Alonso Aguilar,  Crítica

It Must Be Heaven: La comedia humana

En el estoico recorrido por occidente que el director Elia Suleiman (su versión ficcionalizada, al menos) realiza en It Must Be Heaven (2019), solo se escuchan dos frases salir de su boca: “Nazareth” y “Soy palestino”. Tal momento sucede cuando conversa con un taxista en Nueva York, que inmediatamente se emociona por conocer a “su primer palestino”. Al ser el único momento de expresión oral del personaje de Suleiman, sus palabras resuenan profundamente, y más aún cuando se considera el bagaje histórico y político que carga lo que para otras nacionalidades es una aseveración cualquiera; identificarse como palestino es un posicionamiento, un lugar distinto en el mundo, y justo esa idea es la que el realizador retrata en su más reciente filme.

A pesar de estrenar en 2019 en Cannes y de ser un nombre recurrente en los círculos de festivales occidentales, Elia Suleiman no suele ser asociado con los cánones de “grandes realizadores del cine mundial”. Ello puede deberse a la especificidad temática de sus trabajos (siempre brindando perspectivas matizadas sobre los conflictos en medio oriente), o quizás también por el marcado contraste entre su tratamiento lúdico y la severidad del “cine político” que se suele validar en festivales. Desde su debut en el cine ensayo documental Introduction to the End of an Argument (1990), el director ha forjado sus denuncias desde la sátira y la ligereza, nutriéndose siempre del absurdo que significan las perspectivas occidentales sobre medio oriente, y con el paso del tiempo, puliendo su uso del lenguaje audiovisual y los planos abiertos como oportunidades hilarantes en Chronicle of a Disappearance (1996), Divine Intervention (2002) y The Time That Remains (2009); todos largometrajes donde la identidad palestina y la memoria histórica son puestas bajo la lupa con humor mordaz.

It Must Be Heaven sigue estos ejes conceptuales, y a su vez avanza la propuesta estética de Suleiman hasta lo que parece ser su conclusión natural. En su narrativa de un director de cine que sale de su natal Nazareth hacia París y luego Nueva York, su protagonista adopta una posición contemplativa, como un espectro que sólo observa con melancolía su alrededor y nota que los vestigios de su hogar están presentes donde sea que vaya. Ante el mundo caótico y la cotidianidad amplificada que profesa el filme, la versión del realizador que se presenta es su contrapeso natural; algo así como si en las cintas del gran cineasta y comediante francés Jacques Tati, el universo se construyera a semejanza de su ridículo personaje de Mr. Hulot, y la perspectiva se centrara en un sobrio espectador que no tiene cabida.

De hecho, así como Tati, Suleiman desarrolla una maestría en el uso de la arquitectura del encuadre, la toma de reacción y el espacio negativo, lo que se traduce en un arsenal de herramientas para la comedia que a su vez también subrayan las temáticas sugeridas. Durante los 100 minutos de metraje los chistes suelen esconderse en algún detalle o esquina de la pantalla; existen como una pintoresca nota al margen que se vuelve efectiva por su oposición al gris y desapegado tratamiento que permea el resto de la película. Inclusive sus bromas más icónicas (coreografías policiales y una conversación por teléfono de Gabriel García Márquez con su productora sobre una horrible adaptación hollywoodense de la conquista) suceden en segundo plano; destellos de absurdismo que se entrelazan con las expresiones de represión, xenofobia, violencia y burocracia que constituyen el núcleo de It Must Be Heaven.

Como gran heredero de Buster Keaton y Charles Chaplin, Elia Suleiman dice mucho con poco o nada. Sus palabras son lúcidas y precisas, así como sus impresiones sobre el mundo contemporáneo y las dicotomías entre oriente y occidente. El subrayado está de más. Con tal de observar con parsimonia, las sórdidas realidades de la vida se hacen presentes, y ante ellas, Suleiman invita a abstraerse un instante y darse la oportunidad de reír.

Nota: este texto fue escrito por encargo del CRFIC que iba a realizarse en marzo. La película se podrá ver en el Cine Magaly y Cinemark, y es distribuida por Pacífica Grey.

País: Francia – Canadá – Palestina – Turquía. Año: 2019. Director: Elia Suleiman. Guion: Elia Suleiman. Productora: Rectangle Productions, Pallas Film, Nazira Films, Possibles Media y Zeynofilm. Fotografía: Sofian El Fani. Montaje: Verónique Lange. Duración: 97 minutos. Idioma: Francés. Color.

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