasta de mundo, ávido de experiencias y con la capacidad de encontrar historias en lugares poco comunes. Su interminable filmografía divaga entre la ficción y el documental, espacios donde logra moverse con total facilidad, mostrando un interés inagotable por la condición humana y las relaciones con el espacio en el que se encuentran.

 

Decir que es un cineasta de mundo no es un concepto gratuito, ya que a lo largo de sus casi sesenta años de carrera ha filmado en todos los continentes del planeta, incluido la Antártida. Hasta cierto punto, ese concepto va de la mano con su ideología viandante, las caminatas han sido a lo largo de su vida un aspecto primordial e incluso detonante de algunos filmes, caminar cientos de kilómetros deja muchas enseñanzas.

 

En toda su filmografía hay un elemento en común, el interés por el ser humano y su contexto, ¿cómo viven y cómo se relacionan las personas con su entorno? Sea por una discapacidad como los sordociegos de Land des Schweigens und der Dunkelheit (El país del silencio y la oscuridad, 1971), o por la marginación escolar en el cortometraje Mit mir will keiner spielen (No One Will Play With Me, 1976), incluso Herzog hace el ejercicio consigo mismo en Mein liebster Feind (Mi enemigo íntimo, 1999), donde explora su relación con Klaus Kinski, su actor fetiche.

 

Así se pueden ir estudiando todos sus filmes para encontrar esta constante, este artículo ofrece un repaso que va articulando una serie de ideas respecto a sus últimas obras, algunas más lejanas y lo que depara el futuro.

 

Chatwin y Gorbachov

 

Meeting Gorbachev (2018) es probablemente el documental más académico de Werner Herzog, codirigido con André Singer, presenta una entrevista cara a cara con una de las figuras más relevantes de finales del siglo XX, Mijaíl Gorbachov, uno de los actores más señalados como causante de la desestructuración soviética, es un largometraje con una clara intención histórica pero donde el director bávaro fiel a su costumbre deja su marca.

Fotografía de Bruce Chatwin, el alma gemela de Herzog.

 

Más que un simple director y entrevistador, Herzog, admirador de la figura del protagonista, se acerca como un amigo del octogenario político, no en vano llega con presentes por su cumpleaños y sobre el final, reflexiona algo más íntimo en la vida del ruso, el fallecimiento hace más de veinte años de su esposa Raisa, situación que le ha dejado un vacío intratable.

 

Precisamente la pérdida de un ser querido es un elemento que retrata el director en Nomad: In the Footsteps of Bruce Chatwin (2019), filme donde rememora la vida y legado de Bruce Chatwin, escritor y aventurero británico, un viajero nómada como el propio Herzog, que sigue los pasos de su amigo a treinta años de su muerte, ¿por qué? Más que un amigo, Chatwin era una especie de alma gemela en el afán por explorar al ser humano y su entorno.

 

Esto hace que el rol jugado por el director en este filme sea el de un completo protagonista, se acerca e involucra, lo recuerda y vivencia momentos, lo mantiene presente, escucha allegados, cuenta su experiencia personal e incluso en algún momento se quiebra emocionalmente.

 

Clive Oppenheimer

 

Oppenheimer y Herzog en la búsqueda de su película.

El primer acercamiento entre Werner Herzog y el vulcanólogo británico Clive Oppenheimer fueron sus intervenciones en el documental Encounters at the End of The World (2007), donde el realizador alemán se acerca a la Antártida para ofrecer su particular mirada, enfocándose en la naturaleza de este paisaje y la interacción de los humanos en un medio tan adverso.

 

La siguiente fue en Into the Inferno (2016), largometraje donde Herzog visita varios volcanes alrededor del mundo, donde además de entrevistar a científicos, busca en las comunidades aledañas para identificar elementos culturales que se ven modificados debido a la enorme influencia de estas estructuras geológicas en la vida de estas personas.

 

Precisamente un sentido similar a este es el que tiene Fireball: Visitors from Darker Worlds (2020), donde incluso Oppenheimer aparece como codirector. En este filme, que se estrenará en unos días en el Toronto International Film Festival, Herzog explora como la caída de meteoritos, además de las estrellas fugaces, entre otros cuerpos celestes moldearon las culturas antiguas.

 

Como se ha dejado entrever con los ejemplos citados, el interés por el ser humano y su entorno ha sido siempre el detonante fílmico para Herzog, pero en la búsqueda de historias sugestivas ha tenido que marcharse a lugares inimaginables, como el sueño del caucho de Ford.

