Crítica,  Yoshua Oviedo

Divino amor. La burocrática llegada de un mesías.

En los últimos años, con el aumento de los sectores conservadores en Brasil y la elección de Bolsonaro como presidente, el cine brasileño ha venido plantando una férrea lucha contra la censura y el primitivismo ideológico. Actualmente, esta cinematografía corre graves peligros ante recortes presupuestarios y amenazas a la libertad de expresión. Tres largometrajes brasileños del 2019 buscan, con diferentes medios, exponer esta situación: La vida invisible de Eurídice Gusmão (Karim Aïnouz), Bacurau (Kebler Mendonça Filho y Juliano Dornelles) y Divino amor (Gabriel Mascaro), todas del 2019.

En el 2017 se exhibieron fugazmente en el país los dos largometrajes anteriores de Mascaro, Boi Neon (2015), en la Muestra de Cine Latinoamericano Contemporáneo y Ventos de Agosto (2014), en Preámbulo.

Con su tercer largometraje de ficción, Gabriel Mascaro vuelve a trabajar con Diego García, director de fotografía, Fernando Epstein, editor y Otavio Santos, músico, ellos contribuyeron en Boi Neon; además de Eduardo Solano, editor en las tres películas.

En Divino Amor la historia se ubica en un futuro cercano, 2027, una voz en off de niño indica que el Carnaval fue suplantado por la Fiesta de Amor Supremo, en la que se espera el regreso del mesías; también dice que Brasil sigue siendo un Estado secular, no obstante, lo que se va viendo a lo largo del filme es una sociedad controlada por la religión, hasta en las instancias más burocráticas. Joana, la protagonista, es una burócrata que trabaja en una oficina notarial y, ante cada petición de divorcio, no duda en intervenir desde su creencia para intentar mantener los matrimonios.

El conflicto del filme radica en la imposibilidad de Joana de quedar embarazada por Danilo, su esposo, por ahí pasa también su duda ante la voluntad de su dios. Mecánicamente la pareja asiste a lecturas colectivas de la biblia, fiestas electrónicas promovidas por la iglesia y sesiones de intercambio de pareja, cuyo objetivo es mantener unida a la pareja y no romper el santo vínculo del matrimonio. Ella, además, asiste regularmente a buscar consuelo y guía en un autoservicio religioso.

La película no es antirreligiosa per se, los personajes están bien diseñados en ese sentido y sus creencias son puras. El director lo que hace es imaginar esa disposición ideológica en conjunción con un mecanismo de control social, el cual registra el ADN de cada individuo para constatar su registro, si una mujer está embarazada, si alguien tiene pendiente algún trámite burocrático, etc. Se entrevé, por lo tanto, un futuro donde el Estado tiene un control total de los datos de la población.

Frente a este cuadro futurista, Mascaro y García conciben una paleta de colores pastel que oscila entre rosa, rojo, lila y menta, para las secuencias en las cuales el culto religioso domina la acción y en el hogar de los protagonistas; y otra de tonos grises cuando la acción se ubica en las oficinas de Joana, se delimitan claramente los espacios. La música también es más contagiosa cuando los espacios espirituales se van transformando en las mencionadas fiestas electrónicas.

Cuando la fe tambalea, surge la bendición. Al menos así parece al inicio, pero Joana y Danilo atravesarán otros problemas, mientras la película sugiere un paralelismo mesiánico. Es cuando lo espiritual se muestra tan burocrático como lo gubernamental. A fin de cuentas, religión y estado son dos instituciones que regulan mediante reglas a un grupo de personas en un contexto específico.

Formalmente, el filme tiene un ritmo pausado, la cámara se mueve con lentitud, el mundo retratado resulta simétrico y falto de espontaneidad; las casas son idénticas unas a otras, los edificios y oficinas resultan impersonales. Este trabajo estético busca representar el totalitarismo ideológico en el que viven los personajes, una proyección de una sociedad dominada por un culto religioso. No resulta tan extraño ni tan lejano, dadas las últimas oleadas de la derecha conservadora en diferentes partes del mundo, Costa Rica incluida.

Sin embargo, por más transgresor que quiere mostrarse Mascaro, al filme le hace falta libertad, un aire que le permita respirar al relato y mostrarse de una forma más naturalista, algo que sí tienen sus películas anteriores. Acá, la presencia del director se percibe en cada encuadre, en cada acción y eso afecta al corazón de la historia.

El filme oscila entre el drama y la ciencia ficción, pero sin la originalidad ni el atrevimiento del cine de su compatriota Adirley Queirós (Branco Sai, Preto Fica, 2014; Érase una vez Brasilia, 2017). También pierde algo de la sutileza de sus filmes anteriores, al abusar de las escenas sexuales, tanto por la duración de estas como en su reiteración, lo cual vuelve más superficial y vacía la crítica que la película plantea al desviarse inútilmente.

Nota: este texto fue escrito por encargo del CRFIC que iba a realizarse en marzo 2020. La película fue estrenada por Mubi internacionalmente en 2020.

País: Brasil, Uruguay, Dinamarca, Noruega, Chile, Suecia. Año: 2019. Título original: Divino Amor. Director: Gabriel Mascaro. Guion: Gabriel Mascaro, Rachel Daisy Ellis, Esdras Bezerra, Lucas Paraizo. Productora: Desvia, Snowglobe, Mer Film, Malbicho Cine, Globo Filmes, Canal Brasil, Film i Väst, Jirafa Cine, Bord Cadre Films, House on Fire. Fotografía: Diego García. Montaje: Fernando Epstein, Eduardo Serrano, George Cragg, Lívia Serpa. Música: Juan Campodónico, DJ Dolores, Santiago Marrero, Cláudio N, Otavio Santos. Elenco: Dira Paes, Julio Machado, Emílio de Mello, Calum Rio (voz). Duración: 101 minutos. Idioma: portugués. Color.

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