Bestiario. Una política del trato hacia los animales

En el marco de la retrospectiva del director canadiense Denis Côté, el Costa Rica Festival Internacional de Cine presenta su documental Bestiario (2012), un filme bastante particular que no tiene diálogos (el único que aparece no se subtitula a propósito), ni tampoco se puede hablar de una dirección de actores, puesto que los personajes son todos animales. De entrada, esto plantea un ejercicio azaroso por parte del director y una función participativa del público, encargado de dotar de sentido a las imágenes proyectadas ante la ausencia de diálogos y música.

 

Tal vez, la primera secuencia del documental es la que más información brinde sobre cómo puede ser leído este ensayo audiovisual. Un primerísimo primer plano muestra a una joven, luego a un hombre y luego a otro, no hay mayor información salvo que ellos están observando algo que para el espectador está fuera de campo. Con el cuarto individuo se percibe que están pintando o dibujando algo, al quinto, el director abre el encuadre y le filma en un plano medio. Tras unos segundos más de incertidumbre, un primer plano, seguido de un plano medio, dejan entrever que están dibujando un animal, un venado parece. Cuando Côté nos muestra por primera vez al animal, lo hace también en un primer plano y lo recorta ligeramente en el encuadre, lo suficiente para notar que no está vivo, está disecado. Su ojo, falto de vida, extrañamente parece comunicarnos algo. Casi cuatro minutos de iniciada la secuencia, se observa el primer plano general, vemos a cinco personas dibujar a un venado, hay un contraste lumínico que resalta en el centro del encuadre al animal, mientras que los humanos están todos de espalda y en una relativa oscuridad producto de la contraluz que genera la ventana frontal. La secuencia termina con un corte y la aparición del título y el nombre del director.

 

En esta elección de planos se percibe una política de la distancia y lo retratado. La atención se centra en los humanos, capturados con primeros planos que permiten ver las características anatómicas de sus rostros y la labor que están ejerciendo. El venado representa lo otro, lo no nombrado, está fuera de campo, su existencia solo vale en tanto los individuos lo observan. En esta lógica, el hecho de que el venado no tenga vida es poco relevante a los humanos, el fin utilitarista de estos es lo único meritorio. Cuando por fin se ve al animal es solo para recalcar su valía en tanto sirve para que los humanos lo dibujen, acaso la representación del venado sea más importante que el animal en sí, principalmente si se llegase a llamar al dibujo o pintura una obra de arte y se colocase en un museo. De ser el caso, poco importaría la vida del animal, nuevamente, su existencia se reduciría al goce estético humano.

 

Côté va a renunciar a la narrativa, las imágenes se van a suceder en un cierto orden, pero bien pudo ser otro. Lo estético prima sobre la acción, es más importante el cómo se ve, que tratar de hilvanar una posible historia. Así, un primer plano de un búfalo dialoga con el de un avestruz y este con el estirado cuello de una jirafa, etc. Los animales son mostrados por especie, a veces en solitario, en otras ocasiones en grupo. Cuando miran directamente a la cámara, se podría decir que están rompiendo la cuarta pared y están provocando al espectador, quien deberá asumir la emociones que le generan las imágenes.

 

Junto con la política de la distancia, existe una dialéctica de los espacios. El interior y el exterior. Los animales siempre están encerrados, aun cuando parezca que trotan libres, en realidad se trata de otro encierro. El encuadre también va a funcionar como una prisión, delimitando siempre el espacio en el que se pueden mover, en el que los humanos les permiten moverse. No importa si se trata de un centro de acogida, un zoológico o una casa, la creencia del ser humano de sentirse superior se manifiesta en el espacio concedido a los animales.

 

Por otro lado, lo representacional queda manifiesto en las escenas en las que se ven colgadas de las paredes las cabezas de distintos animales, sean como trofeos o como ciencia (taxidermia). Dice mucho sobre la humanidad, su vocación de estudiar o conservar lo otro, aquello que no respeta y por lo tanto no lo nombra, acaso por esto el documental no tiene diálogos y Côté delega en cada espectador la decisión de nombrarlo o no, de decidir qué siente cuando ve el trabajo de un taxidermista o las cabezas inertes de animales en una pared.

 

Los momentos en los que animales y humanos interactúan, están marcados por una jerarquía vertical, unos monos pueden estar agarrados de la mano, pero están del otro lado de la barrera, mientras que un padre puede llevar a sus hijos para que admiren a esos primates. Los horarios de alimentación o esparcimiento, de sueño o cacería, siguen la misma lógica, están regidos por los humanos. Alguien podrá reconocer en el uniforme de algunas de las personas la palabra “fundación” (se trata del Parc Safari en Hemmingford, Quebec) y piense que se trata de un lugar donde cuidan, alimentan y resguardan a diversos animales, en especial aquellos en peligros de extinción, no obstante, ¿por qué necesitan ser cuidados? ¿De quién necesitan ser cuidados? Alguien los llevó a esas condiciones y ese alguien tiene nombre: nosotros, la humanidad.

 

Nota: este texto fue escrito por encargo del CRFIC que iba a realizarse en marzo. La película se podrá ver en el programa Preámbulo (solo para territorio costarricense). Vayan a las redes sociales de Preámbulo para las instrucciones de cómo poder ver las películas.

 

País: Canadá – Francia. Año: 2012. Título original: Bestiaire. Director: Denis Côté. Guion: Denis Côté. Productora: Metafilms, Le Fresnoy Studio National des Arts Contemporains. Fotografía: Vincent Biron. Montaje: Nicolas Roy. Concepción sonora: Frédéric Cloutier. Duración: 72 minutos. Idioma: sin diálogos. Color.

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