 

Henry Ford

 

El nombre del magnate Henry Ford ha quedado marcado para la posteridad por sus labores durante las primeras décadas del siglo XIX, su visión y buen tino concretó un cambio radical durante la tardía segunda Revolución industrial. La producción en cadena y la salida del automóvil modelo Ford T llevó a otro nivel la incipiente industria automovilística, siendo accesible para una mayoría de la población.

 

Su empresa Ford Motor Company creció de forma desmedida, en su afán capitalista como dueño de los medios de producción, llegó a controlar prácticamente todas las materias primas que utilizaba en la fabricación de sus autos, todas excepto una: el caucho, ya que este era explotado por los europeos en sus colonias del sudeste asiático y estos, como era de esperarse, imponían los precios.

 

Entre 1879 y 1912 las selvas brasileñas eran por mucho los primeros exportadores de este producto, sin embargo, para 1928 controlaban apenas el 2,3% de la demanda global.  Su abrupta caída se dio por el establecimiento de plantaciones de Hevea brasiliensis en Asia, el árbol de donde secaban el caucho, gracias a una enorme extracción de semillas hecha por el explorador británico Henry Wickhan.

 

Por curioso que parezca, esto no se había logrado nunca en la amazonia, ya que los árboles crecían libremente por la selva, la labor de Wickhan fue el principio del fin del dominio de la producción de caucho en el país sudamericano… hasta que llegó Henry Ford a intentar invertir esto.

 

Brian Sweeney Fitzgerald

 

Como si tener a Klaus Kinski metido una vez en la Amazonía peruana y salir vivo de ello no fuera suficiente, Werner Herzog -tan sensato como de costumbre- terminó fichándolo para Fitzcarraldo (1982), su cuarto trabajo en conjunto luego de Aguirre der Zorn Gottes (Aguirre, la ira de Dios, 1972), Woyzeck (1978) y Nosferatu (1979). Brian Sweeney Fitzgerald era el nombre de su personaje, encarnado de forma apasionada por un Kinski en estado de gracia.

Póster de Fitzcarraldo, Kinski en primera plana, la ladera y el barco al fondo.

 

Amante de la ópera, estrafalario y soñador, puede que esté hablando de Fitzgerald o del propio Herzog, ¿quién no recuerda la enorme empresa que fue filmar esta película en plena selva de la Amazonía? Quizá la megalomanía del personaje de Fitzgerald era únicamente comparable con la del realizador bávaro, además de una excusa para desarrollar sus máximas ambiciones con el fin de entregar una obra cinematográfica perdurable.

 

Es probable que una de las fotografías “detrás de escena” más famosas de la historia y una de las secuencias más conocidas en la filmografía de Herzog sea aquella que resume la locura de su protagonista: un enorme barco subido por una ladera gracias al esfuerzo de un grupo de nativos. El máximo anhelo de Fitzgerald -apellido deformado a “Fitzcarraldo” por la incapacidad de los locales de pronunciar correctamente su nombre- era construir una ópera en la Amazonía.

 

Para financiar esta absurda fantasía ingresa al comercio del caucho, valga destacar que la película se contextualiza justamente en la época de finales del siglo XIX, que como se hizo mención, era el momento donde este producto se exportaba al mercado mundial desde esta posición geográfica.

 

Greg Grandin

 

Académico docente que enseñó por diecinueve años en New York University, cuenta con un doctorado en Yale University donde se encuentra trabajando actualmente. Ha publicado varios libros que en resumidas cuentas siguen dos líneas, por un lado, la expansión y el nuevo imperialismo estadounidense, y por otro, estudios sobre la historia y sociedad latinoamericana, como es de esperar, en algunos textos se mezclan ambas perspectivas.

 

Por ejemplo, en The last colonial massacre: Latin America in the Cold War (2004) aborda el papel de los Estados Unidos en Latinoamérica durante la Guerra Fría, realizando un estudio de caso sobre Guatemala. Este contexto Guerra Fría no le es ajeno en lo absoluto a Herzog, que apenas un par de años después se internaría en la Costa de los Mosquitos en la frontera entre Honduras y Nicaragua para filmar a los niños soldados.

 

Ballade vom kleinen Soldaten (La balada del pequeño soldado, 1982) (TV) es el nombre de este mediometraje, Herzog es codirector junto con el periodista y fotógrafo Denis Reichle, que fue la persona que lo impulsó a acercarse a esta región para filmar a los niños reclutados por la “Contra” para luchar frente a los sandinistas. Con gran pulso y humanidad, Herzog se aleja de cualquier posición política, parafraseándolo: “si tenemos niños con armas participando en la guerra, poco importa el contexto político.”

 

Otro de los libros publicados por este autor estadounidense es Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City (2010), en este punto es donde converge la Amazonía, Ford, Fitzgerald, Herzog, y por supuesto, Grandin.

 

Fordlandia

 

Portada del libro de Grandin en el que se basará la serie de Herzog.

En el afán de Henry Ford por revertir la situación con el caucho, toma una decisión de fantasía que parece ser más propia del mismísimo Fitzcarraldo: construir una ciudad en medio de la selva amazónica para explotar la valiosa materia prima. Sus intereses personales iban disfrazados de prosperidad para los pobladores local, golpeados por la expansión y dominio del mercado del caucho producido en Asia.

 

 

Así es como a partir de 1928 comenzó a emerger Fordlandia, con un plan muy detallado: calles, iluminación, casas, escuelas, hospitales, restaurantes, un aserradero, una piscina comunitaria, un salón de entretenimiento -cine incluido-, salones de baile, campos de golf y jardinería, además, por supuesto, de la fábrica de caucho, todos comandados por una comitiva estadounidense y múltiple mano de obra local.

 

Como deja entrever el no muy sutil título del libro de Grandin, la aventura “fordista” fue todo menos exitosa, para 1945 el sueño se convirtió en pesadilla a tal punto de que la ciudad fue abandonada y actualmente sigue así. El sueño americano se vio trastocado por la inclemencia del trópico: enfermedades, sublevaciones de trabajadores, choque cultural y muertes, el magnate perdió en vano varios millones de dólares.

 

Sin duda Ford tenía un poco de Fitzgerald y, por ende, un poco de Herzog, por eso no es de extrañar el anuncio en 2018 de que el realizador alemán iba a dirigir una serie basada en este libro, sería su regreso a la Amazonía para filmar un osado proyecto.

 

Elon Musk

 

Bien se podría comparar el trabajo actual de Elon Musk con el de John Ford en los albores del siglo XIX, su imaginativa con la de Fitzgerald en Fitzcarraldo, o con la de Werner Herzog en el cine. Son más que conocidos sus anhelos de conquista y colonización espacial, más el ensueño de privatizar los viajes para hacer turismo espacial, todo esto se ve reflejado en su empresa SpaceX, que ha alcanzado gran relevancia este año con el éxito de la nave Crew Dragon.

Intervención de Musk en el documental Lo and Behold.

 

Musk es uno de los entrevistados por Herzog en su documental Lo and Behold, Reveries of the Connected World, que parte de un 2016 donde el realizador presentó dos largometrajes más, Salt and Fire, una ficción filmada en Bolivia con Michael Shannon, Gael García Bernal y Veronica Ferres, una historia con rasgos ecológicos que fue mal recibida; además del ya mencionado documental Into the Inferno, que fue distribuido por la plataforma Netflix.

 

Pero la participación de Elon Musk es solo una pequeña parte de un documental donde Herzog explora alrededor de un concepto que nos es a la vez tan cercano como lejano: el internet. Pero lo principal de ese trabajo son las señales que “envía” hacia el futuro, intenta adelantarse al tiempo indagando en un futuro donde haya una avanzada Inteligencia Artificial y donde la dependencia al internet sea tal que la sociedad se hundiría si este deja de existir.

 

Si en Wodaabe – Die Hirten der Sonne. Nomaden am Südrand der Sahara (Wodaabe, los pastores al sol, 1989) filmaba las costumbres de los Bororo, una tribu nómada del desierto del Sahara con un modo de vida austero y tradiciones antiquísimas, en Lo and Behold sus preguntas indagan sobre un futuro inminente y tecnológico, un enorme salto en el tiempo.

 

ASIMO Honda

 

Fotografía de la última versión del robot ASIMO.

Es probable que uno de los anhelos más recurrentes de la humanidad es imaginar el futuro donde los robots sean parte integral de la cotidianeidad, un sinnúmero de novelas y películas han explorado estas ideas donde la Inteligencia Artificial es completamente abrumadora, al punto de crear mundos en apariencia utópicos, donde surgen dificultades que rompen dicha realidad, que sirven como excusa para mostrar los temores actuales ante estos hipotéticos futuros.

 

Probablemente el robot humanoide ASIMO sea una parte histórica sumamente relevante en el momento en que se alcance ese futuro, fue presentado por la empresa japonesa Honda en el año 2000, proveniente de varios prototipos precedentes, en su última “edición” este robot tenía la capacidad de correr, reconocer voces y rostros, cambiar de dirección cuando se topaba con alguien, saltar en un pie, entre otras cualidades.

 

De hecho, parte de esas bondades se muestran en Lo and Behold, donde se presenta un video de ASIMO abriendo una botella, vertiendo un líquido en un vaso y entregándolo a una mujer, el futuro está acá. Lamentablemente no para ASIMO, ya que Honda ha decidido parar su producción para enfocarse en la investigación y desarrollo de nuevos conceptos de robots, que de igual forma tienen como finalidad ayudar a las personas.

 

La incipiente irrupción robótica en la sociedad es filmada por Herzog en Family Romance, LLC (2019), su más reciente trabajo de ficción, donde muestra una secuencia de un hotel atendido por robots y donde hay una pecera con peces robóticos.

 

Family Romance, LLC

 

En esta película, Herzog tan incisivo y curioso como siempre no puede perder la oportunidad de grabar dicha secuencia, no puede oponer resistencia a esa abrumadora tecnología, es un extra que funciona para poner en escena una parte importante del filme, reflexionar sobre el tema de las relaciones personales, la imagen que cada quién construye para proyectar a los demás y cómo va incidiendo la tecnología en la sociedad.

 

Con un equipo mínimo y con cámara en mano -operada por él mismo-, Herzog se propone a diseccionar la sociedad a partir de una idea en apariencia sencilla, pero que expone el camino que pueden llevar las relaciones intrapersonales. Esta es la existencia de una empresa que cuenta con actores y actrices que son contratadas para “hacer el papel” de algún miembro de una familia.

 

Padre (ficticio) e hija comparten en uno de sus encuentros.

Suplantar a un papá alcohólico o a uno ausente, o bien, construir alrededor de una persona todo un ideal para crear un imaginario perpetrado por la persona que encarga el trabajo. En realidad, la empresa ofrece múltiples posibilidades, ya sea que el servicio sea adquirido para sí mismo, o para alguien más sin que este los sepa, que de hecho este es el caso del filme, una mujer que contrata a un papá sustituto para su hija (nunca conoció a su papá real).

 

El grueso del metraje gira alrededor de estos dos personajes, de la evolución que va teniendo su relación con cada momento en el que se encuentran y como a los ojos de la hija, interpretada por Mahiro Tanimoto, la ficción se va tornando una realidad.

 

Ishii Yuichi

 

Los actores y las actrices de esta empresa generan una imagen, una falsedad que busca representar una ilusión. Hay que trasladar esa idea al presente, ¿que construyen las personas en sus redes sociales? ¿Acaso no es una ilusoria imagen llana y falsa? Fiel reflejo de lo que la publicidad vende y las súper estrellas muestran, generando un anhelo que al final terminan siendo vidas completamente falsas.

 

De hecho, esta idea de las redes sociales se muestra en una secuencia de la película, donde la hija le muestra a su supuesto papá, interpretado por Ishii Yuichi, una fotografía suya de Instagram en una playa en Bali, Indonesia, o al menos eso dice ella, pero pronto su madre dirá la verdad, que es una playa local. Acá se expone claramente este concepto de irrealidad que construye por completo el filme.

 

Lo más curioso es que esta empresa realmente existe y Yuichi es parte de ella, por tanto hace el papel que juega en la vida real, Herzog no ve necesario buscar a un actor para el protagónico porque ya dio con él en el momento en que conoció esta empresa, entra en un juego donde fusiona realidad y ficción, como hace con sus documentales, donde en ocasiones incursiona modificando la realidad, como hizo, por ejemplo, con los supuestos peregrinos en Glocken aus der Tiefe – Glaube und Aberglaube in Rußland (Las campanas del alma, 1993), que finalmente eran un par de borrachos.

 

No se puede negar la habilidad intuitiva y curiosa del director bávaro, simplemente no puede resistirse a historias y personajes tan particulares como los que construyen toda su filmografía, que ojalá, fuera eterna…

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